15 de septiembre de 2009
Crates, cínico. Por Marcel Schwob.

Nació en Tebas, fue discípulo de Diógenes y además conoció a Alejandro. Su padre, Ascondas, era rico y le dejó doscientos talentos. Un día en que fue a ver una tragedia de Eurípides se sintió inspirado ante la aparición de Telefo, rey de Misia, vestido de harapos y con una cesta en la mano.
Se levantó en medio del teatro y en voz alta anunció que distribuiría los doscientos talentos de su herencia a quien los quisiera, y que en adelante le bastarían las ropas de Telefo. Los tebanos se echaron a reír y se agolparon frente a su casa. Sin embargo, Crates se reía más que ellos. Arrojó su dinero y sus muebles por las ventanas, tomó un manto de tela, unas alforjas y se fue. Llegó a Atenas y anduvo al azar por las calles, y a ratos descansaba apoyado en las murallas, entre los excrementos. Practicó todo lo que aconsejaba Diógenes. El tonel le pareció superfluo. Crates opinaba que el hombre no es un caracol ni un paguro. Se quedó completamente desnudo entre las basuras y recogía cortezas de pan, aceitunas podridas y espinas de pescado para llenar sus alforjas. Decía que sus alforjas eran una ciudad vasta y opulenta donde no había parásitos ni cortesanas, y que producía en cantidades suficientes, tomillo, ajo, higos y pan, que satisfacían a su rey. Así Crates llevaba su patria a cuestas, que lo alimentaba.
No se inmiscuía en los asuntos públicos, ni siquiera para burlarse, y tampoco le daba por insultar a los reyes.
Desaprobó la broma de Diógenes. Diógenes un día había gritado: "¡Hombres, acérquense!", y los que se habían acercado los golpeó con su bastón y les dijo: "Llamé a hombres, no a excrementos". Crates se mostró tierno con la gente. Nada lo preocupaba. Se había acostumbrado a las llagas. Lo único que lamentaba era no tener un cuerpo lo suficientemente flexible como para podérselas lamer, como hacen los perros. Deploraba también la necesidad de ingerir alimentos sólidos y beber agua. Pensaba que el hombre debía bastarse a sí mismo, sin ninguna ayuda exterior. Al menos no iba en busca de agua para lavarse. Si la mugre lo incomodaba, se contentaba con frotarse contra las murallas pues había observado que no de otro modo proceden los asnos. Poco hablaba de los dioses: no le importaban. Qué más le daba que hubiera o que no hubiera dioses si sabía que no podían hacerle nada. En todo caso, les reprochaba que hubieran hecho deliberadamente desdichado al hombre al ponerle la cara en dirección al cielo y privarlo de la facultad que poseen la mayor parte de los animales, que andan a cuatro patas. Ya que los dioses han decidido que para vivir hay que comer, pensaba Crates, tenían que poner la cara del hombre mirando al suelo, que es donde crecen las raíces: nadie podía subsistir de aire o de estrellas.
La vida no fue generosa con él. A fuerza de exponer sus ojos al polvo acre del Ática, contrajo legañas. Una enfermedad desconocida de la piel lo cubrió de tumores. Se rascó con sus uñas, que no cortaba nunca, y observó que sacaba un doble provecho, puesto que al mismo tiempo que las usaba sentía alivio. Sus largos cabellos llegaron a parecerse a un fieltro tupido, y se las arregló de modo que lo protegieran de la lluvia y el sol.
Cuando Alejandro fue a verlo, no le dirigió palabras mordaces sino que lo consideró uno más entre los espectadores, sin hacer ninguna diferencia entre el rey y la muchedumbre. Crates carecía de opinión sobre los poderosos. Le importaban tan poco como los dioses. Sólo los hombres lo preocupaban, y la forma de pasar la vida con la mayor sencillez posible. Las censuras de Diógenes le causaban risa, lo mismo que sus pretensiones de reformar las costumbres.
Crates se consideraba muy por encima de tan vulgares preocupaciones. Transformaba la máxima inscrita en el frontón del templo de Délfos, y decía: "Vive tú mismo". La idea de cualquier conocimiento le parecía absurda. Sólo estudiaba las relaciones de su cuerpo con lo que éste necesitaba, tratando de reducirlas al máximo. Diógenes mordía como los perros, pero Crates vivía como los perros.
