24 de junio de 2013

La respuesta del sabio Sileno. Friedrich Nietzsche.





"Una vieja leyenda cuenta que durante mucho tiempo el rey Midas había intentado cazar en el bosque al sabio Sileno, acompañante de Dioniso, sin poder atraparlo. Cuando por fin cayó en sus manos, el rey pregunta qué es lo mejor y más preferible para el hombre. Rígido e inmóvil calla el demón; hasta que forzado por el rey, acaba prorrumpiendo en estas palabras, en medio de una risa estridente: “Estirpe miserable de un día, hijos del azar y de la fatiga, ¡por qué me fuerzas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no oír? Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor en segundo lugar es para ti -morir pronto.”"


Friedrich Nietzsche, Breve fragmento de El nacimiento de la tragedia, capítulo 3.

23 de junio de 2013

La imagen de hoy: La parábola de los ciegos, de Brueghel


Un mensaje imperial, de Franz Kafka.

El Emperador –así dicen– te ha enviado a ti, el solitario, el más miserable de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más distante lejanía, microscópica ante el sol imperial; justamente a ti, el Emperador te ha enviado un mensaje desde su lecho de muerte. Hizo arrodillar al mensajero junto a su cama y le susurró el mensaje al oído; tan importante le parecía, que se lo hizo repetir. Asintiendo con la cabeza, corroboró la exactitud de la repetición. Y ante la muchedumbre reunida para contemplar su muerte –todas las paredes que interceptaban la vista habían sido derribadas, y sobre la amplia y alta curva de la gran escalinata formaban un círculo los grandes del Imperio–, ante todos, ordenó al mensajero que partiera. El mensajero partió en el acto; un hombre robusto e incansable; extendiendo primero un brazo, luego el otro, se abre paso a través de la multitud; cuando encuentra un obstáculo, se señala sobre el pecho el signo del sol; adelanta mucho más fácilmente que ningún otro. Pero la multitud es muy grande; sus alojamientos son infinitos. Si ante él se abriera el campo libre, cómo volaría, qué pronto oirías el glorioso sonido de sus puños contra tu puerta. Pero, en cambio, qué vanos son sus esfuerzos; todavía está abriéndose paso a través de las cámaras del palacio central; no acabará de atravesarlas nunca; y si terminara, no habría adelantado mucho; todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras; y, si lo consiguiera, no habría adelantado mucho; tendría que cruzar los patios; y después de los patios el segundo palacio circundante; y nuevamente las escaleras y los patios; y nuevamente un palacio; y así durante miles de años; y cuando finalmente atravesara la última puerta –pero esto nunca, nunca podría suceder–, todavía le faltaría cruzar la capital, el centro del mundo, donde su escoria se amontona prodigiosamente. Nadie podría abrirse paso a través de ella, y menos aún con el mensaje de un muerto. Pero tú te sientas junto a tu ventana, y te lo imaginas, cuando cae la noche.

22 de junio de 2013

La imagen de hoy: "Las meninas", de Picasso.


Eva. Material para la escritura de una versión de Barba Azul.



