5 de noviembre de 2009
Un poema de lllya Ehrenburg

Una casa entre las casas, como cualquier casa:
Aquellos mismos menesteres, la sopa y el aburrimiento,
Y en la soga se seca la ropa.
Y un perro ciego todo el día se rasca.
Pero levántate y verás que el mundo es otro,
Liberado de miles de esos aburridos detalles.
El camino parece un gran río,
Y un barco la infeliz casucha,
¡Oh, si pudiera sobrevivir hasta ese día!
Y desde la altura entre el silencio y la nieve,
Atisbar el polvo rosado del camino,
Y el humo azul del último caserío.
1939
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En la foto: Illya Ehrenburg
24 de octubre de 2009
VOCES
Voz: la playa. Un viento muy fuerte que arrastra una gran tristeza, una gran nostalgia, la risa perdida de la gente. Yo estoy esperando que me vengan a buscar. Pasan los minutos, las horas, a veces creo que hasta pasan días pero ellos no vuelven. Y yo espero. A veces me parece que ya estoy perdido. Ahora debe ser invierno porque no hay nadie en la playa y aunque a veces hay sol nadie baja. Yo soy el viento entonces porque me miro y no me encuentro. Soy una especie de pensamiento que se pierde, que tiene lugar en algún lugar totalmente desconocido. A veces creo que ya no hay siquiera playa, ni mar, ni sol, que todos son mis recuerdos, recuerdos de los que nadie se acuerda, no le interesan a nadie. Sin embargo, a veces me parece sentir calor, como antes, cuando sin saber qué hora era yo presentía que el día empezaba a terminarse y entonces me preparaba para ir al mar porque después iba a ser demasiado tarde. Cómo adoraba el mar, las olas, la espuma, sobre todo la espuma.
Un día no volví más. Al mar. No más mar, no más olas, no más espumas. O sí volví, pero no recuerdo. Y lo peor es que espero que me vengan a buscar pero no sé quiénes tienen que venir. Quizás mi madre. Aunque no sé si alguna vez la conocí. Sin embargo puedo recordar algo así como una sensación de calidez que proviene de alguien. Quizás no sea ella. Tengo esa impresión de calidez que se repite, retorna, como si tratara de decirme algo que no puedo reconocer. A veces trato de hacer mentalmente un lista de las cosas que puedo recordar: una carcajada, la espuma del mar, la impresión de calidez, una melodía que podría tararear ahora mismo (aunque la recuerdo tocada por un piano), la cubierta de un libro de la que no puedo reconocer las letras, un escritorio en una pieza, un trompo que gira sobre un piso de mármol gris, un sombrero grande de paja, agua, mucha agua, muchísima agua, huellas de pies grandes en la arena, huellas que sé que no son mías, un espejo, al que me acerco despacio para sorprender mi imagen, pero el espejo no me devuelve nada. Soy un pensamiento sin cuerpo, no puedo saber cómo era mi cara, mi boca, mi nariz, mis ojos que me miran en el espejo. También recuerdo un paisaje mirado desde un lugar alto, un paisaje mirado a través de la ventana, una mano grande que toma la mía pequeña, puedo recordar mi mano pequeña y sin embargo estoy seguro de haber tenido otra mano, grande. La oscuridad total en la que sólo oigo voces, voces totalmente familiares y sin embargo no puedo decir de quiénes son, a quiénes pertenecen. En medio de la oscuridad a veces refulgen algunos haces de luz que no sé qué significan pero me llenan de alegría, como las voces. A veces pienso que en realidad esos haces de luz en la oscuridad y las voces son en realidad la misma cosa, como si las voces tuvieran su propia luz o como si los haces tuvieran sonido. Y yo me quedo paralizado, esperando que por fin me terminen de decir algo que me saque de este lugar. Pero las voces pocas veces tienen algo más que sus propios sonidos. Sólo puedo esperar palabras aisladas, separadas por varios segundos entre unas y otras. Jamás una oración entera y ni qué decir de una historia. Las palabras son, por ejemplo, Rodolfo, sol, arquitecto, mesa, mar, lancha, mujer.
