9 de febrero de 2010
4 de febrero de 2010
CUADERNO INFANCIA 53

Estoy en cuarto o quinto grado, creo que en quinto pero no lo puedo asegurar. Marcos Palacios no es mi mejor amigo, pero nos llevamos bien. Marcos es morocho, de pelo ondulado, ojos negros y por el gesto que dibuja su boca pareciera siempre que terminara de reírse. Aunque ahora quiero recordar una sola anécdota que hayamos compartido juntos, no puedo. Un día Marcos aparece con la noticia: se va. Se va no solamente del colegio sino del país. A Colombia. Ese exilio repentino de alguien tan chico como yo me impresiona brutalmente. No puedo imaginarme cómo es irse del país, vivir en otra ciudad, con otra gente, con nuevos compañeros en un colegio extranjero. Nadie pregunta las razones por las que se va, ni tampoco por qué de esa manera tan repentina. Y tampoco por qué a Colombia. Al final de una tarde de esa misma semana Marcos nos viene a saludar porque ya no nos vamos a volver a ver. Se abraza, con otro compañero y después le toca abrazarse conmigo. La idea de que es el último abrazo, de que probablemente nunca más vayamos a encontrarnos, es algo que no me cabe en la cabeza y me produce tanta angustia que el pecho se me oprime y mientras nos rodeamos mutuamente con nuestros brazos no puedo contener mis lágrimas. Creo que es la primera vez que me toca despedirme de alguien definitivamente y todo se me transforma en una experiencia imborrable. Ya nunca volveré a ver a Marcos y sin embargo el recuerdo del gesto en la cara de ese niño me acompaña hasta ahora.
2 de febrero de 2010
Bertolt Brecht. "El origen del Tao-Te-King".

Leyenda sobre el origen del libro Tao-Te-King,
dictado por Lao-tse en el camino de la emigración.
A los setenta años, ya achacoso,
sintió el maestro un ansia de paz.
Moría la bondad en el pais
y se iba haciendo fuerte la maldad.
Se abrochó lo zapatos.
Empaquetó las cosas necesarias.
Pocas. Pero algo había que llevar.
La pipa en que fumaba cada noche.
El libro que leia a todas horas.
Algo de pan blanco.
Gozó mirando el valle, y lo olvidó
cuando la senda comenzó a ascender.
Rumiaba el buey, alegre, hierba fresca
mientras llevaba al viejo.
Pues iba muy deprisa para él.
Caminó cuatro dias entre peñas
hasta que un aduanero lo paró.
“¿Alguna cosa de valor?” “Ninguna”.
“Es un maestro”, dijo el joven guia
del buey. Y el aduanero comprendió.
Y el hombre, en un impulso afectuoso,
aún preguntó: “¿Qué ha llegado a saber?”
Y el muchacho explicó: “Que el agua blanda
hasta la piedra acaba por vencer.
Lo duro pierde.”
Aprovechando aquel atardecer,
tiro el guia del buey, siguiendo viaje.
Ya se perdían tras un pino negro
cuando los alcanzó el buen aduanero.
Les gritaba: “¡Esperadme!”
“Dime otra vez eso del agua, anciano”
Se detuvo el maestro: “¿Te interesa?”
“Soy sólo un aduanero”, dijo el hombre,
“pero quiero saber quien vencerá.
Si tú lo sabes, dímelo.
¡Escríbemelo! ¡Díctalo a este niño!
No lo reserves sólo para ti.
En casa te daré tinta y papel.
Y también de cenar. Yo vivo allí.
¿Aceptas mi propuesta?”
Examinó el anciano al aduanero:
chaqueta remendada, sin zapatos,
viejo antes de llegar a la vejez.
No era precisamente un triunfador.
Murmuró: “¿Tu también?”.
Había vivido demasiado para
no aceptar tan amable invitación.
“Quien pregunta, merece una respuesta.
Parémonos aquí”, dijo en voz alta.
“Hace ya frio”, el guia le apoyó.
Echo pie a tierra el sabio de su buey.
Escribieron durante siete dias
alimentados por el aduanero,
quien maldecia ahora en voz muy baja
a los contrabandistas.
Una mañana, al fin, ochenta y una
sentencias dio el muchacho al aduanero.
Y, agradeciéndole un pequeño don,
se perdieron detrás del pino negro.
No es fácil encontrar tanta atención.
No celebremos, pues, tan sólo al sabio
cuyo nombre en el libro resplandece.
Al sabio hay que arrancarle su saber.
Al aduanero que se lo pidió
demos gracias también.
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En la foto: Bertolt Brecht.
5 de enero de 2010
CUADERNO INFANCIA 52

Seis de enero de alguno de los años de mi infancia en los que todavía creo que los reyes magos existen. Me levanto bien temprano en la casa de la calle Emilio Lamarca, tomo los regalos que reposan junto a los zapatos y me encuentro con una carta de los reyes magos escrita especialmente para mí. La curiosidad por lo que dice la carta hace que por unos minutos me olvide de los regalos. Evidentemente ya sé leer lo cual me hace suponer que debo de tener por lo menos seis años. La carta es extraordinaria: cariñosa, sensible, me deja en claro que los reyes piensan en mí y me quieren muchísmo. La leo, la vuelvo a leer. En ese momento lo único que quiero es poder encontrarme con Melchor, Gaspar y Baltasar y agradecerles personalmente semejante muestra de afecto. No puedo contener tanta emoción y me pongo a llorar. Vuelvo a leer la carta mientras subo a la terraza. La intensa luz de la mañana se refleja en las baldosas del suelo, en las paredes blancas, en el papel de la carta que retengo contra mi cuerpo. Sin dejar de llorar, iluminado por ese sol tibio, miro al cielo y les pido a los reyes que vuelvan, les digo que los quiero ver, que les quiero agradecer. Jamás logré saber quién escribió la carta, si mi papá, mi mamá, o alguno de mis hermanos.
2 de enero de 2010
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