27 de agosto de 2008

Bauman: contra la supervivencia a cualquier precio.



En uno de los capítulos de su libro "Amor líquido", Bauman repudia la idea de la supervivencia a cualquier precio. La vida en sí, conservada por cualquier medio, no es el valor más preciado, sino la vida digna en tanto atributo sine qua non de la humanidad. En ese sentido contrapone la figura de Korczak (tal como la trata Wajda en su film homónimo) a la de la película de Spielberg, La lista de Schindler, “que poco tiene que ver con la dignidad y donde hay una gran demanda de humillación, y que ha llegado a considerar que el propósito de la vida es sobrevivir a los demás”.“El filme La lista de Schindler es acerca de sobrevivir a los demás, sobrevivir a cualquier precio y en cualquier circunstancia, pase lo que pase, haciendo lo que haya que hacer”.
Poco más adelante dice Bauman: “El derecho del más fuerte, del más astuto, del más ingenioso o artero para hacer todo lo posible para sobrevivir a los más débiles y desafortunados es una de las lecciones más horrorosas del Holocausto”. En ese sentido, “sobrevivir –seguir con vida- es aparentemente un valor que permanece impoluto y no es manchado por la inhumanidad que implica una vida dedicada a la supervivencia. Es un valor digno de lograrse en sí mismo, por altos que sean los precios que deban pagar los derrotados y por más profunda e imparable que sea la depravación y la degradación de los vencedores”.
En relación con esto Bauman sostiene que la generación actual no considera viable la imagen de un mundo confiado y confiable. En este sentido, programas como Gran Hermano y otros reality shows muestran juegos que dan una concepción de la vida como un juego duro para gente dura. Cada jugador juega para sí mismo y para avanzar, aunque para ello primero debe cooperar para excluir a todos los ansiosos por sobrevivir y ganar que le obstruyen el camino. Es decir, debe cooperar sólo para vencer, uno a uno, a todos aquellos con los cuales antes había cooperado, y dejarlos atrás, derrotados, cuando ya no son más útiles.
En este juego de supervivencia “la confianza, la compasión y la clemencia son suicidas. Si uno no es más duro e escrupuloso que todos los demás, lo destruirán, con o sin remordimientos".

La imagen de hoy: "El alquimista", de Van Ostade

26 de agosto de 2008

Beckett: Molloy. Acerca del sexo y el amor.


“Una idiotez de juego, creo yo, y además fatigoso a la larga. Pero me prestaba a él de bastante buen talante, sabiendo que aquello era el amor, porque ella me lo había dicho. Se inclinaba por encima del diván, a causa de su reumatismo, y yo le daba por detrás.”
“Quizá a fin de cuentas me introducía en su recto. Como ustedes podrán suponer, me daba exactamente igual. Pero, en el recto ¿puede hablarse de verdadero amor? Esto es lo que me inquieta. ¿Y si después de todo no hubiera conocido nunca el amor?”
“He Aquí Mi Vida. Ella no tenía tiempo que perder, yo no tenía nada que perder, con tal de conocer el amor lo habría hecho con una cabra.”
Samuel Beckett, MOLLOY, p. 69.

“Creo yo que hubiera preferido un orificio menos seco y menos amplio, me hubiera dado una idea más elevada del amor.”
Samuel Beckett, MOLLOY, p. 70.

“Pero hay algo que me inquieta cada vez que me interrogo a este respecto, y es el problema de saber si toda mi vida ha transcurrido sin amor o si lo conocí con Ruth.”
Samuel Beckett, MOLLOY, p. 71

Susan Sontag, "Sobre la fotografía". Surrealismo y fotografía.


“El surrealismo se encuentra en la médula misma de la empresa fotográfica: en la creación misma de un duplicado del mundo, de una realidad de segundo grado, más estrecha pero más dramática que la percibida por la visión natural.”

“El surrealismo siempre ha cortejado los accidentes, bendecido los imprevistos, elogiado las presencias perturbadoras. ¿Qué podría ser más surreal que un objeto que virtualmente se produce a sí mismo con un esfuerzo mínimo?”

