
3 de junio de 2008
CUADERNO INFANCIA 8
Después de pasar cuatro años en el colegio Maimónides, de los siete hasta los once, cursé el séptimo en el Alfredo Colmo, donde había estado en primer y segundo grado. La retirada del Maimónides fue traumática para mí pero no alcancé a darme cuenta hasta que entré en la adolescencia. De un día para el otro mi núcleo de pertenencia, mis amigos, mis códigos, todo había desaparecido. En su lugar había chicos buenos y amables, que me querían y me respetaban: los chicos del colegio Alfredo Colmo. Yo los quería también, pero seguía extrañando el Maimónides, la convivencia con compañeras mujeres, los amigos con los que había atravesado gran parte de mi segunda infancia. Soñaba con volver a verlos, soñaba con recuperar mis vínculos que se habían cortado de manera tan abrupta. Un día nublado, creo que en la festividad judía de Rosh Hashaná, estoy parado en la esquina de Avellaneda y Nazca, enfrente del templo, probablemente esperando el 172. De pronto aparece en la otra vereda de la Avenida Avellaneda alguna de mis ex compañeras que me reconoce y levanta la mano en señal de saludo. Aunque no puedo recordar quién es la que me saluda, sé que mi alegría es enorme. Puedo cruzar, puedo tratar de recuperar lo que tanto dolor me ha provocado perder. Sin embargo, me limito a levantar la mano para devolver el saludo. Me muero de ganas de hablar, de preguntarles cómo están todos, de contarles lo que ha sido de mí. Pero el empedrado de la avenida se me aparece como el agua de un río que no se puede atravesar, un río que me condena a separarme de mis compañeros para siempre. Me consuelo con la idea de que la chica que me saluda se estará preguntando qué será de mí, sin traje en año nuevo judío, aparentemente sin ninguna intención de pisar el templo. Me basta la ilusión de convertirme en objeto de sus pensamientos sin sospechar que probablemente ella ya me ha olvidado cuando el 172 llega y yo me subo para volver a mi casa.
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Paul Strand: "Tailor´s Apprentice."
2 de junio de 2008
Pasolini Prosimo Nostro, de Giuseppe Bertolucci

A medida que se atraviesa este film documental, sobre Pasolini, con Pasolini, a partir de algunos eventos relacionados al rodaje de Saló, quedan en claro algunas ideas fundamentales del director y poeta:
-El poder es poder sobre los cuerpos. Según Pasolini ya lo expuso Marx: Pasolini identifica cuerpo y fuerza de trabajo. Y si para Marx la fuerza de trabajo es mercancía, entonces el cuerpo mismo también lo es.
-La libertad total es imposible.
-Se ha pasado de una situación represiva absoluta (que prohibe todo y por lo tanto habilita a hacerlo todo, a transgredir todo) a una falsa libertad que nos permite para hacer algo dterminado (el amor libre heterosexual) pero nos pone como obligación hacer aquello que está permitido y nada más.
-El principal enemigo es la sociedad de consumo que lo homogeneiza todo. El poder es la sociedad de consumo y no hay manera de combatirla porque cada recién nacido es ya en el inicio de su vida un consumidor. Pasolini confiesa que él mismo no puede escapar a la sociedad de consumo.
-Los jóvenes no tienen salida. Los jóvenes contemporáneos de Pasolini son según él energúmenos y no hacen sino lo que hacen todos. Hay un modelo para hablar, vestirse, pensar. Todos son dominados por la sociedad de consumo. No es de extrañar que sean los hijos de una generación que vivió bajo el fascismo (con indiferencia, con admiración, con entusiasmo).
-La función del intelectual es criticar la sociedad. Y el objeto de esta crítica es lo que sucede permanentemente a nuestro alrededor. El intelectual tiene la obligación de ser crítico permanente de la política, la sociedad, la cultura. Su función nunca puede ser la de apoyar. Su deber es el de cuestionar.
