25 de julio de 2012
10 de julio de 2012
"Continuidad de los parques", de Julio Cortázar.
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
De Final del juego, Alfaguara, 1996.
9 de julio de 2012
La salamandra
Los actores se ubican en escena en segundo plano. La narradora ocupa el centro y se dispone a relatar.
NARRADORA
Desde hace muchos días
Un frío impiadoso castiga
Las ciudades y los pueblos.
Una pequeña cabaña
Alejada de los pueblos y las ciudades
Apenas logra conservar cierta calidez
Gracias a una salamandra de hierro
Que se alimenta con carbón.
Los vidrios de las ventanas
Están totalmente empañados
Por el calor que proviene de esa estufa.
EL
Desde hace muchos días
Lo único que me importa
Es como mantener el fuego encendido,
Dónde encontrar la materia para alimentarlo.
El carbón se acabó hace rato
Y ahora tengo que utilizar
Cualquier cosa que encuentre.
ELLA
Yo lo ayudé a romper
Los muebles de la cabaña
Para mantener el fuego encendido.
NARRADORA
Podrían salir a buscar leña,
Pero tendrían que caminar
Más de cincuenta quilómetros
En el frío.
Probablemente morirían.
O los arrestarían.
ELLA
Desde hace quince días
Esperamos el rescate.
EL
Quince días es mucho tiempo
Pero nuestros socios no nos van a fallar.
NARRADORA
Cada minuto que pasa los acorrala más,
Les anuncia la inminencia de la muerte
Por congelamiento.
Saben que no pueden permitir
Que la salamandra se apague
Porque quizás no logren encenderla
Otra vez.
ELLA
Hace tiempo que no dormimos juntos
Hace tiempo que nos turnamos para dormir.
Uno duerme y el otro cuida
Que el fuego no se apague.
EL
Ya quemamos todo lo que encontramos.
Es poco lo que nos queda.
NARRADORA
A unos ocho quilómetros
El viejo auto de ella
Soporta una y otra capa de nieve.
Consumió la última gota de nafta
Y se detuvo allí, en una carretera
Oculta por árboles altos y frondosos.
Luego de una caminata desesperada
En medio de la nieve y el frío,
Los dos llegaron hasta la cabaña
Gracias al mapa.
EL
El mapa que yo insistí en conservar.
ELLA
Habíamos dejado el mapa en el auto.
El insistió en volver.
Yo no quería.
Habíamos caminado demasiado.
Si no hubiese sido por él.
Jamás habríamos llegado.
El es así, siempre logra
Conservar la calma.
EL
Ya quemamos todas las sillas
Un sillón viejo, la mesa,
Todos los muebles de la cocina.
Las camas y los armarios enteros.
Vaciamos la casa.
ELLA
Todo se consumió mucho más rápido
De lo que esperábamos.
Todavía tenemos paquetes de fideos,
De azúcar.
Cajas de té, latas de conserva.
Todavía tenemos comida para un mes.
En un mes ya no vamos a tener nieve.
EL
Podríamos romper la puerta
O el marco de las ventanas.
Pero eso sería como vivir a la intemperie.
NARRADORA
Hasta ayer les quedaba nada más
Que el maletín de cuero negro
Con el dinero robado.
Una suma enorme que consiguieron
Después de cumplir con todo detalle
El plan del asalto al banco del pueblo.
El pueblo que está como a cien quilómetros
De esa cabaña.
O tal vez más.
EL
Decidí romper el maletín
Y usar también los pedazos
Para alimentar el fuego.
ELLA
Entonces quedaron todos esos fajos de billetes
Que en el suelo parecían desnudos,
Insignificantes, obscenos.
Iluminados por la luz sucia
Que el crepúsculo anunciaba
A través de la ventana.
Yo los vi y no pude evitar
La idea de que esos fajos que estaban ahí,
(En la tierra húmeda que nos quedó
Después que quemamos el piso de madera),
Esos mismos fajos llevaban una maldición
Que nos aisló en esta cabaña
Y definió nuestros destinos.
Esa misma idea me impulsó a tomar un fajo
Y meterlo en la salamandra,
Como un aporte más
A la conservación del fuego.
EL
No. No. No. No. No.
Estás loca.
No, no, no, no, no.
ELLA
Para responderle
Tomé otro fajo y también
Lo tiré dentro de la salamandra.
EL
La tomé del brazo.
Por primera vez
Estuve a punto de pegarle.
ELLA
Sí estuvo a punto de pegarme
Pero no tuve miedo.
Eché atrás mi cabeza
Y me quedé mirándolo.
Por primera vez hablé ese día.