Eva: yo era muy chica cuando lo conocí. Papá lo admiraba y nos transmitía esa admiración a nosotros, a mis dos hermanos y a mí misma. A mí me fascinaba la presencia de ese hombre enorme, rubio, de mirada melancólica que cuando nos saludaba nos hacía sentir ya adultos aunque yo no había cumplido los dieciséis todavía. Cada vez que entraba en casa, en el comedor, mamá no estaba. Papá la tenía que mandar a llamar, casi siempre por uno de nosotros, sobre todo yo, que era la más chica. Golpeaba la puerta de la habitación, abría y me encontraba con mamá que se terminaba de arreglar como si tuviera una fiesta. Sentada frente al espejo, comprobaba que cada pequeña zona de su cara estuviera perfectamente cuidada, maquillada, radiante. Me llamaba la atención que se preparara tanto para recibirlo, me preguntaba por qué tenía tanto interés en agradarle a alguien que casi no conocía. Evidentemente quería que Bernardo se fijara en ella. Yo tenía miedo de que a papá le molestara semejante muestra de atención, que se pusiera celoso. Pero papá se comportaba como un caballero perfecto, como si entendiera que era muy difícil conocer a su amigo y no tratar de hacer algo para gustarle, con lo cual justificaba de antemano a mamá. Y ella bajaba la escalera con uno de sus vestidos nuevos, iluminada por su propia euforia, la vista clavada en Bernardo, con una sonrisa que nos excluía sin pudor a papá, a mis hermanos y a mí. La escena siempre era la misma: antes de que bajara el último escalón, Bernardo la tomaba de la mano, se la besaba y decía algo así como “por fin, tenía miedo de irme sin verla”. Ella dejaba salir una pequeña carcajada, sostenía su mano entre las de él y no quitaba la vista de sus ojos claros. Cuando ya estábamos todos sentados en los sillones alrededor de la mesa chica del living, mamá no dejaba de llamar a la mucama para que se ocupara de servir a Bernardo vasos de whisky o de coñac, canapés, fiambres, carne asada fría o cualquier cosa que se le ocurriera en ese momento. El jamás rechazaba nada de lo que le ofrecían, podía comer sin parar desde que llegaba hasta que se iba, y eso fue algo que jamás pude olvidar, aumentaba mi fascinación por él aunque no me daba cuenta todavía de qué manera la presencia de él me hipnotizaba. Nunca supe qué tipo de negocios encaraban Bernardo y papá pero lo que sí puedo recordar es que en un tiempo empezó a venir cada vez más seguido y cada vez abríamos una botella de champán para festejar alguna operación que se presentaba como auspiciosa para él y para nosotros. Bernardo entraba y su sola presencia lograba que mis hermanos y yo abandonáramos en el acto lo que estábamos haciendo para sentarnos en el living alrededor de él para verlo comer, reír y beber.
Eran socios y papá estaba más que feliz de haberse relacionado con un hombre tan rico que lo había incluido en sus negocios con tanta generosidad y desinterés. Durante los años en que Bernardo vino a casa papá multiplicó por dos o por tres los bienes que tenía, compró una casa en el campo, una quinta cerca de la ciudad, un barco y hasta un avión pequeño.
Los negocios se mantuvieron incluso después que Bernardo se fue de viaje a Escocia para casarse con una brasileña que vivía en Edimburgo con sus padres desde hacía muchos años. Aunque la noticia del casamiento pareció que excitaba a mamá, en realidad le provocó una enorme decepción. Sabía que no iba a volver a ver a Bernardo sentado en el living de su casa, que ya no iba a mantener sus manos entrelazadas a las de él y eso significaba eliminar de un solo corte todas las fantasías que pudo haber concebido acerca de una relación entre él y ella. Papá fingió no notar su desaliento y mis hermanos ya no tuvieron que fingir que jamás se habían dado cuenta de nada. Solamente yo podía darme cuenta de que ninguna sonrisa era igual a la que le dedicaba a Bernardo. Cuando después de unos meses nos llegó la novedad de la muerte de su esposa brasileña, mamá no pudo disimular más. Papá le contó la noticia y ella, en vez de aparentar algún tipo de espanto por la forma en que la pobre mujer había muerto (se había caído de un acantilado) tuvo un ataque de risa. Mis hermanos y papá la miraban sin entender. Solamente yo sabía qué era lo que le estaba pasando. Mamá preguntó qué iba a hacer Bernardo. Papá le contestó que ya no tenía nada que hacer en Escocia por lo que seguramente iba a volver pronto para acá. Mamá trató de mantener cierta formalidad, quiso ponerse seria pero otro acceso de risa incontenible la dejó indefensa. Mientras reía negaba con el índice como tratando de señalar que no debían interpretarla mal. Intentaba calmarse pero parecía que cuanto mayor era el esfuerzo menos podía contenerse. Por fin, no tuvo más remedio que levantarse y subir corriendo hasta su cuarto. Mis dos hermanos miraban a papá como tratando de encontrar una explicación. Pero papá se mantuvo muy serio, la boca casi fruncida por el gesto de disgusto, los ojos mirando al frente sin ver nada.
Después de tres meses, Bernardo volvió al país y al poco tiempo vino a casa otra vez.
No parecía triste por todo lo que había tenido que sufrir. Nos contó todos los detalles acerca del accidente de su esposa. Cómo salían a caballo casi todos los días, cómo a María le gustaba galopar a toda velocidad a pesar de que él muchas veces le había advertido lo peligroso que era, cómo esa tarde el caballo de María se desbocó y corrió directamente hacia el borde del acantilado, se frenó de golpe justo al filo del precipicio y ella salió despedida hacia el vacío. No apareció el menor rastro de emoción en su rostro mientras nos contó los detalles. Cuando la buscaron entre las rocas ya la marea empezaba a subir y el cuerpo de María flotaba con los pantalones de amazona y la camisa pegada al cuerpo que dejaba entrever la forma de sus senos. Una de las botas se le había salido, nadie sabe de qué manera y nunca la pudieron encontrar. La nuca de la brasileña estaba totalmente quebrada, la cabeza había girado y los ojos estaban del mismo lado que la espalda. El funeral fue una ceremonia muy breve y austera a la que asistieron la madre, el padre con dos de sus amigos, el pastor y él. Nadie más. Mamá lo miraba y a duras penas podía disimular su consternación. Pero al mismo tiempo todas las esperanzas deshechas ahora retornaban con más fuerza que nunca y cada fantasía desvanecida volvía a reflejarse en sus ojos, que delataban una alegría fuera de toda medida. De pronto, todo volvía a ser como unos años atrás, estábamos los cinco integrantes de la familia sentados otra vez alrededor de ese enorme hombre risueño, de mirada celeste y melancólica cuya sola presencia nos ponía contentos aunque nos estuviera relatando una historia espantosa.
Fue esa misma tarde que noté que aunque Bernardo era el mismo, ahora ya no me miraba de la misma manera. Dos o tres veces lo sorprendí con la mirada en mi escote. Y cada vez, instintivamente, yo me había llevado las manos al pecho, como intentando protegerme. En esos momentos, él desvió la vista con gran velocidad y siguió con su conversación sin turbarse un solo segundo. Por supuesto, en esos años mi cuerpo había cambiado, tenía todas las formas definidas de una mujer con curvas pronunciadas y sabía ya perfectamente lo que generaba en los hombres. Pero nunca me imaginé que podía provocar lo mismo en el socio de papá, nunca soñé que ese hombre podía fijarse en mí. Esas breves exploraciones de mi escote y unos pequeños cruces de miradas entre los dos me convencieron esa misma tarde de que yo había despertado algo en Bernardo, que me llevaba más de veinte años. El problema era que no solamente yo me di cuenta de todo esto. A mamá tampoco se le había escapado que me dedicaba cada palabra e incluso aprovechaba para mirarme mientras otros hablaban. Bernardo la trató de una manera mucho más fría y distante y en esa charla tan amena mamá entendió que cualquier posibilidad de encuentro entre los dos se había esfumado para siempre. Y entonces mamá se dedicó a captar qué tipo de corriente invisible empezaba a fluir entre nosotros.
A la semana tuvimos nuestro primer encuentro a solas.

