19 de febrero de 2010

Dos individuos... Nathaniel Hawthorne


Dos individuos, de común acuerdo, redactan testamentos en mutuo favor. Luego cada uno se pone a esperar con ansiedad la muerte del otro. Un buen día les informan, a la vez, que lo tan deseado por ambos ocurrió. Con feliz tristeza corren al funeral, se topan uno con otro y entienden que fueron objetos de una burla.

Traducción de Eduardo Berti.

La imagen de hoy: "El Diario de Smolensk", de Chagall

18 de febrero de 2010

Cine. Reseña intempestiva. Una historia violenta, de David Cronenberg.


La película comienza con el diálogo entre dos hombres junto a un auto, en una parada cualquiera en una ruta de Estados Unidos. Uno de los hombres, el más joven, entra en un minimercado para buscar algo que tomar y no se inmuta cuando ve dos cadáveres tirados en el piso. De lo cual deducimos que fueron él y sus compañero quienes han asesinado a los que yacen detrás del mostrador. Una puerta se abre, una nena irrumpe con gesto desesperado, el hombre joven se sorprende, toma disimuladamente su pistola luego le apunta y dispara. Pero no vemos este hecho sino que a través de un montaje sonoro el ruido del disparo se asimila a un grito de una ñiña. Aparecemos en la casa de Tom Stall, protagonizado por Viggo Mortensen, cuya hija acaba de despertar aterrada porque ha soñado con monstruos. Este es el comienzo verdadero de la historia. Los dos asesinos, la noche siguiente, recalan en el bar que tiene Tom en el pueblo, con el cual mantiene a su mujer, su hijo adolescente y su hijita. Los hombres tratan de asaltarlo, Tom intenta no reaccionar, pero no puede evitarlo cuando uno de los asesinos está por atacar a su empleada. Tom le rompe una jarra de café en la cara al más viejo, le quita el arma, le dispara a él y al más joven con una efectividad total y, cuando el más viejo le clava un puñal en el pie, Tom termina de rematarlo con otro disparo. Tom se convierte en el héroe pero también ha delatado su condición. Nadie es capaz de golpear y matar con tanta efectividad si no es un profesional. Es lo primero que a uno le viene a la cabeza luego de ver a Tom Stall en plena acción. Uno o dos días después tres hombres muy misteriosos entran en el bar y le hablan a Tom, llamándolo Joey. Tom niega llamarse así, la actitud de los tres hombres es bastante amenazante pero sin embargo, la esposa de Tom, que está presente los echa y llama a Sam el policía del pueblo, quien logra interceptar a los tres hombres en la ruta y les ordena no volver más. Sin embargo, los hombres no obedecen, y en una estación en la que la mujer de Tom se encuentra de compras con su hija, la mujer vuelve a encontrarse con Fogart, el jefe de los tres hombres misteriosos, interpretado por Ed Harris. La mujer ha perdido de vista a su hija y en plena búsqueda se topa con Fogart, que sentado en un banco le señala la presencia de la nena, que se encuentra mirando una vidriera. Luego de regañarla y entrecruzar unas palabras con Fogart, la mujer se va, anunciando que logrará que no pueda estar a menos de ciento cincuenta metros de su familia. Sin embargo, poco después, cuando Tom siente el peligro latente que le hace correr desde el bar a su casa con el pie herido, Fogart y sus secuaces se presentan en la casa de Tom, con su hijo de rehén. Tom se ofrece a cambio de su hijo, y después de confirmar que su hijo está a salvo, entabla una lucha con los tres en la que vuelve a exponer sus dotes de matador. Sin demasiada dificultad y con gran pericia mata a los dos secuaces pero recibe un tiro debajo de la clavícula. Cuando está por morir a manos de Fogart, su hijo le salva la vida de un escopetazo del cual Fogart ya no se puede reponer. Ahora la mujer de Tom se ha dado cuenta de la verdad. En realidad Fogart no mentía. Tom es en verdad Joey, y ella ha tenido dos hijos con un matador profesional que le ha ocultado todo su pasado y ha dado una cantidad de detalles falsos. Sin embargo, la mujer decide mantener el secreto dentro de los límites de la casa y cuando Sam, el policía, llega para averiguar más sobre Tom, ella misma se ocupa de protegerlo y echarlo sutilmente. Sin embargo, no ha terminado todo allí. Su propio hermano, que Tom ha negado cuidadosamente, lo busca para hablarle. Tom acude a la lujosa casa de su hermano (interpretado por William Hurt). También su hermano está rodeado de matones, también su hermano intenta asesinarlo, también su hermano falla. Tom logra matar a todos los secuaces de su hermano y luego le dispar en la cabeza sin demasiado remordimiento. Al amanecer, Tom se desnuda, se acerca a un pequeño lago y se lava la cara y el cuerpo en un baño que pareciera bautismal. A partir de ahora Tom ya deja de ser Joey para siempre. Tom vuelve a su casa en el mismo momento en que su mujer y sus dos hijos se disponen a rezar para iniciar la cena. Cuando ven a Tom, lo aceptan con la mirada y su hijo le alcanza el pan que van a compartir todos.

