Se enteró esa misma noche. Pero yo no estaba presente en el momento en que la tía Elisa se lo contó. Después de que me creyeron dormido me planté detrás de la puerta de la habitación de mamá. Podía oír las risas de las dos, pero sobre todo la de mamá. Sólo dejaba de reír para insultar levemente a la tía Elisa o para regañarla. Cuando estuve con el oído pegado a la puerta pude enterarme de que en realidad no le reprochaba la escena de esa tarde. Mamá me compadecía y deseaba haberme visto la cara. Yo no comprendía no se enojase con la tía Elisa, suponía que otras madres en casos semejantes habrían reaccionado de modo muy diferente. Pero mamá todo lo tomaba con ese aire despreocupado y contento, no creía que alguna experiencia que me fuera grata pudiera ser nociva. Y evidentemente estaba convencida de que esa vivencia me había resultado deliciosa. A mí el diálogo me llenó de gozo ya que presentí de inmediato que mi tía volvería a probar el juego y yo podría entregarme a contemplar su desnudez sin tener que preocuparme por nada. Cada vez estaba más contento de que papá estuviese muerto.
A la mañana siguiente la tía Elisa había borrado su expresión socarrona. Mamá no dejó de dirigirme gestos dulces y caricias prolongadas y solo se detuvo para servirme mi desayuno. Yo comía mis tostadas y tomaba el café, varias veces alcancé a detectar entre ellas una instantánea mirada de complicidad. Mamá me anunció que esa tarde me llevaría al cine. Mientras mamá me relataba el programa doble, la tía Elisa le preguntó a mi madre si podía ir con nosotros. Mi madre a su vez me preguntó a mí si yo quería que la tía nos acompañe. Yo miré a los ojos a mi tía y asentí. Después de unos instantes, como para enfatizar mi afirmación, le dije que quería que viniera. La tía Elisa rió a carcajadas, me prometió amor eterno, se abalanzó sobre mí y me llenó la cara de besos. Comenzábamos a funcionar como un trío. Esa tarde fuimos al cine, después tomamos el té y volvimos a casa a eso de las ocho. Mi madre y la tía Elisa se comportaron como una madre y una tía de esas que uno puede encontrar en cualquier barrio de cualquier ciudad.
Dos días después mi madre anunció que esa tarde iría a hacer las compras. Invitó a la tía Elisa, quien después de pensar bastante decidió no acompañarla. Mi madre me dedicó una ojeada rápida y casi al mismo tiempo la miró con severidad. Pero luego dejó escapar una sonrisa. Mi pulso se aceleró. Quizás la tía Elisa se quedaba con un propósito muy concreto y mamá lo sabía. Era posible que se repitiera la misma escena de tres días atrás. Mi madre insistió para que Elisa la acompañara pero fue inútil. La tía llegó a la conclusión de que estaba cansada y no tenía ningún interés en sofocarse en la calle una tarde de febrero.
Después de comer yo entré en el consultorio de mi padre y comencé a revisar todos los cajones y armarios. Jamás me habría animado a pedirle a mi padre que me dejara jugar con aquellos objetos que él ya no usaba porque estaban viejos o rotos. Y mi padre jamás me los habría ofrecido. Era la primera vez que entraba en el consultorio en mucho tiempo -fueron contadas las veces que entré mientras mi padre vivía- y no iba a dejar de llevarme nada que me interesara, fuera nuevo o viejo. Así, en uno de los armarios encontré una cantidad descomunal de muestras médicas que se elevaban en desorden hasta la altura de mi cabeza. Apenas abrí la puerta del armario gran cantidad de sobres se me vinieron encima y terminaron en el suelo. No me preocupé de ordenarlos sino que ocupé de forzar la otra puerta para descubrir lo que había detrás. Allí depositados en orden encontré jeringas, instrumentos quirúrgicos, bisturíes, jeringas, estetoscopios, manómetros, sobres con radiografías viejas, tubos de ensayo, retortas, pipetas, mecheros de Bunsen y algunos otros objetos. Pero esa zona del armario contaba con un doble fondo mal disimulado por una tabla cubierta de hule. Esta tabla tenía sobre uno de los bordes una muesca en la que uno podía introducir un dedo para levantarla. Y eso fue lo que hice. Las bisagras que la sostenían produjeron un chirrido desagradable. Aparentemente había pasado mucho tiempo sin que nadie la moviera. Un potente olor a amoníaco me obligó a dar unos pasos atrás. Ligeramente mareado me acerqué de nuevo y metí la mano. Saqué cuatro instrumentos de formas muy singulares. Nunca pude comprender cómo lograba mi padre utilizar esos hierros retorcidos para examinar el interior de sus pacientes mujeres. El aspecto de los instrumentos que él mismo fabricaba era sencillamente aterrador. Mi padre no sólo tenía en la casa un consultorio. También había logrado construir en la terraza un pequeño laboratorio. Allí desarrollaba experimentos personales con animales diversos y con determinadas sustancias orgánicas que sus compañeros profesores de la facultad le proveían periódicamente. Como buen investigador consignaba los resultados de sus ensayos en diversos cuadernos forrados de terciopelo gris que numeraba a partir de la primera página. Jamás sus colegas mostraron demasiado interés por esos escritos, que mi madre donó a la facultad de medicina. Y no sólo realizaba experimentos. También diseñaba sus propios instrumentos y con ayuda de un técnico los fabricaba en un taller que quedaba a unas cuadras de casa.