“Es la fotografía la que mejor ha mostrado cómo reunir el paraguas con la máquina de coser, el encuentro fortuito que un gran poeta surrealista encomió como epítome de lo bello”.
(pp. 80-82)

“Las fotografías, que transforman el pasado en objeto de consumo, son un atajo. Toda colección de fotografías es un ejercicio de montaje surrealista y el compendio surrealista de la historia”.
(p.103)

“El surrealismo es el arte de generalizar lo grotesco y luego descubrir los matices (y los encantos) de eso. Ninguna actividad está mejor abastecida para ejercer la manera de mirar surrealista que la fotografía; y finalmente todas las fotografías se miran de modo surrealista. (...) Las fotografías procuran historia instantánea, sociología instantánea, participación instantánea. Pero hay algo señaladamente anodino en estos nuevos modos de empacar la realidad. La estrategia surrealista, que prometía un punto de observación nuevo y apasionante para la crítica radical de la cultura moderna, ha derivado en una ironía fácil que democratiza todo indicio y equipara sus magros indicios con la historia. El surrealismo sólo puede emitir un juicio reaccionario; puede transformar la historia en una mera acumulación de extravagancias, una broma, un viaje a la muerte.”
(p.111)

“Marx reprochó a la filosofía que sólo intentara comprender el mundo en vez de intentar transformarlo. Los fotógrafos, operando dentro de los términos de la sensibilidad surrealista, insinúan la vanidad de intentar siquiera comprender el mundo y en cambio nos proponen que lo coleccionemos”.
(p.121)

Susan Sontag, Sobre la fotografía, 1ra edición, Buenos Aires, Alfaguara, 2006.