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En la foto: Pier Paolo Pasolini
1 de junio de 2008
CUADERNO INFANCIA 7
La panadera. Es una mujer joven gorda, aunque con talle normal y un culo de tamaño desmesurado. Tiene el pelo castaño claro, casi rubio, recogido atrás y flequillo en la frente, ojos celestes, una nariz pequeña y una boca de labios carnosos que le dan un aire brutal. Camina con agilidad, con las piernas abiertas, como obligada por el propio peso de su cuerpo. Una tarde, yo tendré siete u ocho años y probablemente las clases ya han terminado, estoy en el pasillo que da a la casa de Adrián. Encendemos cohetes que sobresaltan a toda la cuadra. La mujer gorda sale de la panadería, que precisamente está ubicada justo frente a la casa de Adrián, y me pide que deje de tirar cohetes. Supongo que no le contestamos y seguimos encendiendo uno y otro. Después de unos minutos la panadera vuelve a salir y esta vez me amenaza. Me asegura que si no paro de tirar cohetes ya mismo me va a pegar. La idea de que la panadera me pegue me parece tan absurda –ya que no se justifica que me pegue por un cohete- como difícil de cumplir –no habría manera de que me dé alcance. Por lo tanto, como todavía me quedan algunos cohetes en el bolsillo, los uso. Y sin que yo logre advertirlo, cruza sigilosamente la calle desde la panadería y se prepara para pegarme. Tanto me sorprende que me alejo tan rápido como puedo. Sin embargo, en lugar de correr por la calle libremente sin peligro de que me atrape, no tengo mejor idea que meterme en el pasillo de la casa de Adrián, quizá convencido de que no va a entrar en una casa que no es de ella. Pero pago caro mi error de evaluación: la gorda entra y me pega bestialmente en la cabeza, en el cuerpo, en las piernas mientras no deja de recordarme que ella me lo avisó. Yo caigo al suelo tratando de protegerme como puedo, con mis brazos. Ela me sigue pegando y yo lloro desconsoladamente. La panadera insiste en que me lo advirtió y cruza la calle y entra triunfal en la panadería.
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1913,
Lewis Hine: Spinner In New England Mill
30 de mayo de 2008
Cine. Reseña Intempestiva: Funny Games, de Michael Haneke
En varios momentos uno de los invasores mira a la cámara y comenta el curso de la acción, en una especie de brechtianismo invertido: el narrador o comentador, que se encarga de hacer tomar conciencia al espectador, es en este caso el villano. Pero la toma de conciencia es fundamentalmente estética: cómo se hace el relato más verosímil, qué debiera suceder necesariamente en un caso como el que se está tratando. Todo el tiempo acude a nuestra mente el tratamiento hollywoodense de la cuestión, que es casi una manera natural de percibir este tipo de historias: uno es testigo de una injusticia y de algún modo no sólo desea que el orden se reestablezca a través del castigo de los delincuentes, sino que además considera que ese restablecimiento y ese castigo son naturales. Creo que todo el film de Haneke tiende a provocar un efecto de distanciamiento sobre la materia tratada de esta manera en Hollywood: lo que para los estadounidenses es natural que se dé de determinada manera, con el tratamiento de Haneke queda en evidencia como artificial y retorcido en función de la necesidad del relato “progresivo”: uno comprende que no hay orden que recuperar, que no hay castigo para quien comete un crimen. Las cosas son de esta manera y no hay ningún tipo de esperanza de redención ni de justicia. El hecho de que sean casas de clase media alta las que se atacan, habitadas por gente de nivel de vida placentera, creo que es un aporte de Haneke a los ataques contra la vida burguesa. No es para nada casual que quien comente la acción mirando a cámara sea el delincuente. De alguna manera Haneke deja libres y en actividad a aquellos que desde su propio lugar (aunque no sabemos nada sobre Paul y un poco más sobre su compañero) se ocupan de atacar el orden burgués. De la misma manera, en el film “El séptimo continente” el mismo ataque contra la burguesía se efectúa desde dentro mismo de la burguesía: un matrimonio de profesionales, que no sufren ningún tipo de privación, que vive la vida en permanente ascenso, decide de un día para otro, sin que podamos saber las causas, aniquilar literalmente todo lo que poseen y pulverizar obsesivamente cada uno de los objetos que quedan en la casa (salvo el televisor) para suicidarse luego de matar a la niña. El matrimonio ha decidido comenzar verdadera y radicalmente de cero, sin ningún rastro que conecte con el pasado y para eso tiene que destruir el menor vestigio de lo que queda de su vida segura: por eso destruye discos, dibujos, mesas, sillones, fotos, espejos, cajones y todo lo que queda en la casa (salvo el televisor) para reventar, finalmente, la pecera. La imagen de los peces que pugnan por seguir respirando fuera del agua, así como la fortuna arrojada en el inodoro a través de entregas sucesivas, figuran justamente la destrucción del bienestar con el que sueña el noventa y nueve por ciento de los habitantes de la sociedad capitalista. En los dos films, creo que Haneke está atacando lo mismo: el sistema de valores sustentado por esta sociedad.
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