16 de junio de 2008

Brecht. Sobre la dificultad de los papeles pequeños


“B. comentó en una ocasión, refiriéndose a un joven actor: ‘Tiene condiciones, pero no tiene técnica. Todavía no puede desempeñar papeles pequeños”. B. Señalaba así la dificultad de los pequeños papeles. Pero también sabía, naturalmente, que hay quienes tienen condiciones para grandes papeles y quienes tienen condiciones para papeles pequeños. Refiriéndose a este hecho, solía relatar una anécdota del finés Nurmi, un corredor de resistencia. Por la estupidez y el afán del lucro de sus agentes, Nurmi debió intervenir en una carrera de trayecto corto. Sorprendentemente incapaz de apresurar su carrera regular, calculada para trechos largos, salió perdedor en la competencia.”

Bertolt Brecht. Escritos sobre teatro 3, Nueva Visión. p.63

12 de junio de 2008

La imagen de hoy: "La balsa de la medusa" de Gericault

CUADERNO INFANCIA 10

Schnitzler, mi maestro de séptimo grado. Alto, joven, estudiante de medicina, no me lo puedo imaginar sin el delantal. Quizá no tengo un buen recuerdo de él pero, si lo pienso, no era malo conmigo sino todo lo contrario. Tal vez el origen de ese recuerdo tiene que ver con la presunción de que había actitudes mías que él no aprobaba. Quizá veía en mí cierta actitud desafiante, insolente. Pero nunca me cuestionó por esto. Creo que me valoraba y la prueba más clara está en que un día decidió llamar a cuatro alumnos que serían los capitanes de cuatro grupos de trabajo. Los cuatro eran los mejores del grado: si no me equivoco, Di Mateo, Steinman, Goldbaum, Zaiat. Recuerdo perfectamente que miró hacia mi lugar, donde yo seguía la convocatoria sin disimular mi interés. Entonces Schnitzler me llamó y me dijo que yo también me uniría al grupo de los “capitanes” como un “subcapitán”. Me puse contento porque comprobé de inmediato que Schntizler me tenía entre los mejores. Y al mismo tiempo no pude dejar de sentirme defraudado ya que no se me escapaba que era un “sub-capitán”, alguien que estaba por debajo de los otro cuatro, al que el maestro tuvo que inventarle un lugar. Sin embargo, el hecho de que hubiese generado ese lugar para mí me halagó. La idea era armar algo así como una “feria de ciencias” en la que teníamos que investigar diferentes temas. El de nuestro grupo, que yo compartía con Steinman, el capitán, era investigar el proceso de ósmosis, para lo cual yo tuve conmigo mi enciclopedia “Cosmos”. Ese fue un buen gesto de Schnitlzer. Otro fue hacerme una prueba e integrarme en el equipo de fútbol, como suplente, para el campeonato intercolegial de futbol. Participé de todos los entrenamientos y nunca jugué en la cancha, pero como el equipo salió campeón y yo estaba anotado en la lista del equipo que jugaría el partido final, tuve entonces la primera y única medalla de mi vida por una actividad deportiva. Recuerdo que Verdier (maestro de sexto grado a quien yo conocía desde primero) trajo esa lista bendita en la que yo pude comprobar que estaba mi apellido. A cada uno que nombraba, Verdier le daba la medalla. Cuando llegó mi turno y Verdier me dio una especie de moneda en una de cuyas caras había el relieve de un jugador, Schnitzler, que sin duda era bien consciente de la importancia que tenía para mí ese premio, me dijo con una sonrisa muy afectuosa: “Bien, Daniel !!!!!”. Recuerdo como alargó la frase mientras yo tomaba la medalla y miraba con fascinación el jugador en relieve que corría con la pelota. Sin embargo, hay una anécdota que borra estos recuerdos tan buenos. Un día, en medio de la clase, alguien acusa que le falta la lapicera. Inmediatamente, Schnitzler ordena que se revisen todas las valijas hasta que la lapicera aparezca. No sé si la situación me aburre o de verdad me estoy haciendo pis, pero no tengo mejor idea que levantar la mano y pedir permiso para ir al baño. Cuando vuelvo, Schnitzler me cuenta que la lapicera que faltaba había aparecido en mi valija. Con lo cual estaba confesando que había permitido que la abrieran en mi ausencia. Me limito a responder que yo no robé esa lapicera. Estoy seguro que nadie duda de mí, nadie puede imaginarse que yo podría quedarme con la lapicera de otro. Sin embargo, me quedan algunas certezas: alguien me tiene suficiente odio como para esconder un objeto robado en mi valija. También que no puedo confiar en Schnitzler, que permite que revisen mi valija (nunca pude saber quién la revisó, lo cual hubiese sido revelador: de una manera quizás obvia, quien la encontró pudo haber sido el verdadero ladrón que no imaginó nada mejor que ponerla en mi valija). Hasta ahora me sigo preguntando si Schnitzler realmente creyó que yo había robado la lapicera.

