2 de noviembre de 2008

Agamben: hombre y lenguaje





“Nunca encontramos al hombre separado del lenguaje y nunca lo vemos en el acto de inventarlo... Encontramos en el mundo a un hombre hablante, un hombre que le habla a otro hombre, y el lenguaje suministra la definición misma de hombre. Por lo tanto, el hombre tal como lo conocemos se constituye como hombre a través del lenguaje, y la lingüística, por más que se remonte hacia atrás en el tiempo, nunca llega a un comienzo cronológico del lenguaje, un ‘antes del lenguaje’.

Giorgio Agamben. Infancia e Historia, Editorial Adriana Hidalgo, p.67.

13 de octubre de 2008

La imagen de hoy: "Brother and Sister", de Balthus

CUADERNO INFANCIA 26


Una noche papá recibe la visita de “La de Noble” y su marido. Una mujer morocha, de cierta energía, y su marido, un hombre de pelo cano, tez rosada y ojos claros. Son proveedores de papá y se ha formado una especie de hábito. Cada vez que vienen papá los recibe como una visita y se toman un café. Esa noche, el taxista que vive enfrente, cada vez más molesto por la proliferación de autos de la familia (cosa que molestaba a todo el barrio: Don Roberto, el inquilino de papá, con una sonrisa irónica: “Y Héctor? ¿A vos no te compran un auto?”) cruza la calle, toca el timbre y se queja de que el auto de no sé quién le impide estacionar su taxi. Papá sale, pregunta qué pasa. El taxista, un hombre de pelo corto, alto, más bien grandote aunque de espaldas estrechas, que parece siempre mal afeitado, insiste con su reclamo. Lo que quiere es que muevan el auto para que su taxi quede justo enfrente de la puerta de su casa. Papá le explica que en ese momento está con visitas y que lo están interrumpiendo. Papá sigue, se queja de tener que vivir una situación como aquella y pregunta “¿Pero dónde vivimos, dónde estamos, en Argentina o dónde?” La discusión se va apagando y papá vuelve al comedor principal donde lo esperan “La de Noble” y su marido cano. Pasan unos minutos y empieza a escucharse de pronto una voz grave empapada en alcohol. Es la del otro hombre que vive en la casa del taxista de enfrente, un gordo de panza monstruosa y cara muy rosada, casi calvo, de pelo blanco y también siempre mal afeitado. El gordo está en una especie de trance y sentado a la entrada de la puerta de su casa, en medio de la oscuridad, le dedica a papá un discurso. Enseguida entendemos que el gordo nos habla a nosotros y lo espiamos a través de las rendijas de la persiana del living. En medio de una corriente de palabras sin sentido hilvana una frase que vamos a recordar para siempre: “Qué tienen que decir de los argentinos”. Lo cual significa que interpretó la pregunta de papá sobre en qué país vivimos como un ataque directo contra la Argentina y sus habitantes, los argentinos. El gordo, que no ignora que somos judíos, en su borrachera resentida nos trata como si fuéramos extranjeros y se da el lujo de salir a la calle para increparnos.

Apuntes para una crítica de la crítica.

Algunos críticos de cine: obsesión por el paradigma.
Todas las películas que se analizan, son ubicadas sin excepción en un paradigma en el que se las compara con otros films que forman parte de ese paradigma (el cual está generalmente constituido ad hoc por quien escribe la nota, de manera absolutamente arbitraria). Resultado: nos hablan de películas que quizás no conocemos, nos damos cuenta de que los críticos han visto mucho, pero acerca de la película que debería ser objeto de análisis no obtenemos demasiadas reflexiones. El contexto creado arbitrariamente por el propio crítico se presenta como mucho más importante que el objeto a analizar. Esta es una clave de lectura de las críticas. Permanentemente se recrean tradiciones de lectura. Y lo que el film puede tener de interesante, profundo o efectivo queda opacado en beneficio de los elementos(generalmente defectos)que salen a relucir cuando se ubica al film contra el fondo del contexto creado por el crítico.
Por otro lado, se utilizan permanentemente nociones cuyo sentido se supone unánimemente comprendido y compartido por todos. Tales nociones nunca se definen y se dan por supuestas: comedia, drama, thriller, etc.

6 de octubre de 2008

La imagen de hoy: "La compra de pescado", de Van Ostade

CUADERNO INFANCIA 25


Estoy en mi bicicleta en la calle Emilio Lamarca y Morón, a pocos metros de la casa de mi abuela Sofía. De pronto me detengo en medio de la calle porque hay un hombre, adulto de por lo menos treinta y cinco años, que se ha vuelto loco y está a los gritos. Cerca de él se juntan para mirarlo unas pocas personas. De pronto este hombre fija sus ojos en mí y se me acerca para pegarme. Algo en mí lo ha irritado, no sé si soy yo o mi bicicleta pero el hombre me insulta, me grita y trata de alcanzarme. Yo estoy muy atento y al menor movimiento que hace comienzo a pedalear. Sin embargo, en vez de irme directo a casa para ponerme a salvo, me quedo cerca, como tratando de averiguar hasta dónde este imbécil está dispuesto a llegar. Los intentos por acercárseme para pegarme son varios pero mis reflejos son buenos y siempre me pongo en marcha a tiempo. Sé que el hombre está cada vez más furioso contra mí y que si por alguna razón me llega a alcanzar me va a dar una paliza tremenda. Pero en ningún momento pienso en escapar. Nunca logra alcanzarme.