Sin embargo, lo que más me impactó entre todo lo que descubrí en ese armario fue un hueso humano, un fémur que según mamá había pertenecido al cuerpo de una mujer, treinta o cuarenta años atrás. No supo decirme por qué mi padre había conservado ese hueso durante tanto tiempo ni qué uso pensaba darle. A medida que examinaba los instrumentos los iba depositando sobre una mesada de mármol que las pacientes utilizaban para colocar sus pertenencias. La mesada estaba al lado de la camilla justo frente a la puerta por la que yo espiaba. Y por esa razón yo estaba de espaldas ocupado en clasificar los objetos cuando entró la tía Elisa. Me saludó diciéndome “buenas tardes, doctor”. Giré la cabeza y me encontré con su sonrisa burlona y voluptuosa. Sólo atiné a emitir el sonido de una risotada torpe y breve. Me daba cuenta de que el juego se iba a realizar de nuevo y probablemente íbamos a llegar más lejos. Atenta al curso de los pensamientos que se dibujaban en mi rostro ella comenzó a detallarme los síntomas imaginarios de una enfermedad no demasiado grave. Me contaba de sus dolores en el vientre y de un malestar que le comenzaba en las piernas y culminaba en el pecho. Yo recuerdo todo esto pero en ese momento no podía comprender ninguna de las intenciones que sus palabras ocultaban. Me preguntó si la iba a revisar y como yo no hablaba me suplicó que le examine el abdomen. Comenzó a desvestirse. Como en esta ocasión yo estaba mucho más asustado que la vez anterior tuve que contener un impulso de escaparme. La tía lo adivinó en mi mirada porque después de observarme interrumpió su tarea para correrse hasta la puerta y cerrarla. Entonces supe que la apuesta sería mucho más fuerte esta vez, mi respiración se hizo mucho más difícil, mi pulso alcanzó el ritmo de una locomotora y mi frente se cubrió de transpiración. Una ola nauseosa ascendía desde mi estómago hasta mi garganta. Elisa me debió notar muy pálido porque suspendió su representación. Se acercó, recorrió mi cuerpito con sus manos, me cubrió la cara de besos y recomenzó su juego apenas los colores me volvían y mi respiración se hacía menos traumática. Con gran destreza se quitó la blusa y la pollera. Luego se recostó sobre la camilla con los zapatos puestos. Todavía le quedaba por sacarse la bombacha y el corpiño que hacían juego, pues los dos eran negros y estaban bordados con los mismos dibujos. Comenzó a quejarse de un leve dolor en el abdomen, tomó mi mano y recorrió con ella toda la extensión de su vientre firme y vigoroso. Ahora que había dominado mi malestar, yo podía fascinarme con el contacto. Aunque muchas veces había tenido la fantasía de un acercamiento semejante nunca pensé que me produciría semejante placer. La tía Elisa percibía mi excitación, sin embargo no se daba ninguna prisa. Mantenía mi mano en su lugar pero ya no fingía ser mi paciente. Apliqué masajes al vientre de mi tía durante unos diez minutos. Ella dibujaba en su rostro una expresión de placer que a mí me resultó inolvidable. Con la mayor naturalidad se quitó el corpiño y cuando advirtió que mis manos se resistían a subir donde me acababa de insinuar, ella misma las tomó y las puso sobre sus tetas. Me pidió que la tocara despacio, que las mirara bien. Yo podía observar ahora con mucha más tranquilidad que la vez anterior pues ahora me sentía el dueño de la situación al tener sus senos en mis manos. La punta de sus pezones estaban mucho más erguidas que en el último juego. Permanecimos en esta situación durante mucho tiempo. Yo me lamentaba de que en algún momento el juego se fuera a cortar y me consolaba