Un aula de colegio. Madrugada. Tarski escribe sobre el pizarrón con una tiza. Masot lo observa.
TARSKI: Lo noto un poco inquieto, no.
MASOT: Inquieto. Puede ser.
TARSKI: Se demora, todo se demora. No se puede hacer nada.
MASOT: Es que hay algo... Usted y yo, acá. No termino de entender.
TARSKI: Es así. Hay que tener paciencia. (Pausa.) Siempre me gustó dibujar, sobre todo en el pizarrón. Era bueno. Por eso ahora, me miro la tiza en la mano y no lo puedo creer, después de tanto tiempo. Y el borrador, no cambió nada. La maestra siempre me hacía pasar, para que dibuje. Y claro, usted ahora me ve así, pero yo... Y cuando tenía tizas de colores, bueno, yo me sentía que era el artista del grado. Usted era bueno Masot, en el colegio, digo.
MASOT: Por qué me lo pregunta.
TARSKI: Por saber. Usted debía ser inteligente. Como ahora.
Pausa.
TARSKI: Pasó mucho tiempo.
MASOT: Demasiado. Ya no me acuerdo del colegio.
TARSKI: No, que no nos veíamos, digo. Hace rato que no tenemos una tarea juntos.
MASOT: Eso es lo que no entiendo, por qué usted y yo, de nuevo.
TARSKI: No quería encontrarse conmigo, Masot.
MASOT: No esperaba encontrarlo.
TARSKI: Yo sí. Sabía que lo iba a ver.
MASOT: Por qué sabía.
TARSKI: Un pálpito, o algo así. (Pausa.) Después de aquella noche...
MASOT: Qué noche.
TARSKI: La última vez que nos vimos. Se acuerda, también estaba Gálvez. O no. Se acuerda.
MASOT: Apenas.
Pausa.
MASOT: Qué pasa que tardan tanto. Le dijeron algo sobre la hora.
TARSKI: No.
MASOT: Y hasta cuándo vamos a esperar acá.
TARSK: Hasta que nos llamen.
MASOT: Sí, pero, si no nos llaman.
TARSKI: Usted sabe, primero la señal, para que estemos atentos.
MASOT: Desde que estamos acá me dice que ya va a llegar la señal, pero no llega. Cómo va a ser la señal, le dijeron.
TARSKI: Dicen que nos vamos a dar cuenta, tenemos que estar atentos.
MASOT: Cómo, no sabe cuál es la señal.
TARSKI: Lo único que sé es que tenemos que escuchar bien.
MASOT: Todo esto está muy raro. Y si no nos damos cuenta.
TARSKI: Me dijeron que la íbamos a reconocer.
MASOT: A lo mejor ya pasó y ni la escuchamos.
TARSKI: No pasó.
MASOT: Cómo puede estar tan seguro.
Masot mira hacia el exterior del aula.
Pausa.
TARSKI: Este traje lo estrenó hace poco, no.
MASOT: Sí.
TARSKI: Usted no cambió, eh. Siempre tan elegante. Se nota que es de buena calidad. El traje, digo. No como el mío, que está viejo y gastado. (Pausa.) Siempre quise verlo otra vez, Masot. Usted no.
MASOT: No sé.
TARSKI: No sabe.
MASOT: No pensé mucho en usted todo este tiempo. Ya le dije, no esperaba verlo de nuevo.
Pausa.
TARSKI: Esta es la Primera Junta, no. Este es Moreno, y este es Paso.
Nunca me pude aprender los nombres de los otros. Este... Beruti era. No, no sé. Usted sabe.
MASOT: Por qué no se queda quieto, Tarski.
TARSKI: Vamos, Masot, sí que sabe. Dígame: este es Moreno, de este me acuerdo. Y este.
MASOT: Matheu.
TARSKI: Y este.
MASOT: Azcuénaga.
TARSKI: Y este.
MASOT: Alberti.
TARSKI: Calles, todas calles, se da cuenta. El que está ahí es San Martín, ahí no me equivoco. (Pausa.) Qué oscuridad. Ya tendría que estar amaneciendo.
MASOT: No le dijeron por qué había que esperar acá.
TARSKI: No.
MASOT: No. Está seguro.
TARSKI: No me dijeron nada.
MASOT: No tiene ningún sentido que estemos aquí.
TARSKI: Por qué lo dice, por el aula.
MASOT: Hay algo... No puedo saber qué es.
TARSKI: La verdad es que cuando me dijeron un aula me puse contento, tan contento que ni pregunté.
Pausa.
MASOT: Y para qué nos mandaron acá.
TARSKI: Siempre esperamos cerca del lugar.