30 de septiembre de 2008

CUADERNO BESTIARIO 8: El sexo de los monos


Mientras los demás mamíferos sólo se juntan en la estación de los amores, en épocas aproximadamente fijas, el mono procrea en todo tiempo; la hembra se halla siempre a punto de satisfacer las exigencias del macho y conserva para él un positivo poder de atracción, aunque más débil cuando ha dejado de estar en celo. La vida sexual de estos animales es extraordinariamente activa. Se les ve despiojarse, abrazarse, hacer zalamerías, adoptar posturas adecuadas para suscitar el deseo. Parece que están siempre en estado de excitación. El doctor Zuckerman, que se ha dedicado a observarlos, describe del siguiente modo sus actitudes ordinarias: “Una hembra que se ha sometido en un momento dado a las exigencias sexuales de su dueño, puede, un momento después, montar como un macho otra hembra, un macho impúber u otro macho sumiso, perteneciente a su mismo grupo. Y el animal que ella acaba de montar, puede a su vez y a renglón seguido cubrir a otro aun más sumiso. El dueño que acaba de montar una hembra, un momento después tomará la postura de la hembra bajo otro macho. Una madre que está alimentando a su pequeño, en otra circunstancia lo incitará a que la cubra.” Si a este cuadro, ya bastante cargado de color, se agregan los pequeños entretenimientos eróticos de los individuos jóvenes, la vida sexual de un rebaño de monos da una impresión tal de desorden que se diría que no hay ley que la gobierne. No obstante, si uno se fija, se da cuenta de que dentro de cada grupo, y en resumidas cuentas, todo obedece con bastante exactitud a los intereses superiores de la especie y de su multiplicación. No se sabe gran cosa de las costumbres de los grandes monos, a quienes es demasiado difícil observar en libertad, aunque puede asegurarse que, salvando escasas excepciones, la mayor parte son polígamos, regla común de casi todas las variedades de mamíferos en que los machos son menos numerosos que las hembras. En cada asociación de monos hay unos cuantos machos; las hembras se reparten muy desigualmente entre ellos, de modo que los más fuertes poseen un verdadero harén. El jefe del grupo se queda con la mayoría; los demás, se distribuyen las que quedan. Uno tendrá tres o cuatro; el de más allá solamente una. Para conservarlas tendrán que emplear la amenaza o pelearse con los usurpadores. Los vencidos se quedan sin hembras y los débiles viven en viudez forzosa. A pesar de los gritos y de las riñas, llega a establecerse una suerte de convenio entre los diversos miembros de la comunidad. En caso de agresión el convenio también entra en juego, haciendo las veces de un verdadero pacto de asistencia mutua. Basta que uno de los asociados lance un grito de dolor o de espanto, para que todos los demás acudan a socorrerlo. En cambio, en materia de alimentación, la tiranía del macho se ejerce sin contemplaciones. Únicamente la favorita provisional, en estado de excitación, podrá permitirse el lujo de comer su parte en su presencia. A los demás les quitará de la boca el plátano que están comiendo, y el que ha sido víctima de este robo ni chista siquiera. Por el mismo motivo los casos de infidelidad son bastante raros. Sin embargo, no faltan hembras que, como las ciervas, saben aprovechar un descuido del viejo sultán, cuando curado de su locura no se ocupa de ellas. Es un espectáculo curioso el de verlas sorprendidas in fraganti. Se precipitan inmediatamente hacia su tirano y se le brindan en forma inequívoca, mientras chillan y amenazan al otro, al adúltero, que se escabulle cobardemente, con el solo deseo de evitar una severa lección. Para hacerse perdonar, las hembras echan toda la culpa al seductor que, si por casualidad ha llegado a consumar el acto, no se entretiene junto a su fácil conquista. Esta escena, como muchas otras de la vida sexual de los primates, puede, sin complacencia mayor, proponerse como una especie de imitación groserísima del amor humano. Sobre este punto difieren, tanto como nosotros mismos, de los demás animales. Conviene, sin embargo, notar su ausencia de emociones sentimentales e incluso de un sentido estético capaz de influir en sus elecciones. Joven o vieja, siempre será la hembra que se halle en el período más activo del celo la que se llevará sus preferencias de macho.

De Jean Rostand, Lucien Berland y otros: “Costumbres amorosas de los animales”, Editorial Sudamericana, Colección Indice, 1973.