con la idea de que mamá no vendría hasta la noche y además todavía faltaba que la tía se quitara la bombacha. Pero esa vez no se la quitó y obviamente yo no se lo recordé. Cuando mi excitación alcanzó dimensiones de intenso dolor, mi tía decidió cortar el juego con un “bueno, doctor, se lo agradezco , ahora que me revisó me siento mucho mejor”. Y rápidamente se colocó el corpiño, la blusa y la pollera. Salió del consultorio antes de que yo pudiera darme cuenta de que el juego había terminado. Quedé nuevamente solo frente a la mesada de mármol. Miraba sin ver los instrumentos quirúrgicos de mi padre mientras me preguntaba si el juego volvería a repetirse. Aunque pueda parecer extraño, desée no verla nunca más.
11 de octubre de 2010
22 de septiembre de 2010
11 de agosto de 2010
Los amantes, por Ricardo Piglia.

"Los amantes jamás se encontraban; se dejaban ver detrás de los cristales, se enviaban retratos y fotografías y sólo mantenían relaciones epistolares. Cartas sentimentales, pornográficas, exasperadamente informativas, cartas falsas que reconstruían vidas inexistentes, cartas de una sinceridad suicida, eran intercambiadas en silencio por esos hombres y mujeres solitarios y ardientes".
Ricardo Piglia. Prisión Perpetua.
4 de agosto de 2010
El relato del Mariscal. Capítulo 3
Mamá lo odiaba y supongo que fue ella la que lo mató con algún veneno o alguna de las sustancias que mi propio padre le había enseñado en el laboratorio. Nunca pude saber si la tía Elisa había participado en el crimen o si mamá se lo había confesado cuando el cuerpo de mi padre ya estaba frío. Quizás ya conocía las intenciones de mamá y la había alentado o simplemente había mantenido un silencio permisivo.
Una mañana la policía se presentó en mi casa sin que yo alcanzara a comprender la razón pues todavía ignoraba que mi padre estaba muerto. Dos agentes con panzas voluminosas y cabezas desproporcionadas permanecieron encerrados con mamá y le dispararon infinitas preguntas que ella logró contestar sin perder la calma. No dejó que ninguna de las pistas se encaminaran por otro rumbo que no fuera la idea de un suicidio. Sin decirlo expresamente, mientras tocaba varios temas a la vez, afirmó que mi padre sufría de ataques de depresión de los que difícilmente alguien podía rescatarlo. Dejó deslizar como con vergüenza que mi padre un mes atrás había permanecido tres días encerrado en su escritorio. Luego Lucía corroboró este hecho: ella le había servido la comida durante esos tres días y la había retirado sin que el patrón se hubiese dignado tocarla. También interrogaron a la tía Elisa y ésta se condujo con la naturalidad que uno esperaba de ella en estos casos. No era difícil imaginar que los policías se sentían muy inquietos ante su presencia ya que mi tía lograba encender la imaginación erótica de los hombres más contenidos y uno podía figurarse que a partir de ese momento guiaba el curso de la conversación adonde a ella se le antojase. Sin embargo esto no era del todo así y los policías dilataron el interrogatorio hasta que la tía Elisa comenzó a perder la calma. Pero no lo suficiente como para decidir a los agentes a encauzar la investigación en la dirección de un posible crimen.
Mamá y mi tía se abrazaron apenas los agentes cruzaron el umbral después de saludarlas con gesto de galanes. Se volvieron a abrazar, esta vez con verdadera alegría, cuando volvimos de enterrar a mi padre. Toda esa tarde se vivió en mi casa un clima de euforia y parecía que en cualquier momento alguna de las dos se iba a decidir a invitar conocidos para organizar una fiesta.
