17 de febrero de 2017
Henri Bergson. El objeto del arte.
Bergson
se pregunta cuál es el objeto del arte y señala: “si pudiésemos entrar en comunicación
directa con las cosas y con nosotros mismos, creo que el arte sería inútil, o
más bien que todos nosotros seríamos artistas, pues nuestra alma vibraría
entonces continuamente al unísono de la naturaleza".Sin embargo, observa, “entre la naturaleza y nosotros, más aún, entre nosotros y nuestra propia conciencia se interpone un velo para el común de los hombres, pero sutil y transparente para el artista y para el poeta”. Para el hombre es necesario vivir y “la vida exige que captemos las cosas en la relación que guardan con nuestras necesidades. Vivir es actuar. Vivir es no aceptar de los objetos más que la impresión útil, para responder a ella mediante reacciones adecuadas. Las demás impresiones han de oscurecerse o no llegar a nosotros más que de un modo confuso".
Bergson señala que mis sentidos y mi conciencia sólo me entregan de la realidad una simplificación práctica, por la cual se borran las diferencias inútiles para el hombre y se acentúan los parecidos útiles. “Las cosas han sido clasificadas con vistas al partido que podré sacar de ellas”. Y esa clasificación es la que el hombre percibe, mucho más que el color y la forma de las cosas. Así como el lobo probablemente no pueda distinguir la cabra del carnero, nosotros establecemos diferencia entre ambos. Sin embargo, no distinguimos una cabra de otra cabra, ni un carnero de otro carnero. “La individualidad de las cosas y de los seres se nos escapa siempre que no nos sea materialmente útil percibirla. Y allí donde la observamos (como cuando distinguimos un hombre de otro hombre), no es la individualidad misma lo que nuestra vista capta, es decir, cierta armonía enteramente original de formas y colores, sino solamente uno o dos rasgos que facilitarán el reconocimiento práctico”.
Dice Bergson: “Diremos, en suma, que no vemos las cosas mismas; las más de las veces nos limitamos a leer unas etiquetas adheridas a ellas”. Y esta tendencia se ha acentuado más bajo la influencia del lenguaje, pues las palabras, exceptuando los nombres propios, designan géneros”. Por ejemplo, de nuestros sentimientos captamos solamente su aspecto impersonal, el que el lenguaje ha podido recoger de una vez por todas, porque es el mismo para todos los hombres. Pero de esta manera perdemos los mil matices fugaces y las mil resonancias profundas que hacen de nuestros sentimientos algo absolutamente nuestro. Y así, “en nuestro propio individuo, se nos escapa la individualidad”.
Para
definir la tarea del artista, Bergson observa: “vivimos en una zona media, que
está entre las cosas y nosotros, exteriormente a las cosas, y también
exteriormente a nosotros mismos. Mas de tarde en tarde, por distracción, la
naturaleza suscita almas más despegadas de la vida.(…) Hablo de un despego
natural, innato a la estructura del sentido o de la conciencia, y que se manifiesta
en seguida por un modo virginal, en cierto sentido, de ver, de oír o de
pensar”.
“Para aquellos mismos de entre nosotros que la naturaleza ha hecho artistas, sólo accidentalmente y por un lado solo ha levantado el velo. Sólo en una dirección se ha olvidado de anudar la percepción a la necesidad. Y como cada dirección corresponde a lo que llamamos un sentido, por uno de esos sentidos, y solamente por ese sentido determinado, es por el que el artista está entregado al arte. De ahí, en su origen, la diversidad de las artes”. De esta manera, "tanto si se trata de pintura como de escultura, de poesía o de música, el arte no tiene más objeto que el de apartar los símbolos útiles desde el punto de vista práctico, las generalidades aceptadas convencional y socialmente, todo lo que, en suma, nos oculta la realidad, para ponernos frente a la realidad misma”.
“Para aquellos mismos de entre nosotros que la naturaleza ha hecho artistas, sólo accidentalmente y por un lado solo ha levantado el velo. Sólo en una dirección se ha olvidado de anudar la percepción a la necesidad. Y como cada dirección corresponde a lo que llamamos un sentido, por uno de esos sentidos, y solamente por ese sentido determinado, es por el que el artista está entregado al arte. De ahí, en su origen, la diversidad de las artes”. De esta manera, "tanto si se trata de pintura como de escultura, de poesía o de música, el arte no tiene más objeto que el de apartar los símbolos útiles desde el punto de vista práctico, las generalidades aceptadas convencional y socialmente, todo lo que, en suma, nos oculta la realidad, para ponernos frente a la realidad misma”.
“El
arte no es seguramente más que una visión más directa de la realidad. Mas esa
pureza de percepción implica una ruptura con la convención útil, un desinterés innato y especialmente localizado
del sentido o de la conciencia, cierta inmaterialidad de vida, en suma, que es
lo que siempre se ha llamado idealismo”.
