6 de octubre de 2008
CUADERNO INFANCIA 25

Estoy en mi bicicleta en la calle Emilio Lamarca y Morón, a pocos metros de la casa de mi abuela Sofía. De pronto me detengo en medio de la calle porque hay un hombre, adulto de por lo menos treinta y cinco años, que se ha vuelto loco y está a los gritos. Cerca de él se juntan para mirarlo unas pocas personas. De pronto este hombre fija sus ojos en mí y se me acerca para pegarme. Algo en mí lo ha irritado, no sé si soy yo o mi bicicleta pero el hombre me insulta, me grita y trata de alcanzarme. Yo estoy muy atento y al menor movimiento que hace comienzo a pedalear. Sin embargo, en vez de irme directo a casa para ponerme a salvo, me quedo cerca, como tratando de averiguar hasta dónde este imbécil está dispuesto a llegar. Los intentos por acercárseme para pegarme son varios pero mis reflejos son buenos y siempre me pongo en marcha a tiempo. Sé que el hombre está cada vez más furioso contra mí y que si por alguna razón me llega a alcanzar me va a dar una paliza tremenda. Pero en ningún momento pienso en escapar. Nunca logra alcanzarme.
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1936",
Billy Brandt: "East End girl,
doing the Lambeth Walk
30 de septiembre de 2008
CUADERNO BESTIARIO 8: El sexo de los monos

Mientras los demás mamíferos sólo se juntan en la estación de los amores, en épocas aproximadamente fijas, el mono procrea en todo tiempo; la hembra se halla siempre a punto de satisfacer las exigencias del macho y conserva para él un positivo poder de atracción, aunque más débil cuando ha dejado de estar en celo. La vida sexual de estos animales es extraordinariamente activa. Se les ve despiojarse, abrazarse, hacer zalamerías, adoptar posturas adecuadas para suscitar el deseo. Parece que están siempre en estado de excitación. El doctor Zuckerman, que se ha dedicado a observarlos, describe del siguiente modo sus actitudes ordinarias: “Una hembra que se ha sometido en un momento dado a las exigencias sexuales de su dueño, puede, un momento después, montar como un macho otra hembra, un macho impúber u otro macho sumiso, perteneciente a su mismo grupo. Y el animal que ella acaba de montar, puede a su vez y a renglón seguido cubrir a otro aun más sumiso. El dueño que acaba de montar una hembra, un momento después tomará la postura de la hembra bajo otro macho. Una madre que está alimentando a su pequeño, en otra circunstancia lo incitará a que la cubra.” Si a este cuadro, ya bastante cargado de color, se agregan los pequeños entretenimientos eróticos de los individuos jóvenes, la vida sexual de un rebaño de monos da una impresión tal de desorden que se diría que no hay ley que la gobierne. No obstante, si uno se fija, se da cuenta de que dentro de cada grupo, y en resumidas cuentas, todo obedece con bastante exactitud a los intereses superiores de la especie y de su multiplicación. No se sabe gran cosa de las costumbres de los grandes monos, a quienes es demasiado difícil observar en libertad, aunque puede asegurarse que, salvando escasas excepciones, la mayor parte son polígamos, regla común de casi todas las variedades de mamíferos en que los machos son menos numerosos que las hembras. En cada asociación de monos hay unos cuantos machos; las hembras se reparten muy desigualmente entre ellos, de modo que los más fuertes poseen un verdadero harén. El jefe del grupo se queda con la mayoría; los demás, se distribuyen las que quedan. Uno tendrá tres o cuatro; el de más allá solamente una. Para conservarlas tendrán que emplear la amenaza o pelearse con los usurpadores. Los vencidos se quedan sin hembras y los débiles viven en viudez forzosa. A pesar de los gritos y de las riñas, llega a establecerse una suerte de convenio entre los diversos miembros de la comunidad. En caso de agresión el convenio también entra en juego, haciendo las veces de un verdadero pacto de asistencia mutua. Basta que uno de los asociados lance un grito de dolor o de espanto, para que todos los demás acudan a socorrerlo. En cambio, en materia de alimentación, la tiranía del macho se ejerce sin contemplaciones. Únicamente la favorita provisional, en estado de excitación, podrá permitirse el lujo de comer su parte en su presencia. A los demás les quitará de la boca el plátano que están comiendo, y el que ha sido víctima de este robo ni chista siquiera. Por el mismo motivo los casos de infidelidad son bastante raros. Sin embargo, no faltan hembras que, como las ciervas, saben aprovechar un descuido del viejo sultán, cuando curado de su locura no se ocupa de ellas. Es un espectáculo curioso el de verlas sorprendidas in fraganti. Se precipitan inmediatamente hacia su tirano y se le brindan en forma inequívoca, mientras chillan y amenazan al otro, al adúltero, que se escabulle cobardemente, con el solo deseo de evitar una severa lección. Para hacerse perdonar, las hembras echan toda la culpa al seductor que, si por casualidad ha llegado a consumar el acto, no se entretiene junto a su fácil conquista. Esta escena, como muchas otras de la vida sexual de los primates, puede, sin complacencia mayor, proponerse como una especie de imitación groserísima del amor humano. Sobre este punto difieren, tanto como nosotros mismos, de los demás animales. Conviene, sin embargo, notar su ausencia de emociones sentimentales e incluso de un sentido estético capaz de influir en sus elecciones. Joven o vieja, siempre será la hembra que se halle en el período más activo del celo la que se llevará sus preferencias de macho.
De Jean Rostand, Lucien Berland y otros: “Costumbres amorosas de los animales”, Editorial Sudamericana, Colección Indice, 1973.
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En la foto: Orangutanes
27 de septiembre de 2008
26 de septiembre de 2008
CUADERNO INFANCIA 24