25 de agosto de 2008

La imagen de hoy: "Los cazadores en la nieve", de Brueghel

CUADERNO INFANCIA 21


Una tarde en el colegio. Estoy en segundo grado, y mi lugar en el aula es el último asiento, o casi el último, yendo por el pasillo, a la izquierda de la maestra, de apellido Santa María, una mujer de ojos claros que ya tiene sus años, es decir, unos treinta o más. Un chico, Jorge Elías y yo hacemos algo (nunca pude recordar qué fue lo que hicimos) que la fastidia hasta tal punto que decide castigarnos. Nos dice, a Jorge y a mí, que vamos a tener que quedarnos después de hora. A mí la noticia me enfurece. Yo tengo solamente seis o siete años y lo único que deseo en la vida es que llegue la hora de dejar el colegio para estar en casa. Y ahora esta mujer me prolonga la agonía sin ninguna justificación. Le digo a Jorge que no me voy a quedar y le sugiero que nos vayamos, que nos escapemos. Una inconsciencia total porque el hecho de irnos no soluciona nada. En el mejor de los casos, si nos escapáramos, y a nadie le llamara la atención, algo totalmente imposible, al otro día tendríamos que volver, dar la cara y enfrentar algún tipo de castigo. Pero esa era para mí otra cuestión. Así era yo, tomaba lo que tenía a mano sin importarme nada, no pensaba en las consecuencias a largo plazo, sólo consideraba el efecto inmediato, que en este caso significaría evitar que nos dejen después de hora. Jorge se muestra de acuerdo con mi propuesta, así que decidimos escaparnos juntos. No sé cuanto tiempo pasa hasta que llega el momento de poner en práctica el plan, pero en una determinada hora yo me ocupo de guardar todos mis útiles en la valija, para irme. Le pregunto a Jorge si viene conmigo. Titubea, se niega. Me quedo del lado del pasillo. En un momento en que veo que la maestra está concentrada en alguna lectura, me desplazo con mi valija en la mano casi gateando, por el pasillo central, entre las filas de bancos, sabiendo que apenas la maestra levante la cabeza voy a tener que actuar. Soy muy chico pero sé que llegado a este punto ya no puedo volver atrás, jamás admitiría quedarme trabado en la mitad del pasillo con la valija armada una hora antes de que suene el timbre de salida. De pronto sucede aquello para lo que me preparé. La maestra levanta la cabeza y me ve agazapado en la mitad del aula. Su mirada es como una señal: corro, atravieso la puerta del aula, salto de la galería al patio, empujo la puerta de salida, bajo los dos o tres escalones, corro hasta la calle. Y aquí algo que me sigue sorprendiendo y me va a sorprender siempre: en lugar de cruzar la calle San Nicolás para tomar Morón y así llegar hasta Emilio Lamarca (donde está mi casa), corro los diez metros y doblo en la esquina en el sentido exactamente contrario. Me digo a mí mismo que si me persiguen van a seguir el camino más natural, que es el más previsible: el que va hacia la calle en la que vivo. Entonces nunca me van a seguir en el sentido opuesto. Por lo tanto, corro una cuadra más por Morón hasta Joaquín V. González. Cuando llego a esta calle me tranquilizo, camino con mi valija a paso normal hasta Aranguren, doblo a la izquierda y llego por esta calle hasta Emilio Lamarca. Cruzo, camino unos metros, entro en mi casa. Mi única preocupación es que justo en ese momento mamá no esté y yo tenga que afrontar solo todo lo que viene. Sé que ahora tengo que enfrentar diferentes situaciones, pero no me importa si mamá está conmigo. Por suerte está, no se fue. Le cuento que me escapé del colegio. Por más que trato y trato (he tratado por varias décadas) no puedo recordar su reacción. Yo subo a la terraza. Es el lugar al que acudo cada vez que me siento amenazado, como si la distancia que me separa de la planta baja me protegiera. Luego de unos minutos (quizás diez, quizás veinte) desde la terraza escucho el timbre. Sé que es para mí, sé que me vinieron a buscar. Es la portera del colegio, morocha, vestida con un delantal azul. Volvemos. Caminamos por la calle mamá, la portera y yo. Cuando llegamos al colegio todo es consternación y revuelo. La maestra está toda roja, los ojos celestes le saltan de las órbitas, las venas del cuello le sobresalen mientras le grita a mi mamá que yo tengo remedio, que me tienen que poner en un colegio pupilo. Sólo recuerdo la cara de la maestra, no la de mamá, en situación de soportarla. Algo le dice mamá o no le dice nada. Pero en poco tiempo la maestra está calmada. Mamá vuelve a casa y me quedo nuevamente en el colegio, solo. Todo vuelve poco a poco a la normalidad. De pronto suena el timbre que anuncia el fin de la jornada. Todos salen, es casi de noche (lo cual me da la pauta de que es pleno invierno y yo por lo tanto no he cumplido los siete años). Todos los chicos sin excepción, de primero a séptimo grado, hablan de lo que acaba de pasar. Me llaman Richard Kimble, el personaje de la serie El fugitivo. Yo estoy orgulloso de haber convocado la atención de mis compañeros, que poco a poco dejan el colegio. Solamente quedamos Elías y yo en el aula de segundo, iluminada por una luz amarillenta. Es decir, todo lo que hice no me sirvió para zafar del castigo: quedarme después de hora. La maestra, a pesar de todo lo que pasó, ha decidido mantener su palabra. A los dos, tanto a Jorge como a mí, nos da un sermón amable del que no puedo recordar una sola palabra.

14 de agosto de 2008

La imagen de hoy: "El gran cristal", de Duchamp

Muéstreme el objeto


“Agarre un objeto cualquiera que yo no haya visto antes. Puede ser un pisapapel puesto sobre su mesa. Puede ser una muestra de algún mineral hermoso. Puede ser una mariposa rara, una baratija exótica, un trozo de cristal tallado, un caracol. Si usted logra, con pocas palabras, que yo tenga la sensación del color, la densidad, el peso, el tamaño, la textura, el aspecto del objeto, habrá usted cumplido la máxima tarea que incumbe a todo escritor verdadero. Muéstreme el objeto; haga que con sus palabras, yo pueda palparlo, valorarlo, sopesarlo”. (León-Paul Fargue, citado por Carpentier: Problemática de la actual novela latinoamericana, pp. 39- 40), en 1990, Obras completas, Volumen XIII, México, Siglo XXI.