4 de febrero de 2010

La imagen de hoy: "Desnudo femenino con medias verdes", de Schiele.

CUADERNO INFANCIA 53


Estoy en cuarto o quinto grado, creo que en quinto pero no lo puedo asegurar. Marcos Palacios no es mi mejor amigo, pero nos llevamos bien. Marcos es morocho, de pelo ondulado, ojos negros y por el gesto que dibuja su boca pareciera siempre que terminara de reírse. Aunque ahora quiero recordar una sola anécdota que hayamos compartido juntos, no puedo. Un día Marcos aparece con la noticia: se va. Se va no solamente del colegio sino del país. A Colombia. Ese exilio repentino de alguien tan chico como yo me impresiona brutalmente. No puedo imaginarme cómo es irse del país, vivir en otra ciudad, con otra gente, con nuevos compañeros en un colegio extranjero. Nadie pregunta las razones por las que se va, ni tampoco por qué de esa manera tan repentina. Y tampoco por qué a Colombia. Al final de una tarde de esa misma semana Marcos nos viene a saludar porque ya no nos vamos a volver a ver. Se abraza, con otro compañero y después le toca abrazarse conmigo. La idea de que es el último abrazo, de que probablemente nunca más vayamos a encontrarnos, es algo que no me cabe en la cabeza y me produce tanta angustia que el pecho se me oprime y mientras nos rodeamos mutuamente con nuestros brazos no puedo contener mis lágrimas. Creo que es la primera vez que me toca despedirme de alguien definitivamente y todo se me transforma en una experiencia imborrable. Ya nunca volveré a ver a Marcos y sin embargo el recuerdo del gesto en la cara de ese niño me acompaña hasta ahora.

2 de febrero de 2010

La imagen de hoy: "Pallas Atenea", de Klimt.

Bertolt Brecht. "El origen del Tao-Te-King".


Leyenda sobre el origen del libro Tao-Te-King,
dictado por Lao-tse en el camino de la emigración.

A los setenta años, ya achacoso,
sintió el maestro un ansia de paz.
Moría la bondad en el pais
y se iba haciendo fuerte la maldad.
Se abrochó lo zapatos.

Empaquetó las cosas necesarias.
Pocas. Pero algo había que llevar.
La pipa en que fumaba cada noche.
El libro que leia a todas horas.
Algo de pan blanco.

Gozó mirando el valle, y lo olvidó
cuando la senda comenzó a ascender.
Rumiaba el buey, alegre, hierba fresca
mientras llevaba al viejo.
Pues iba muy deprisa para él.

Caminó cuatro dias entre peñas
hasta que un aduanero lo paró.
“¿Alguna cosa de valor?” “Ninguna”.
“Es un maestro”, dijo el joven guia
del buey. Y el aduanero comprendió.

Y el hombre, en un impulso afectuoso,
aún preguntó: “¿Qué ha llegado a saber?”
Y el muchacho explicó: “Que el agua blanda
hasta la piedra acaba por vencer.
Lo duro pierde.”

Aprovechando aquel atardecer,
tiro el guia del buey, siguiendo viaje.
Ya se perdían tras un pino negro
cuando los alcanzó el buen aduanero.
Les gritaba: “¡Esperadme!”

“Dime otra vez eso del agua, anciano”
Se detuvo el maestro: “¿Te interesa?”
“Soy sólo un aduanero”, dijo el hombre,
“pero quiero saber quien vencerá.
Si tú lo sabes, dímelo.

¡Escríbemelo! ¡Díctalo a este niño!
No lo reserves sólo para ti.
En casa te daré tinta y papel.
Y también de cenar. Yo vivo allí.
¿Aceptas mi propuesta?”

Examinó el anciano al aduanero:
chaqueta remendada, sin zapatos,
viejo antes de llegar a la vejez.
No era precisamente un triunfador.
Murmuró: “¿Tu también?”.

Había vivido demasiado para
no aceptar tan amable invitación.
“Quien pregunta, merece una respuesta.
Parémonos aquí”, dijo en voz alta.
“Hace ya frio”, el guia le apoyó.

Echo pie a tierra el sabio de su buey.
Escribieron durante siete dias
alimentados por el aduanero,
quien maldecia ahora en voz muy baja
a los contrabandistas.

Una mañana, al fin, ochenta y una
sentencias dio el muchacho al aduanero.
Y, agradeciéndole un pequeño don,
se perdieron detrás del pino negro.
No es fácil encontrar tanta atención.

No celebremos, pues, tan sólo al sabio
cuyo nombre en el libro resplandece.
Al sabio hay que arrancarle su saber.
Al aduanero que se lo pidió
demos gracias también.