Henri Bergson, La risa, capítulo III.
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En la foto,
Henri Bergson.
29 de agosto de 2016
28 de agosto de 2016
Un cuento jasídico
El rabino Menajem Mendel de Rimanov notó que las hogazas de pan que se horneaban en su casa para los pobres eran más pequeñas que lo habitual. Cuando preguntó el motivo, le explicaron:
"Es que subió el precio de la harina en el mercado".
"El pan debe hacerse", sentenció el rabino, "según el hambre de los pobres y no de acuerdo al precio de la harina".
A partir de entonces, las hogazas recuperaron su tamaño anterior.
."Es que subió el precio de la harina en el mercado".
"El pan debe hacerse", sentenció el rabino, "según el hambre de los pobres y no de acuerdo al precio de la harina".
A partir de entonces, las hogazas recuperaron su tamaño anterior.
13 de marzo de 2016
El teatro: la vida en la Tierra.
El teatro no "sirve". No sirve a nada ni a nadie.
El teatro no es sirviente y mucho menos esclavo de ninguna idea, ni de ninguna persona que quiera utilizarlo para sí, sea cual fuere ese objetivo.
El teatro no es un instrumento o una herramienta para alguna finalidad.
El teatro es un fin en sí mismo.
El teatro es una expresión máxima de la condición humana.
La vida en la Tierra no puede concebirse sin teatro, aun cuando quienes asistan al teatro sean una minoría.
El teatro es precisamente esa vida en la Tierra.
HLD.
17 de enero de 2016
Jorge Luis Borges: Historia de los dos que soñaron.
Cuentan hombres dignos de fe que hubo en El Cairo un hombre
poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió menos
la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan.
Trabajó tanto que el sueño lo rindió una noche debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño un hombre empapado que se sacó de la boca una moneda de oro y le dijo: "Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla". A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros del desierto, de las naves, de los piratas, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres.
Llegó al fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por decreto de Alá Todopoderoso, una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron con el estruendo de los ladrones y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea.
El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo y le menudearon tales azotes con varas de bambú que estuvo cerca de la muerte. A los dos días recobró el sentido en la cárcel. El capitán lo mandó buscar y le dijo: "¿Quién eres y cuál es tu patria?" El otro declaró: "Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Mohamed El Magrebí". El Capitán le preguntó: "¿Qué te trajo a Persia?" El otro optó por la verdad y le dijo: "Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que esa fortuna que prometió deben ser los azotes que tan generosamente me diste".
Ante semejantes palabras, el capitán se rió hasta descubrir las muelas del juicio y acabó por decrile: "Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín, y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol una higuera y luego de la higuera una fuente, y bajo la fuente un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, engendro de mula con un demonio, has ido errando de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no te vuelva a ver en Isfaján. Toma estas monedas y vete."
El hombre las tomó y regresó a su patria. Debajo de la fuente de su jardín (que era la del sueño del capitán) desenterró el tesoro. Así Alá le dio bendición y lo recompensó.
Trabajó tanto que el sueño lo rindió una noche debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño un hombre empapado que se sacó de la boca una moneda de oro y le dijo: "Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla". A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros del desierto, de las naves, de los piratas, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres.
Llegó al fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por decreto de Alá Todopoderoso, una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron con el estruendo de los ladrones y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea.
El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo y le menudearon tales azotes con varas de bambú que estuvo cerca de la muerte. A los dos días recobró el sentido en la cárcel. El capitán lo mandó buscar y le dijo: "¿Quién eres y cuál es tu patria?" El otro declaró: "Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Mohamed El Magrebí". El Capitán le preguntó: "¿Qué te trajo a Persia?" El otro optó por la verdad y le dijo: "Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que esa fortuna que prometió deben ser los azotes que tan generosamente me diste".
Ante semejantes palabras, el capitán se rió hasta descubrir las muelas del juicio y acabó por decrile: "Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín, y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol una higuera y luego de la higuera una fuente, y bajo la fuente un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, engendro de mula con un demonio, has ido errando de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no te vuelva a ver en Isfaján. Toma estas monedas y vete."
El hombre las tomó y regresó a su patria. Debajo de la fuente de su jardín (que era la del sueño del capitán) desenterró el tesoro. Así Alá le dio bendición y lo recompensó.
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En la foto: Jorge Luis Borges
20 de diciembre de 2015
Para ser escritor, por Stephen King.
Si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho. No conozco ninguna manera de saltárselas. No he visto ningún atajo.