Héctor Levy-Daniel
Un día no volví más. Al mar. No más mar, no más olas, no más espumas. O sí volví, pero no recuerdo. Y lo peor es que espero que me vengan a buscar pero no sé quiénes tienen que venir. Quizás mi madre. Aunque no sé si alguna vez la conocí. Sin embargo puedo recordar algo así como una sensación de calidez que proviene de alguien. Quizás no sea ella. Tengo esa impresión de calidez que se repite, retorna, como si tratara de decirme algo que no puedo reconocer. A veces trato de hacer mentalmente un lista de las cosas que puedo recordar: una carcajada, la espuma del mar, la impresión de calidez, una melodía que podría tararear ahora mismo (aunque la recuerdo tocada por un piano), la cubierta de un libro de la que no puedo reconocer las letras, un escritorio en una pieza, un trompo que gira sobre un piso de mármol gris, un sombrero grande de paja, agua, mucha agua, muchísima agua, huellas de pies grandes en la arena, huellas que sé que no son mías, un espejo, al que me acerco despacio para sorprender mi imagen, pero el espejo no me devuelve nada. Soy un pensamiento sin cuerpo, no puedo saber cómo era mi cara, mi boca, mi nariz, mis ojos que me miran en el espejo. También recuerdo un paisaje mirado desde un lugar alto, un paisaje mirado a través de la ventana, una mano grande que toma la mía pequeña, puedo recordar mi mano pequeña y sin embargo estoy seguro de haber tenido otra mano, grande. La oscuridad total en la que sólo oigo voces, voces totalmente familiares y sin embargo no puedo decir de quiénes son, a quiénes pertenecen. En medio de la oscuridad a veces refulgen algunos haces de luz que no sé qué significan pero me llenan de alegría, como las voces. A veces pienso que en realidad esos haces de luz en la oscuridad y las voces son en realidad la misma cosa, como si las voces tuvieran su propia luz o como si los haces tuvieran sonido. Y yo me quedo paralizado, esperando que por fin me terminen de decir algo que me saque de este lugar. Pero las voces pocas veces tienen algo más que sus propios sonidos. Sólo puedo esperar palabras aisladas, separadas por varios segundos entre unas y otras. Jamás una oración entera y ni qué decir de una historia. Las palabras son, por ejemplo, Rodolfo, sol, arquitecto, mesa, mar, lancha, mujer.
Héctor Levy-Daniel
15 de octubre de 2009
CUADERNO INFANCIA 49

La casa de mis tíos Jack y Elsa, en Ramos Mejía. Es 24 de diciembre y, como todos los años, estamos en lo de Elsa para festejar su cumpleaños. Como es de noche los festejos coinciden con los de Nochebuena y en todos lados se oye el estruendo de los cohetes. Yo también tengo mis cohetes en el bolsillo, pero no es fácil hacerlos explotar porque es una noche lluviosa. Subo a la pieza de servicio, en el último nivel de la casa. Allí están mis primos Gustavo y Juani, que encienden desde ahí los cohetes para tirarlos en el piso mojado de la terraza. Yo, que soy unos años más chico, los imito. Los cohetes explotan antes de mojarse y entonces todo tiene un sabor especial, raro, distinto. Tiramos un petardo, luego otro y otro. En algún momento, uno de mis petardos no va a parar a la terraza sino que pega en el marco de la puerta, rebota y queda adentro de la pieza de servicio. Ninguno de los tres se arriesga a tomarlo encendido para volverlo arrojar. Al contrario, instintivamente cada uno corre donde puede, antes que el petardo explote. Yo me escondo en el baño, en la oscuridad, y hasta cierro la puerta. Juani y Gustavo encuentran otros refugios. El petardo explota en el interior de la habitación de servicio. Yo salgo del baño y Juani y Gustavo ríen a carcajadas. Gustavo me señala, con razón, que mi manera de tirar es peligrosa ya que después de encenderlo echo el brazo hacia atrás para tomar impulso, cuando lo que debo hacer es arrojarlo directamente, apenas lo veo encendido. Seguimos así hasta que los cohetes se nos acaban. Yo he aprendido algo nuevo.