Después de la muerte de mi padre nunca más recibí como regalo un animalito.
Dos días después vi desnuda por primera vez a mi tía Elisa.
Mamá tenía que cumplir unos trámites y no iba a venir hasta la noche. Yo esperaba encontrar algo para hacer, deambulaba por la casa. Era verano y todavía faltaba más de un mes para que yo empezara el colegio. Llegué ante la puerta de la habitación de mis padres (todavía no era la habitación de mamá) y me extrañé de verla cerrada, o mejor dicho, casi cerrada. Empujé la puerta y vi una gran cantidad de vestidos sobre la cama matrimonial. Giré la cabeza y dirigí la vista hacia el rincón escondido que había en la habitación. Mi tía me sonreía con ojos fulgurantes y ese brillo fue lo primero que me llamó la atención al punto que no me dí cuenta en el primer instante que estaba completamente desnuda. La tía Elisa era alta, de un color de pelo castaño claro, una curva pronunciada en su cintura, piernas un poco flacas y senos abundantes. Supongo que en la misma situación cualquier chico pediría perdón y saldría corriendo. Eso era lo que yo quería hacer, pero su sonrisa, su mirada resplandeciente y que no se llevara instintivamente las manos hacias sus senos y su pubis para cubrirlos me invitaban a quedarme o más bien me lo exigían. La tía Elisa murmuró un rápido “pasá”, dio unos pasos y cerró la puerta que yo había dejado abierta. Luego continuó frente al espejo. Se probaba los vestidos que su hermana ya no iba a usar. Yo me senté en la cama y me dispuse a disfrutar de lo que mi tía me ofrecía. Se probó dos o tres vestidos en mi presencia y en ese lapso no intercambiamos ninguna palabra. Pero menos de cinco minutos después mi tía se plantó enfrente de mí, muy cerca, y me preguntó si quería mirarla. Yo bajé inmediatamente la vista pero ella me levantó el mentón con la mano y repitió la pregunta. Yo asentí con la cabeza. Mi tía se alejó un paso para que yo pudiera tener un cuadro más completo pero luego se acercó y se hincó de rodillas para quedar a la misma altura que yo. Así se mantuvo durante más de cinco minutos. Ella se daba cuenta de que yo no podía apartar la vista de sus senos enormes y entonces los acercaba más y en algún momento lo tuve a no más de tres centímetros de mi rostro. Tenía la aureola de los pezones grandes como nunca volví a ver, de un color rosa muy claro y las puntas estaban erguidas. Yo examinaba las tetas de mi tía con la esperanza de que no se me borraran nunca de la imaginación y supongo que lo logré, pues aunque luego ví muchas veces más a mi tía desnuda, esa primera vez la voy a recordar siempre. De pronto mi tía se incorporó y enfrentó su pubis directamente con mi cara. Nada de lo que había vivido desde mi ingreso en la habitación había logrado cohibirme, pero esa nutrida cantidad de pelo, desproporcionada en medio de esas piernas, ese triángulo extraordinario sí logró intimidarme. Permanecí afiebrado, con la boca abierta, con la secreta ilusión de que ella llevaría hasta allí mi mano. Pero en vez de eso, me tocó la frente, me diagnosticó una fiebre, dijo que era mejor que “por hoy” termináramos con el jueguito. Se puso su propio vestido y salió detrás de mí. Los vestidos quedaron sobre la cama. Yo estaba contento porque en sus palabras estaba contenida la promesa de que el juego iba a volver a repetirse.