Tuvo un discípulo llamado Metrocles. Era un rico joven de Maronea. Su hermana Hiparquia, bella y joven, se enamoró de Crates. Hay testimonios de que se sintió atraída por él y de que fue a buscarlo. Parece imposible, pero es cierto. No le repugnaba ni la suciedad del cínico, ni su absoluta pobreza, ni el horror de su vida pública. Crates le previno que vivía como los perros, por las calles, y que buscaba huesos en los montones de basura. Le advirtió que nada de su vida en común sería ocultado y que la poseería públicamente cuando tuviera ganas, como lo hacen los perros con las perras. A Hiparquia no le extrañó. Sus padres trataron de retenerla: ella amenazó con matarse. Entonces abandonó el pueblo de Maronea, desnuda, con los cabellos sueltos, cubierta sólo con un antiguo lienzo, y vivió con Crates, vestida como él. Se dice que tuvieron un hijo, Pasicles; pero no hay nada seguro al respecto.
Parece que esta Hiparquia fue buena y compasiva con los pobres. Acariciaba a los enfermos; lamía sin la menor repugnancia las heridas sangrantes de los que sufrían, convencida de que eran para ella lo que las ovejas son para las ovejas. Si hacía frío, Crates e Hiparquia se acurrucaban con los pobres y trataban de trasmitirles el calor de sus cuerpos. No sentían ninguna preferencia por los que se acercaban a ellos. Les bastaba con que fueran hombres.
Eso es todo lo que nos ha llegado de la mujer de Crates; no sabemos cuándo ni cómo murió. Su hermano Metrocles admiraba a Crates, y lo imitó. Pero no vivía tranquilo. Continuas flatulencias, que no podía retener, perturbaban su salud. Se desesperó y decidió morir. Crates se enteró de su desgracia y quiso consolarlo. Comió una buena porción de altramuces y se fue a ver a Metrocles. Le preguntó si era la vergüenza de su enfermedad lo que tanto lo afligía. Metrocles confesó que no podía soportar su desgracia. Entonces Crates, hinchado por los altramuces, soltó unos cuantos gases en presencia de su discípulo y le afirmó que la naturaleza sometía a todos los hombres al mismo mal. Luego le reprochó que hubiese sentido vergüenza de los demás y le propuso su propio ejemplo. Soltó después unos cuantos gases más, tomó a Metrocles de la mano y se lo llevó.
Ambos anduvieron mucho tiempo juntos por las calles de Atenas, sin duda con Hiparquia. Hablaban muy poco entre ellos. No tenían vergüenza de nada. Aún cuando revolvían en los mismos montones de basuras, los perros parecían respetarlos. Cabe pensar que si los hubiera acuciado el hambre, se habrían acometido unos a otros a dentelladas. Pero los biógrafos no refieren nada por el estilo. Sabemos que Crates murió viejo, que terminó por quedarse en un mismo sitio, recostado bajo el cobertizo de un almacén del Pireo donde los marineros guardaban fardos, que dejó de vagar en busca de algo que roer, que ya ni siquiera quiso extender el brazo y que un día lo encontraron consumido por el hambre.
De Vidas Imaginarias, de Marcel Schwob
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En la foto: Marcel Schwob
5 de septiembre de 2009
CUADERNO INFANCIA 46

Un día, tengo unos siete años, encuentro en la calle un billete de diez mil pesos, que en ese tiempo es muchísima plata. Tanta que me alcanza para comprarme juguetes y discos y con el resto mamá hasta me compra algo de ropa. Una noche voy con papá a una juguetería de Ramos Mejía, cerca de su negocio, la Sedería Universal, porque quiero comprarme un Cine Graf, algo que siempre he querido tener. El Cine Graf es una especie de proyector, por el cual se pasan tiras cómicas de Walt Disney, las cuales están dibujadas en una tira de papel manteca que se inserta en el aparato. El rodillo se va pasando manualmente y esto permite seguir el desarrollo de la historia proyectada en la pared o en alguna pantalla. En realidad es una historieta de los personajes de Disney, ya que se pueden seguir los diálogos por medio de los clásicos globos. Siempre he querido tener un Cine Graf y ahora tengo mi gran oportunidad, sin tener que pedírselo a nadie. Cuando vamos a la juguetería con papá, el vendedor nos muestra lo que le pedimos, pero también nos ofrece un proyector más sofisticado que pasa películas. Y al mismo tiempo nos dice que al día siguiente le va a llegar otro modelo, todavía mejor. Yo no quiero ningún modelo, ni uno mejor. Quiero el Cine Graf, de color rojo, con la lámpara adentro. Pero papá supone que lo mejor es esperar hasta que entre el nuevo modelo. Yo no encuentro ni fuerza ni voz para decirle lo que quiero y nos vamos de la juguetería con las manos vacías. En el momento de cruzar la calle no puedo contenerme más y rompo en llanto. Papá, sorprendido, me pregunta que me pasa, y yo sin dejar de llorar le digo que quería el Cine Graf. De inmediato pegamos media vuelta y entramos de nuevo en la juguetería. Una vez en casa, paso durante varios días los rodillos de papel manteca una y otra vez para seguir las historietas proyectadas.