Nos vamos a morir.
EL
Quise convencerla de que
El auto iba a venir.
Seguramente esa misma noche
O a la mañana siguiente.
ELLA
Pasó toda la noche
Pasó toda la mañana
Y lo único que quedaba para quemar
Era un almohadón viejo
Que él encontró en el baño.
El almohadón y los billetes.
Cuando puso el almohadón
Fijó sin querer la vista en los billetes.
Me miró.
EL
La miré.
Ella tenía los ojos perdidos
A través del vidrio de la ventana.
El reflejo gris del mediodía sin sol
Le daba un aspecto angustioso.
Entonces, sin preguntarle nada,
Sin dirigirle siquiera la palabra,
Tomé uno a uno los fajos de billetes
Y los puse en la salamandra.
Ella sabía lo que yo estaba haciendo,
Pero no quería girar la cabeza,
La vista fija en la ventana.
Cuando el último de los billetes ardía,
Me pasé las manos por el pantalón
Y caminé hasta ubicarme junto a ella,
Las dos narices casi pegadas al vidrio de la ventana.
NARRADORA
Imposible saber cuánto tiempo
Estuvieron en ese mismo lugar, estáticos,
Sin atreverse a pronunciar palabra.
El silencio sólo se desgarró
Cuando él dijo
“Ahí vienen, ahí vienen a buscarnos”.
Ella no tuvo coraje para señalarle
Que la carretera estaba tan vacía como siempre.
No tuvo coraje para decirle que el auto
Nunca iba a llegar.
"La salamandra" es una de las siete obras breves que componen "Dinero. Heptalogía" de Héctor Levy-Daniel. "Dinero. Heptalogía" fue estrenada bajo la dirección del autor y de Clara Pizarro en el teatro Patio de Actores el 29 de mayo de 2010. El elenco estuvo compuesto por Anahí Martella, Jessica Schultz, Enrique Papatino, Pablo Vascello, Graciela Clusó y Giselle Lousek.
20 de junio de 2012
15 de junio de 2012
Karl Marx: "Tesis sobre Feuerbach".
[I] El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluido el de Feuerbach- es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal. Feuerbach quiere objetos sensoriales, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco él concibe la propia actividad humana como una actividad objetiva. Por eso, en La esencia del cristianismo sólo considera la actitud teórica como la auténticamente humana, mientras que concibe y fija la práctica sólo en su forma suciamente judaica de manifestarse. Por tanto, no comprende la importancia de la actuación "revolucionaria", "práctico-crítica".
[II] El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico.
[III] La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad (así, por ej., en Robert Owen). La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria.
[IV] Feuerbach arranca de la autoenajenación religiosa, del desdoblamiento del mundo en un mundo religioso, imaginario, y otro real. Su cometido consiste en disolver el mundo religioso, reduciéndolo a su base terrenal. No advierte que, después de realizada esta labor, queda por hacer lo principal. En efecto, el que la base terrenal se separe de sí misma y se plasme en las nubes como reino independiente, sólo puede explicarse por el propio desgarramiento y la contradicción de esta base terrenal consigo misma. Por tanto, lo primero que hay que hacer es comprender ésta en su contradicción y luego revolucionarla prácticamente eliminando la contradicción. Por consiguiente, después de descubrir, v. gr., en la familia terrenal el secreto de la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente aquélla.
[V] Feuerbach, no contento con el pensamiento abstracto, apela a la contemplación sensorial; pero no concibe la sensoriedad como una actividad sensorial humana práctica.
[VI] Feuerbach diluye la esencia religiosa en la esencia humana. Pero la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales. Feuerbach, que no se ocupa de la crítica de esta esencia real, se ve, por tanto, obligado: A hacer abstracción de la trayectoria histórica, enfocando para sí el sentimiento religioso (Gemüt) y presuponiendo un individuo humano abstracto, aislado. En él, la esencia humana sólo puede concebirse como "género", como una generalidad interna, muda, que se limita a unir naturalmente los muchos individuos.
[VII] Feuerbach no ve, por tanto, que el "sentimiento religioso" es también un producto social y que el individuo abstracto que él analiza pertenece, en realidad, a una determinada forma de sociedad.
[VIII] La vida social es, en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo, encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esa práctica.
[IX] A lo que mas llega el materialismo contemplativo, es decir, el materialismo que no concibe la sensoriedad como actividad práctica, es a contemplar a los distintos individuos dentro de la "sociedad civil".
[X] El punto de vista del antiguo materialismo es la sociedad "civil; el del nuevo materialismo, la sociedad humana o la humanidad socializada.
[XI] Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.
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