MASOT: Cerca del lugar. Pero qué tenemos que hacer.
TARSKI: Todavía no sabemos, Masot.
MASOT: Y hasta cuando vamos a esperar.
TARSKI: Cuando nos llamen, después de la señal.
MASOT: Pero la señal no llega.
TARSKI: Qué le pasa, lo noto un poco impaciente. Raro en usted.
MASOT: Es que usted y yo, Tarski, aquí, qué quiere que le diga...
Pausa.
TARSKI: A mí me gusta el recuerdo del colegio. A usted.
MASOT: Para qué quiere saber eso.
TARSKI: Seguro que también. Le gusta.
MASOT: No sé. Sí, creo que sí.
TARSKI: Y eso que yo de chico lo odiaba. A usted le gustaba.
MASOT: El colegio. Sí.
TARSKI: Mire usted.
Pausa.
TARSKI: Me gustaba el himno, todavía me gusta. Me gustaba cantar. Una vez tuve que actuar. Me pusieron de Belgrano. Tenía que recitar un párrafo enorme. Estuve días estudiando para que me quedara pero bueno, imagínese. Cuando tuve que subir al escenario, nada, ni una línea, mudo enfrente de toda la gente. Yo buscaba a mi mamá pero no la encontré. Hasta el día de hoy creo que se escondió. Nunca más me llamaron para un acto. A usted lo llamaron alguna vez.
Pausa.
MASOT: Sí.
TARSKI: De qué hizo.
MASOT: No hice de nada.
TARSKI: De nada. Y para qué lo llamaron.
MASOT: Yo llevaba la bandera.
TARSKI: No. No me diga. Me está hablando en serio.
MASOT: Sí.
TARSKI: Usted. La bandera. Por eso le gustaba el colegio. Abanderado. Cómo nunca me lo contó. Entonces usted era un bocho. El alumno modelo. No ve, siempre dije que usted era un bocho.
MASOT: Usted decía eso de mí.
TARSKI: Claro.
MASOT: No sabía.
TARSKI: Cómo no va saber. Yo lo dije siempre.
Pausa.
TARSKI: Qué sentía. Cuando llevaba la bandera, digo. Se sentía importante. Todos lo miraban.
MASOT: Termínela con eso.
TARSKI: Dígame, nunca hablé con un abanderado. Qué se acuerda de eso.
Pausa.
MASOT: No sé. La cara de mi tía, la sonrisa.
TARSKI: Y usted, estaba contento, se sentía feliz.
MASOT: Sí.
TARSKI: Feliz en el colegio. Eso sí que es raro. (Pausa.) Por qué su tía. Y su madre.
MASOT: Yo no conocí a mi madre. Murió muy joven.
TARSKI: Lo lamento, Masot.
Pausa.
MASOT: Un ruido. Hay alguien ahí afuera. (Masot se asoma por la puerta). Una mujer.
TARSKI: Una mujer. Cómo puede ver algo con toda esta niebla. Yo no veo nada.
La pieza "La sangre de Gálvez", de la cual se presenta solamente un fragmento, no ha sido estrenada aún.
27 de octubre de 2011
2 de octubre de 2011
CUADERNO INFANCIA 59

Yo tengo unos diez años, es de mañana y por alguna razón yo estoy en el patio de la planta baja del colegio Maimónides. Cursé cuarto, quinto y sexto en el segundo piso, pero justo en ese momento estoy en el patio de la planta baja. De pronto se produce algún tipo de conmoción que yo puedo adivinar a través del movimiento brusco de los pocos adultos que nos rodean, algunos maestros y quizá la misma directora. A pesar de que estamos en el recreo, dan unas palmadas, lo dan por terminado y nos ordenan que volvamos a las aulas. Probablemente me meto en un aula que no es la mía, junto con otros compañeros. En pocos segundos el patio se vacía por completo y nosotros quedamos pegados a los vidrios de la ventana esperando algún espectáculo impresionante que justifique la interrupción brusca del recreo. Todos presentimos que si no nos movemos de la ventana vamos a asistir a alguna escena atroz que no nos queremos perder. En menos de un minuto vemos pasar a través del patio a dos o tres hombres vestidos de blanco que vienen desde la calle y se dirigen hacia el fondo del colegio. Luego de un lapso muy breve los mismos hombres atraviesan el patio hacia la calle portando una camilla en la que se encuentra acostado Recalde, el portero. Durante los días que siguen no tenemos ninguna información acerca de su salud. Incluso llegamos al viernes sin la menor noticia. El sábado a la mañana me despierto algo sobresaltado porque acabo de soñar con la muerte de Recalde, pero no tengo la oportunidad de comentar mi sueño con nadie. Cuando el lunes a la mañana llego al colegio, nos hacen formar como siempre antes de comenzar la clase. Sin embargo, cuando advertimos que la directora se prepara para dar un pequeño discurso adivinamos lo peor. La directora nos comunica brevemente que Recalde, el portero, falleció el sábado a las 9 de la mañana.