Walter Benjamin: El dinero y los vínculos humanos

En su libro "Calle de dirección única" Walter Benjamin presta atención a un fenómeno que en general se mantiene totalmente descuidado ya que de tan común aparece como natural: se trata de las relaciones entre los vínculos humanos y el dinero: “Pues al ocupar el dinero de forma devastadora el centro de todos los intereses vitales, por un lado y constituir justamente, por el otro, la barrera ante la que fracasan casi todas las relaciones humanas, van desapareciendo más y más, tanto en el ámbito de la naturaleza como en el de las costumbres, la confianza espontánea, la calma y la salud”.
En otras palabras, sin que siquiera lo sospechemos, el dinero gobierna los vínculos entre las personas. Si se piensa en el dinero como el medio en el que se dan todo tipo de relaciones, entonces lo que se logra es percibirlas de un modo nuevo, original. Aquí hay una tarea.
29 de agosto de 2009
La convicción de Irma Grese. Fragmento

PIERREPOINT
Yo era chico y un día, en el colegio,
Todos los alumnos tuvimos que hacer un ejercicio.
Cada uno de nosotros
Debía contestar qué quería ser cuando fuera grande.
Yo respondí, oficial de ejecución.
Es decir, ejecutor.
Es decir, verdugo.
Los maestros disimularon mal
El espanto por mi respuesta.
Pero para mí era un trabajo natural, un oficio.
Mi padre era ejecutor. Mi tío también.
El, Tomás, mi tío, fue el que más me influyó.
Mi padre murió cuando yo era muy joven.
Mi tío me apoyó para que siguiera sus pasos.
El fue ejecutor jefe durante años.
GRESE
El era hermoso, era el jefe.
Se creía Dios.
Y nosotros también, lo creíamos Dios.
Me gustaba que nos vieran caminar juntos por el campo.
No había nada que me llenara más.
El era hermoso y yo también.
Entonces me podía imaginar
El efecto que producíamos los dos juntos
No sólo en los prisioneros, los parásitos,
También en los guardias del campo.
Cualquier sugerencia suya
Yo la tomaba como una orden.
Y en el andén, cuando llegaban los trenes,
Estar parados uno junto al otro
Me producía una felicidad infinita.
Si él era Dios, entonces yo era casi como él,
Y estábamos ahí para decidir la suerte
De cada hombre o mujer,
De cada chico y cada viejo que bajaba.
En esos momentos me sentía más unida a él
Y daba gracias a la vida por darme semejante oportunidad.
GISELLA
Yo le hice un aborto a Irma Grese.
GRESE
Es un hombre muy importante.
Y yo lo conocía.
Y me conocía.
Y me daba, a mí, un lugar en el campo.
Y en su vida.
El miraba el mundo desde arriba
Y me tendía la mano para que yo subiera con él.
Y yo entonces tomaba su mano
Y me ponía a su lado.
Y yo también miraba el mundo desde arriba.
El espectáculo de los parásitos.
GISELLA
Yo era la abortista de Auschwitz
Pero ella no podía saberlo.
Si lo hubiera sospechado siquiera
Me habría llevado directamente al crematorio.
Ya no tenía miedo por mi vida, podría jurarlo.
Pero sabía muy bien que dependía de mi tarea
La vida de cientos de mujeres
El hospital en el campo podía parecer una farsa.