Mamá volvió ese día a las siete de la noche con un montón de paquetes, a duras penas podía atravesar la puerta y desplazarse dentro de la casa. Empezaba a disfrutar del dinero de mi padre, que nunca se había distinguido por su generosidad. Mamá lo odiaba por muchas razones, pero lo que no le iba a perdonar así pasaran veinte siglos era que él le hubiese arruinado sus mejores años. Mi padre había hecho lo imposible por mantenerla ocupada en la casa de modo que a ella le fuera imposible trabajar y por lo tanto conseguir dinero por su propia cuenta. Lo inquietaba que ella tuviera un dinero que no proviniera de él. Suponía que la autonomía que mamá podía conseguir, por ínfima que fuese, era decididamente peligrosa, no sólo para el matrimonio, sino -de un modo que nunca me quedó demasiado claro- para su propia persona física. No se daba cuenta de que, como quedó en evidencia más adelante, su vida estaba en peligro aún cuando mi madre no consiguiera ganar un solo centavo. Nunca creí que mamá fuera una asesina. Me parecía natural que lo hubiese matado, pues nunca iba a poder ser feliz si mi padre no estaba bien enterrado. Yo creía que la paz y la dicha de mamá justificaba cualquier inmolación, aún (o sobre todo) si ese sacrificio significaba la muerte de mi padre. Yo la amaba más que a nada en el mundo y este amor lo incluía todo. Mamá era mi vida y tuvo que pasar mucho tiempo para que la situación se transformara mínimamente. Yo era totalmente conciente de que mi madre me había convertido en huérfano pero jamás pude reprocharle nada. Por lo mismo, me parecía totalmente justo que ella gastara ahora el dinero que siempre le había pertenecido y me llenaba de alborozo verla entrar cubierta de paquetes, de regalos para mí, para mi tía, es decir, para nosotros tres, que a partir de la muerte de mi padre comenzábamos a transformarnos en un trío inseparable, aunque imposible. Apenas mamá llegó con los paquetes yo me pregunté si la tía Elisa le contaría la escena que habíamos protagonizado juntos, si lo haría inmediatamente o esperaría a que yo estuviera ausente. Recuerdo que mi mamá abría los regalos y la tía Elisa, como si leyera lo que yo pensaba, me miraba con una expresión burlona pero tierna, una expresión que se destilaba de sus ojos negros, de su sonrisa a medias. Compartíamos un secreto y tarde o temprano mi madre lo iba a conocer.
Una mañana la policía se presentó en mi casa sin que yo alcanzara a comprender la razón pues todavía ignoraba que mi padre estaba muerto. Dos agentes con panzas voluminosas y cabezas desproporcionadas permanecieron encerrados con mamá y le dispararon infinitas preguntas que ella logró contestar sin perder la calma. No dejó que ninguna de las pistas se encaminaran por otro rumbo que no fuera la idea de un suicidio. Sin decirlo expresamente, mientras tocaba varios temas a la vez, afirmó que mi padre sufría de ataques de depresión de los que difícilmente alguien podía rescatarlo. Dejó deslizar como con vergüenza que mi padre un mes atrás había permanecido tres días encerrado en su escritorio. Luego Lucía corroboró este hecho: ella le había servido la comida durante esos tres días y la había retirado sin que el patrón se hubiese dignado tocarla. También interrogaron a la tía Elisa y ésta se condujo con la naturalidad que uno esperaba de ella en estos casos. No era difícil imaginar que los policías se sentían muy inquietos ante su presencia ya que mi tía lograba encender la imaginación erótica de los hombres más contenidos y uno podía figurarse que a partir de ese momento guiaba el curso de la conversación adonde a ella se le antojase. Sin embargo esto no era del todo así y los policías dilataron el interrogatorio hasta que la tía Elisa comenzó a perder la calma. Pero no lo suficiente como para decidir a los agentes a encauzar la investigación en la dirección de un posible crimen.
Mamá y mi tía se abrazaron apenas los agentes cruzaron el umbral después de saludarlas con gesto de galanes. Se volvieron a abrazar, esta vez con verdadera alegría, cuando volvimos de enterrar a mi padre. Toda esa tarde se vivió en mi casa un clima de euforia y parecía que en cualquier momento alguna de las dos se iba a decidir a invitar conocidos para organizar una fiesta.
Después de la muerte de mi padre nunca más recibí como regalo un animalito.
Dos días después vi desnuda por primera vez a mi tía Elisa.