11 de junio de 2013

Carta abierta de Jim Jarmusch a John Cassavetes

Siento algo muy particular cada vez que me dispongo a ver una de sus películas, una anticipación. No importa si he visto el filme antes o no (de hecho, creo que los he visto todos varias veces), todavía mantengo ese sentimiento. Espero algo con ansiedad, una especie de iluminación cinematográfica, tanto como director como cinéfilo (no hay realmente una clara línea divisoria para mí). Espero un estallido de inspiración. Quiero ser un iluminado. Necesito que se me revelen las consecuencias secretas del corte de una escena a otra. Quiero entender cómo la crudeza de las posiciones de cámara o el granulado del material configuran la ecuación emocional. Quiero aprender de actuación a partir de los personajes, de la atmósfera a partir de la luz y los escenarios. Estoy listo, completamente preparado para absorber «la verdad a 24 cuadros por segundo».

Pero lo que ocurre es esto: en cuanto empieza la película, me introduce en su mundo y estoy perdido. La expectativa sobre cualquier tipo de iluminación se desvanece, y esto me deja en la oscuridad, solo. Seres humanos ahora viven en ese mundo dentro de la pantalla. Ellos también parecen perdidos, solos. Los miro. Observo cada detalle de sus movimientos, sus reacciones. Escucho con atención lo que cada uno de ellos dice, los bordes gastados del tono de la voz de uno, la malicia escondida en una frase del otro. Ya no pienso en la «actuación». Soy inconsciente del diálogo. Olvido la «cámara».

La iluminación que esperaba recibir de usted ha sido reemplazada por otra. Una iluminación que no invita al análisis o la disección, sólo a la observación y la intuición. En vez de discernir, por ejemplo, la construcción de una escena, empiezo a ser iluminado por las furtivas sutilezas de la naturaleza humana.

Sus películas, John Cassavetes, son sobre el amor, la confianza y la desconfianza; sobre la soledad, el gozo, la tristeza, el éxtasis y la estupidez. Son sobre la inquietud, la ebriedad, la resistencia y la lujuria; sobre el humor, la terquedad, la falta de comunicación y el miedo. Pero básicamente son sobre el amor, y uno se ve arrastrado a un lugar mucho más profundo que el que puede mostrar cualquier estudio sobre la «forma narrativa». Sí, usted es un gran director, uno de mis favoritos. Pero lo que sus filmes iluminan más insidiosamente es que una cosa es el celuloide, y que la belleza, la extrañeza y la complejidad de la experiencia humana son otra.

John Cassavetes, me quito el sombrero ante usted. Y me lo pongo en el corazón.

Jim Jarmusch