Pero para mí era un lugar sagrado.
GRESE
Yo me preguntaba cómo era que ellos
Habían sido poco antes “gente”.
Gente distinguida.
Médicos, abogados, ingenieros, músicos, escritores.
Y ahí estaban ahora, solos, desnudos con su alma,
Delante de nosotros dos,
Que íbamos a decidir sus destinos.
El y yo, justamente yo,
Que jamás soñé en convertirme
En una mujer importante.
Muchas veces, cuando yo hacía mi trabajo
Sentía que él estaba pendiente cada gesto mío,
Que me miraba con aprobación.
O quizás algo más.
PIERREPOINT
A los veinticinco años me decidí a ofrecer
Mis servicios a los directores de la prisión.
Mi solicitud fue rechazada.
“Todas las vacantes están cubiertas”
Me respondieron.
Pero poco después, recibí un sobre
De la prisión de Manchester.
Me invitaban a una entrevista.
El sobre le disgustó a mi madre.
Ella había visto demasiados sobres como ése.
Y no quería que siguiera el camino de Henry, mi padre.
Después de un entrenamiento intenso en Pentoville
Fui contratado como ejecutor asistente.
Grese canta la misma canción
GISELLA
Cuando Grese vino a verme
Parecía asustada.
Ella tenía miedo de que Mengele se enterara.
Tuve la certeza de que ese iba a ser
Mi último trabajo en el campo.
Grese no iba a compartir conmigo semejante secreto.
Pero probablemente yo era útil para Mengele
Y Grese lo sabía.
Para matarme hubiera tenido que dar demasiadas explicaciones.
Ella aniquilaba todo vestigio de vida.
Y cuando sintió nacer esa vida dentro de sí misma
Se aterró y la arrancó.
Para eso me llamó a mí.
Yo la había visto cometer las atrocidades más espantosas
Y ahora tenía que ayudarla.
GRESE
Cuando me invitaba a su cuarto
Yo tenía la esperanza de quedarme toda la noche.
Pero eso nunca sucedió.
El estaba pendiente de lo que había que hacer en el campo
Y después de una hora, o a lo sumo dos,
Me daba a entender con una sonrisa
Que me tenía que ir.
Yo detestaba ese momento más que nada en el mundo.
Y me quedaba esperando que se repitiera una hora como esa.
Pero a veces pasaban semanas
Hasta que él me volvía a llamar.
GISELLA
Grese cumplía con todas las tareas:
Recibir a la gente en el andén,
Seleccionar los prisioneros,
Programar el trabajo del día.
Pero también se ocupaba de que ingresen
En orden las mujeres a la cámara de gas
Y de cerrar las puertas de los crematorios
Cuando el último de los cuerpos
Había sido depositado allí.
PIERREPOINT
Lo primero que aprendí fue que un ejecutor
Debe ser extremadamente discreto
Y conducirse de una manera respetable.
Es decir, no hablar nunca con la prensa.
La primera ejecución: a los veintisiete años
Ayudando a mi tío Tom.
Por fin me había convertido en lo que quería ser.
La primera ejecución como ejecutor jefe:
Octubre del 41.
La realicé en Londres, en la prisión de Pentoville,
Me tocó ahorcar al mafioso Antonio Mancini.
Fue la primera de una serie muy larga.
GRESE
Si él hubiese sabido que esperaba un hijo
Me habría rechazado,
Me habría trasladado a otro lugar.
Ya nunca lo hubiera vuelto a ver.
Fragmento de la obra "La convicción de Irma Grese" de Héctor Levy-Daniel.
"La convicción de Irma Grese" es una de las obras que conforman la Trilogía de "Las mujeres de los nazis", espectáculo estrenado en el teatro Patio de Actores en marzo de 2008. La puesta en escena de esta obra estuvo a cargo de Clara Pando. Otra de las obras, "El dilema de Geli Raubal", fue dirigida por Laura Yusem. Y la puesta de la tercera de las obras, "La inquietud de la señora Goebbels" fue realizada por el propio autor.
Por la Trilogía de "Las mujeres de los nazis", Héctor Levy-Daniel fue galardonado con el Premio Florencio Sánchez al mejor autor del año 2008.
18 de agosto de 2009
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