11 de junio de 2008

La imagen de hoy: El hallazgo del cuerpo de San Marcos, de Tintoretto

Brecht. Tendencias generales que el actor debería combatir


Buscar el centro del escenario.
Apartarse de los grupos, para quedar solo.
Aproximarse a la persona a la cual le está hablando.
Mirar constantemente a la persona con la cual dialoga.
No mirar a la persona con la cual dialoga.
Colocarse siempre en línea paralela al borde del escenario.
Levantar la voz a medida que aumenta la velocidad del discurso.
En lugar de representar una cosa después de la otra, representar una cosa a partir de la otra.
Esfumar los caracteres contradictorios de un personaje.
No investigar las intenciones del autor.
Subordinar las propias experiencias y observaciones a las presuntas intenciones del autor.


Bertolt Brecht. Escritos sobre teatro 3. Nueva Visión, p.62

10 de junio de 2008

La imagen de hoy: Astrónomo, de Vermeer.

Cine. Reseña intempestiva. Letras prohibidas de Philip Kaufmann


La película se inicia con un equívoco. Una voz en off comienza a contarnos la historia de una mujer muy pervertida que siente pasión por las experiencias carnales más dolorosas. Simultáneamente vemos a un hombre obeso gigantesco que le ata las manos con cierta violencia. Inmediatamente asociamos la historia contada por la voz en off y la imagen de la mujer que parece sufrir. Sin embargo, percibimos de inmediato que hay algo que no funciona: el hombre tosco que le ata las manos a la mujer a lo que menos se parece es a un amante exquisito. Y pronto advertimos que esa intuición es acertada. Ese hombre tosco no es un amante sino un verdugo y estamos en pleno terror bajo Robespierre. Año 1794. La mujer está siendo preparada para su decapitación. Dos detalles dan una dimensión fabulosa a la escena. En el momento en que la víctima es obligada a apoyar su cuello en el aparato se encuentra (nos encontramos) con una canasta en la que descansan las cabezas de los que la antecedieron. Uno puede imaginar el horror de esa mujer a quien le faltan sólo segundos para que su cabeza acompañe a las demás. Cuando la mujer no termina de digerir todo ese horror unas gotas de sangre caen junto a su boca, provenientes de la hoja de metal de la guillotina. La escena se resuelve magistralmente con la cámara subjetiva (que figura la hoja de la guillotina) acercándose en picada hacia la nuca de la víctima. Fundido a negro y aparecemos en el Hospicio de Charenton, donde Sade terminará sus días.
La película, como su título lo indica, trata de la prohibición de escribir impuesta al Marqués de Sade luego de que Napoleón decide que el libro Justine (que Sade, interpretado por Geoffrey Rush, escribe y envía clandestinamente desde el Hospicio para su publicación) debe ser quemado y su autor condenado a muerte. Algún colaborador de Bonaparte lo convence de que en lugar de fusilarlo haga lo posible por su cura. Con ese fin es enviado como supervisor a Charenton Roger-Collard. En ese momento comienza el enfrentamiento entre el supervisor, que obliga al abate Coulmier, hasta entonces director progresista del hospicio, a tratar a Sade de manera cada vez más rigurosa. Luego de una representación de una de sus obras por los internos (Crímenes de amor) a Sade se le prohibe escribir y desde ese instante el marqués agotará todos los medios para plasmar las historias que según él no lo dejan de atormentar ni de noche ni de día. A Sade se le quitan el papel, las plumas y la tinta. Escribe con vino un enorme texto sobre una sábana y la sirvienta Madeleine (interpretada por Kate Winslet), por medio de quien Sade logra sacar sus escritos de Charenton, lo pasa sobre el papel y lo envía a París. El truco es descubierto por Roger-Collard y la habitación de Sade es despojada de absolutamente todo. Sade se flagela y escribe con su propia sangre sobre sus ropas. El marqués a partir de ese momento se pasea por su habitación completamente desnudo. Sade decide por pedido de Madeleine hacer un relato oral que es transmitido por algunos internos de Charenton de celda en celda. La propia sirvienta es la encargada de recoger la versión última y consignarla en el papel. Todo culmina en un incendio. Madeleine es asesinada por uno de los locos del hospicio. Y como castigo Sade sufre la extirpación de su lengua. Sin embargo, prosigue. Escribe sobre las paredes de una celda de alta seguridad con sus propios excrementos.
Es un film sobre la resistencia. Sin embargo, peca de cierto esquematismo en el diseño de los personajes, esquematismo que se origina en la idealización que el director hace de la tarea de escribir. Hay como una idolatría del “espíritu” de un escritor, que en este caso no puede vivir sin consignar las imágenes que lo persiguen sobre cualquier medio. Sade se debate constantemente entre la idea de la imposibilidad de vivir sin escribir y la banalización de su propia obra a la que considera “sólo ficción”. El abate Coulmier es prácticamente un santo incapaz de dañar al prójimo, que se flagela cuando se considera culpable de una traición que sin embargo no puede evitar. Madeleine es la virgen que alimenta la lascividad de todo el hospicio. Y el alienista Roger-Collard aparece como una condensación del mal.
A pesar de ser una obra sobre el marqués de Sade, al film de Kaufmann le falta carnalidad. En la lucha entre el espíritu y la carne en este film gana claramente el espíritu, lo cual lo vuelve algo ingenuo y poco creíble.