11 de octubre de 2009
CUADERNO MATERIALES: Monólogo de Griselda para "Serena danza del olvido"
GRISELDA: Es cada vez más terrible. Me levanto transpirada, agotada por los recuerdos de lo que pasó en mis sueños. Cada vez me encuentro conmigo misma en la misma situación: desnuda, saliendo de la bañera, mirándome en un espejo muy grande de forma oval. Mi cuerpo es perfecto en el sueño, mis senos tal como son en realidad, medianos redondos, firmes, mi panza un poco sobresaliente. Pero mi vello púbico en el sueño no existe. Me miro en el espejo y me doy cuenta y me llevo la mano para tratar de entender qué es lo que me ha pasado. Y entonces escucho la voz de mi madre que me llama. En ese mismo momento el espejo se empieza a empañar, el vapor lo invade todo y entonces no puedo reconocer mi silueta. El llamado de mi madre se hace cada vez más insistente y más claro. Trato de responderle pero no puedo. Y en ese momento es cuando se produce lo extraordinario: alguien aparece dentro del baño y me toma por atrás. Me acaricia los senos, me acaricia el vientre y el pubis. El vidrio se desempaña súbitamente y yo entonces puedo advertir que el vello me ha crecido nuevamente de manera brutal. Mi pubis se ha convertido en una maraña que invade mi ombligo y el nacimiento de mis piernas. Trato inútilmente de saber a través del espejo quién es el que me ataca, pero obviamente esta persona sabe ocultarse muy bien detrás de mi espalda. Sin embargo puedo ver sus brazos, que en algunos momentos aparecen cubiertos de vello masculino y otras veces parecen los de una mujer joven. Gimo y mi madre golpea entonces la puerta y me ordena que salga. Yo decido que no voy a salir hasta que no alcance mi orgasmo. Mi madre vuelve a golpear la puerta y me amenaza, pero los dedos del invasor se ocupan ahora de mi sexo y me mantienen extática. Puedo darme cuenta de que mi madre está oyendo mis gemidos, mis gritos, la manera en que llego al clímax. Y entonces ya no golpea. Trato de conocer nuevamente a mi invasor sin rostro. Giro sobre mí misma para verlo pero entonces el invasor deja de tocarme, desaparece. Yo me encuentro nuevamente frente al espejo, como en el principio del sueño. Mi madre vuelve a llamarme. Cuando me despierto tengo la mano entre mis piernas; la humedad me llega hasta las rodillas.
La pieza “Serena danza del olvido” de Héctor Levy-Daniel fue estrenada en el Teatro del Pueblo en diciembre de 2004 bajo la dirección del autor. Fue galardonada con una Mención de Honor en el Concurso Internacional Tramoya 2000 de la Universidad Veracruzana, México y el Premio Argentores a la mejor obra de teatro del año 2004 y el Tercer Premio Municipal de Dramaturgia bienio 2004-2005.
Aunque este monólogo sirvió para la construcción de uno de los personajes de la obra, no forma parte de la misma.
La pieza “Serena danza del olvido” de Héctor Levy-Daniel fue estrenada en el Teatro del Pueblo en diciembre de 2004 bajo la dirección del autor. Fue galardonada con una Mención de Honor en el Concurso Internacional Tramoya 2000 de la Universidad Veracruzana, México y el Premio Argentores a la mejor obra de teatro del año 2004 y el Tercer Premio Municipal de Dramaturgia bienio 2004-2005.
Aunque este monólogo sirvió para la construcción de uno de los personajes de la obra, no forma parte de la misma.
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