Mamá tenía que cumplir unos trámites y no iba a venir hasta la noche. Yo esperaba encontrar algo para hacer, deambulaba por la casa. Era verano y todavía faltaba más de un mes para que yo empezara el colegio. Llegué ante la puerta de la habitación de mis padres (todavía no era la habitación de mamá) y me extrañé de verla cerrada, o mejor dicho, casi cerrada. Empujé la puerta y vi una gran cantidad de vestidos sobre la cama matrimonial. Giré la cabeza y dirigí la vista hacia el rincón escondido que había en la habitación. Mi tía me sonreía con ojos fulgurantes y ese brillo fue lo primero que me llamó la atención al punto que no me dí cuenta en el primer instante que estaba completamente desnuda. La tía Elisa era alta, de un color de pelo castaño claro, una curva pronunciada en su cintura, piernas un poco flacas y senos abundantes. Supongo que en la misma situación cualquier chico pediría perdón y saldría corriendo. Eso era lo que yo quería hacer, pero su sonrisa, su mirada resplandeciente y que no se llevara instintivamente las manos hacias sus senos y su pubis para cubrirlos me invitaban a quedarme o más bien me lo exigían. La tía Elisa murmuró un rápido “pasá”, dio unos pasos y cerró la puerta que yo había dejado abierta. Luego continuó frente al espejo. Se probaba los vestidos que su hermana ya no iba a usar. Yo me senté en la cama y me dispuse a disfrutar de lo que mi tía me ofrecía. Se probó dos o tres vestidos en mi presencia y en ese lapso no intercambiamos ninguna palabra. Pero menos de cinco minutos después mi tía se plantó enfrente de mí, muy cerca, y me preguntó si quería mirarla. Yo bajé inmediatamente la vista pero ella me levantó el mentón con la mano y repitió la pregunta. Yo asentí con la cabeza. Mi tía se alejó un paso para que yo pudiera tener un cuadro más completo pero luego se acercó y se hincó de rodillas para quedar a la misma altura que yo. Así se mantuvo durante más de cinco minutos. Ella se daba cuenta de que yo no podía apartar la vista de sus senos enormes y entonces los acercaba más y en algún momento lo tuve a no más de tres centímetros de mi rostro. Tenía la aureola de los pezones grandes como nunca volví a ver, de un color rosa muy claro y las puntas estaban erguidas. Yo examinaba las tetas de mi tía con la esperanza de que no se me borraran nunca de la imaginación y supongo que lo logré, pues aunque luego ví muchas veces más a mi tía desnuda, esa primera vez la voy a recordar siempre. De pronto mi tía se incorporó y enfrentó su pubis directamente con mi cara. Nada de lo que había vivido desde mi ingreso en la habitación había logrado cohibirme, pero esa nutrida cantidad de pelo, desproporcionada en medio de esas piernas, ese triángulo extraordinario sí logró intimidarme. Permanecí afiebrado, con la boca abierta, con la secreta ilusión de que ella llevaría hasta allí mi mano. Pero en vez de eso, me tocó la frente, me diagnosticó una fiebre, dijo que era mejor que “por hoy” termináramos con el jueguito. Se puso su propio vestido y salió detrás de mí. Los vestidos quedaron sobre la cama. Yo estaba contento porque en sus palabras estaba contenida la promesa de que el juego iba a volver a repetirse.
Mamá volvió ese día a las siete de la noche con un montón de paquetes, a duras penas podía atravesar la puerta y desplazarse dentro de la casa. Empezaba a disfrutar del dinero de mi padre, que nunca se había distinguido por su generosidad. Mamá lo odiaba por muchas razones, pero lo que no le iba a perdonar así pasaran veinte siglos era que él le hubiese arruinado sus mejores años. Mi padre había hecho lo imposible por mantenerla ocupada en la casa de modo que a ella le fuera imposible trabajar y por lo tanto conseguir dinero por su propia cuenta. Lo inquietaba que ella tuviera un dinero que no proviniera de él. Suponía que la autonomía que mamá podía conseguir, por ínfima que fuese, era decididamente peligrosa, no sólo para el matrimonio, sino -de un modo que nunca me quedó demasiado claro- para su propia persona física. No se daba cuenta de que, como quedó en evidencia más adelante, su vida estaba en peligro aún cuando mi madre no consiguiera ganar un solo centavo. Nunca creí que mamá fuera una asesina. Me parecía natural que lo hubiese matado, pues nunca iba a poder ser feliz si mi padre no estaba bien enterrado. Yo creía que la paz y la dicha de mamá justificaba cualquier inmolación, aún (o sobre todo) si ese sacrificio significaba la muerte de mi padre. Yo la amaba más que a nada en el mundo y este amor lo incluía todo. Mamá era mi vida y tuvo que pasar mucho tiempo para que la situación se transformara mínimamente. Yo era totalmente conciente de que mi madre me había convertido en huérfano pero jamás pude reprocharle nada. Por lo mismo, me parecía totalmente justo que ella gastara ahora el dinero que siempre le había pertenecido y me llenaba de alborozo verla entrar cubierta de paquetes, de regalos para mí, para mi tía, es decir, para nosotros tres, que a partir de la muerte de mi padre comenzábamos a transformarnos en un trío inseparable, aunque imposible. Apenas mamá llegó con los paquetes yo me pregunté si la tía Elisa le contaría la escena que habíamos protagonizado juntos, si lo haría inmediatamente o esperaría a que yo estuviera ausente. Recuerdo que mi mamá abría los regalos y la tía Elisa, como si leyera lo que yo pensaba, me miraba con una expresión burlona pero tierna, una expresión que se destilaba de sus ojos negros, de su sonrisa a medias. Compartíamos un secreto y tarde o temprano mi madre lo iba a conocer.