En el comedor diario de la casa de Emilio Lamarca. Es un mediodía y estamos almorzando. Del otro lado de la ventana que da a la casa que papá les alquila a sus inquilinos se oye la voz de Don Roberto que le habla a mi papá: “Prenda la televisión Don Alberto, lo mataron a Rucci”. Inmediatamente prendemos la tele y nos encontramos con las huellas del atentado. Me entero de que le dispararon desde la terraza del colegio Maimónides mientras todos mis compañeros estaban ahí, un piso más abajo. Me recrimino no haber estado en el aula con ellos, me detesto por haberme cambiado de colegio. Mis compañeros han estado en medio de un tiroteo y yo no estuve allí.
23 de septiembre de 2008
Flannery O´Connor: El arte del cuento (fragmento)

Siempre he oído decir que el cuento es uno de los géneros literarios más difíciles; y siempre he tratado de descubrir por qué la gente tiene tal impresión respecto de lo que considero una de las formas más naturales y básicas de la expresión humana.
Aún me inclino a pensar que la mayor parte de la gente posee una cierta capacidad innata para contar historias; capacidad que suele perderse, sin embargo, en el camino. Por supuesto, la capacidad de crear vida con palabras es esencialmente un don. Si uno lo posee desde el inicio, podrá desarrollarlo; pero si uno carece de él, mejor será que se dedique a otra cosa.
No obstante, he podido advertir que son las personas que carecen de tal don, las que, con mayor frecuencia, parecen poseídas por el demonio de escribir cuentos. Estoy segura que son ellas quienes escriben los libros y los artículos sobre "como se escribe un cuento".
Un cuento es una acción dramática completa, y en los buenos cuentos los personajes se muestran por medio de la acción, y la acción es controlada por medio de los personajes. Y como consecuencia de toda la experiencia presentada al lector se deriva el significado de la historia. Por mi parte prefiero decir que un cuento es un acontecimiento dramático que implica a una persona, en tanto comparte con nosotros una condición humana general, y en tanto se halla en una situación muy específica. Un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana.
Para el escritor de ficciones, en el ojo se encuentra la vara con que ha de medirse cada cosa; y el ojo es un órgano que además de abarcar cuanto se puede ver del mundo, compromete con frecuencia nuestra personalidad entera. Involucra, por ejemplo, nuestra facultad de juzgar. Juzgar es un acto que tiene su origen en el acto de ver. En la escritura de ficción, salvo en muy contadas ocasiones, el trabajo no consiste en decir cosas, sino en mostrarlas.
Un buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido. Un cuento es bueno cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno.
En la mayoría de los buenos cuentos es la personalidad del personaje lo que crea la acción de la historia. En la mayoría de esos cuentos, siento que el escritor ha pensado en una acción y luego seleccionado un personaje para que la lleve a cabo. Usualmente, existen más probabilidades de llegar a un buen fin si se comienza de otra manera. Si se parte de un personaje real estamos en camino de que algo pase antes de empezar a escribir, no se necesita saber qué. En verdad, puede ser mejor que uno ignore lo que sucederá. Cada uno debe ser capaz de descubrir algo en el cuento que escriba.
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En la foto: Flannery O´Connor
11 de septiembre de 2008
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