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Chicos músicos. Sin autor.
8 de septiembre de 2011
24 de agosto de 2011
"Epigrama contra Stalin", de Osip Mandelstam
Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,
nuestras palabras no se escuchan a diez pasos.
La más breve de las pláticas
gravita, quejosa, al montañés del Kremlin.
Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,
y sus palabras como pesados martillos, certeras.
Sus bigotes de cucaracha parecen reír
y relumbran las cañas de sus botas.
Entre una chusma de caciques de cuello extrafino
él juega con los favores de estas cuasipersonas.
Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro llora:
Sólo él campea tonante y los tutea.
Como herraduras forja un decreto tras otro:
A uno al bajo vientre, al otro en la frente, al tercero en
la ceja, al cuarto en el ojo.
Toda ejecución es para él un festejo,
que alegra su amplio pecho de oseta.
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En la foto: Osip Mandelstam
22 de agosto de 2011
El dinero y las relaciones entre las personas. Por Héctor Levy-Daniel
Aunque pocas veces nos demos cuenta, cada día que comienza significa para nosotros una cantidad de acciones, gestos, decisiones, actitudes, que tienen que ver con el dinero. Necesitamos dinero para comprar alimentos, trasladarnos, divertirnos, curarnos de algún malestar e, incluso, morirnos. Al término de cada día cualquiera de nosotros por una razón u otra ha estado en contacto varias veces, mental o concretamente, con el dinero. Sólo unas pocas personas cuentan con el privilegio de poseer el dinero suficiente como para no tener que pensar en él. Pero la gran mayoría de los seres humanos tiene en el dinero una fuente permanente de preocupaciones: es algo con lo que no se sabe si uno va a contar en el futuro. Es por esta razón que la idea de futuro y la de dinero están mutuamente implicadas. Es difícil concebir un futuro en nuestra existencia sin una fuente de ingresos que nos permitirá afrontarlo, sea ésta cual fuere. Y al mismo tiempo todos nuestros esfuerzos por conseguir dinero no tienen otro fin que asegurarnos que transitaremos ese tiempo futuro, cercano o lejano, del mejor modo posible. Ahora bien, el hecho de que el futuro y el dinero estén tan mutuamente involucrados hace que las relaciones que establecemos con otros seres humanos también estén fuertemente condicionadas por el dinero. Para conseguirlo, el vínculo con el otro, con los otros, es algo que debemos considerar. De este modo, la relación particular que cada uno de nosotros establece con el dinero se traduce de manera forzosa en nuestra relación con los demás: la forma en que cada uno tiene de vincularse con el dinero inevitablemente va a significar al mismo tiempo la forma que tiene de vincularse con las personas que lo rodean. Incluso podría establecerse un criterio según el cual se podría definir la personalidad de cada ser humano según las relaciones que establece con el dinero y por lo tanto con las demás personas. Por ejemplo, el avaro generará un tipo de relación con los otros que será impensable en una persona generosa. Y dado que la idea de dinero es algo que nos acompaña consciente o inconscientemente desde el inicio de cada día, dado que nuestra preocupación por el dinero se convierte en el centro de todos nuestros intereses vitales, sin que siquiera lo sospechemos el dinero pasa a gobernar de manera invisible los vínculos entre los seres humanos. Relaciones de amistad, de pareja, de familia, de parentesco, de trabajo: todas están condicionadas por el dinero, por la influencia que éste posee o por los límites que conscientemente se logra imponer a esa influencia. El dinero lo coloniza absolutamente todo, como si fuera una atmósfera en la que estamos sumergidos de modo natural. Por eso se hace difícil advertir hasta qué punto se constituye en el medio a través del cual se establecen las relaciones humanas, hasta que punto se consolida como una barrera ante la que fracasan esas mismas relaciones. Ahora bien, cuando logramos tomar distancia del fenómeno, cuando logramos examinar de qué manera tales relaciones están atravesadas por el dinero, entonces podemos percibirlas de un modo nuevo, original.
Héctor Levy-Daniel
Este texto forma parte del cuerpo de la nota publicada por el autor el sábado 3 de julio de 2010 en la sección Espectáculos del Diario Perfil, a propósito de la puesta en escena de su espectáculo "Dinero. Heptalogía", estrenado en mayo de 2010 en el teatro Patio de Actores.
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