27 de julio de 2010
25 de julio de 2010
CUADERNO INFANCIA 56

Una noche en el colectivo de vuelta con Javier Saal. Acabamos de salir de un cumpleaños o algún otro evento por el estilo. Sutilmente saco el tema de las chicas de nuestro grado y me animo por fin a confesarle que estoy perdidamente enamorado de nuestra compañera de grado Silvia Meneset. Animado por mi revelación, a la pobre luz de ese colectivo de marcha lenta, Javier termina contándome que él está desde siempre enamorado de Patricia Alfíe Agregamos detalles de todo tipo, Javier ríe con su risa gruesa, sonora. Es el cenit de nuestra amistad. Sellamos un pacto de honor por el cual ninguno de los dos va a decir nada de lo que se habló en este viaje en colectivo. Tiempo después nos toca ir al teatro, a ver la obra “Chapatuti en Sandilandia”. Yo le he contado a Javier que después de la función voy a juntar valor y “me le voy a tirar a Silvia”, es decir, voy a pedirle que sea mi novia. Vemos la obra: Chapatuti es una mujer terrible que mantiene a sus trabajadores en un régimen implacable de explotación. Una de las frases del estribillo: “Pedro quiere ser inventor/ Pero no va a poder ser inventor/ Porque Chapatuti lo hace trabajar/ Todo el día sin parar”. La obra termina, subimos al escenario y probablemente por primera vez en nuestras cortas vidas tenemos contacto con los actores. Javier me mira y me pregunta “si me le voy a tirar o no”. Silvia está ocupada hablándole a la actriz que hace de Chapatuti sobre lo malo que es su personaje. Yo me siento agobiado: tengo que tomar a Silvia, llevarla a un rincón y preguntarle si quiere ser mi novia. Se me aparece como una tarea abrumadora que nunca voy a poder cumplir. Los padres empiezan a llegar para buscar a mis compañeros, lo cual me impone una urgencia que me acorrala segundo a segundo sin que yo logre vencer mi timidez. Me resigno a irme del teatro con una sensación de fracaso total. Por alguna razón pensé que tenía que aprovechar una salida como esa para mi declaración, que de ninguna manera podía realizarse en el colegio. Pero ahora, con todas las condiciones a mi favor, no he tenido el coraje para aprovecharlas. Todos se van, yo vuelvo en colectivo, solo y amargado. Tiempo después, con la intención de abrir el juego, con la convicción total de que lo estoy beneficiando, aprovecho un recreo para contar lo que hablamos con Javier durante ese viaje en colectivo. Es de mañana, estamos en el aula, la luz nos llega de la ventana que da a la avenida Avellaneda. Confieso abiertamente que a mí me gusta Silvia y me preparo a contar cuál es la elegida de Javier, que me pide que no hable, que no divulgue su secreto. Pero a mí ya no hay manera de pararme. Cuento todo lo que Javier me confesó. Javier se enfurece, se siente expuesto ante todos por mi culpa, me acusa con toda razón de ser un traidor. Yo quiero explicarle que es una manera de acercarnos más a las chicas del grado, pero no encuentro las palabras adecuadas. Javier se enoja y pierdo su confianza para siempre. A partir de ese momento, avergonzado y triste, me quedo un poco más solo. A partir de ese momento jamás voy a olvidar cuál es el valor de los secretos que otros nos confían.
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