Yo soy un lector lento, pero con una media anual de setenta u ochenta libros, casi todos de narrativa. No leo para estudiar el oficio, sino por gusto,
Cada noche me aposento en el sillón azul con un libro en las manos. Tampoco leo narrativa para estudiar el arte de la narrativa, sino porque me gustan las historias. Existe, sin embargo, un proceso de aprendizaje. Cada libro que se elige tiene una o varias cosas que enseñar, y a menudo los libros malos contienen más lecciones que los buenos.
Cuando iba a octavo encontré una novela de bolsillo de Murray Leinster, un escritor de ciencia ficción barata cuya producción se concentra en los años cuarenta y cincuenta, la época en que revistas como Amazing Stories pagaban un centavo por palabra, Yo ya había leído otros libros de Leinster, bastantes para saber que la calidad de su prosa era irregular. La novela a que me refiero, que era una historia de minería en el cinturón de asteroides, figuraba entre sus obras menos conseguidas. No, eso es ser demasiado generoso; la verdad es que era malísima, con personajes superficiales y un argumento descabellado. Lo peor (o lo que me pareció peor en esa época) era que Leinster se había enamorado de la palabra zestful, «brioso». Los personajes veían acercarse a los asteroides metalíferos con «briosas sonrisas», y se sentaban a cenar «con brío» a bordo de su nave minera. Hacia el final del libro, el protagonista se fundía con la heroína (rubia y tetuda) en un «brioso abrazo». Fue para mí el equivalente literario de la vacuna de la viruela: desde entonces, que yo sepa, nunca he usado la palabra zestful en ninguna novela o cuento. Ni lo haré, Dios mediante.
Mineros de asteroides (no se llamaba así, pero era un título parecido) fue un libro importante en mi vida de lector. La mayoría de la gente se acuerda de cuándo perdió la virginidad, y la mayoría de los escritores se acuerdan del primer libro cuya lectura acabaron pensando: yo esto podría superarlo. ¡Cono, si ya lo he aperado! ¿Hay algo que dé más ánimos a un aprendiz de escritor que darse cuenta de que lo que escribe, se mire como se mire, es superior a lo que han escrito otros cobrando?
Leyendo prosa mala es como se aprende de manera más clara a evitar ciertas cosas. Una novela como Mineros de asteroides (o El valle de las muñecas. Flores en el ático y Los puentes de Madison, por dar algunos ejemplos) equivale a un semestre en una buena academia de escritura, incluidas las conferencias de los invitados estrella.
Por otro lado, la buena literatura enseña al aprendiz cuestiones de estilo, agilidad narrativa, estructura argumental, elaboración de personajes verosímiles y sinceridad creativa. Quizá una novela como Las uvas de la ira provoque desesperación y celos en el escritor novel («No podría escribir tan bien ni viviendo mil años»), pero son emociones que también pueden servir de acicate, empujando al escritor a esforzarse más y ponerse metas más altas. La capacidad arrebatadora de un buen argumento combinado con prosa de calidad es una sensación que forma parte de la formación imprescindible de todos los escritores. Nadie puede aspirar a seducir a otra persona por la fuerza de la escritura hasta no haberlo experimentado personalmente.
Vaya, que leemos para conocer de primera mano lo mediocre y lo infumable. Es una experiencia que nos ayuda a reconocer ambas cosas en cuanto se insinúan en nuestro propio trabajo, y a esquivarlas. También leemos para medirnos con los buenos escritores y los genios, y saber hasta dónde se puede llegar. Y para experimentar estilos diferentes.
Quizá te encuentres con que adoptas el estilo que más admiras. No tiene nada de malo. De niño, cuando leía a Ray Bradbury, escribía como él: todo era verde y maravilloso, todo visto por una lente manchada por el aceite de la nostalgia. Cuando leía a James M. Cain me salía todo escueto, entrecortado y duro. Cuando leía a Lovecraft, mi prosa se volvía voluptuosa y bizantina. Algunos relatos de mi adolescencia mezclaban los tres estilos en una especie de estofado bastante cómico. La mezcla de estilos es un escalón necesario en el desarrollo de uno propio, pero no se produce en el vacío. Hay que leer de todo, y al mismo tiempo depurar (y redefinir) constantemente lo que se escribe. Me parece increíble que haya gente que lea poquísimo (o, en algunos casos, nada), pero escriba y pretenda gustar a los demás. Sin embargo, sé que es cierto. Si tuviera un centavo por cada persona que me ha dicho que quiere ser escritor pero que «no tiene tiempo de leer», podría pagarme la comida en un restaurante bueno ¿Me dejas que te sea franco? Si no tienes tiempo de leer es que tampoco tienes tiempo (ni herramientas) para escribir. Así de sencillo.
Fuente: Mientras escribo, Stephen King, Plaza y Janés, Barcelona, 2002.
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