2 de abril de 2011
"El gesto de la muerte", de Jean Cocteau

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.
12 de marzo de 2011
El relato del Mariscal. Capítulo 6
Después de que la tía se fue, comencé a tener pesadillas en las que el protagonista principal era mi padre.
Pasados seis meses desde su muerte, mamá resolvió muchas de las cuestiones legales que le impedían disponer de una cantidad de bienes de los que ignoraba su existencia. Para no incentivar la avidez de mamá, mi padre se había ocupado de realizar sus negocios en el más absoluto secreto. Aunque ella siempre lo sospechó nunca pudo comprobarlo hasta tener en sus manos las escrituras de compra, apenas acabaron de enterrarlo. Así fue que descubrió que mi padre tenía, entre otras, una casa frente al mar en una ciudad balnearia. Ese mismo día decidió que la íbamos a usar todas las veces que nos fuera posible, es decir siempre que yo no fuera al colegio. Por eso, después de que mamá tomó posesión de la casa, fuimos allá un día antes de que comenzaran las vacaciones de invierno y nos quedamos las dos semanas. Para mí se presentaba como un tiempo maravilloso en el que iba a estar cerca del mar sin tener que soportar -como siempre que fuimos de vacaciones- el malhumor y la ira de mi padre. Eran las primeras vacaciones que iba a pasar sin él y la idea me llenaba de felicidad, sin contar con que iba a estar durante todo ese tiempo solo con mi madre en un lugar bien alejado. Mamá me había permitido llevar los tomos favoritos de mi enciclopedia y yo proyectaba revisar una cantidad de artículos que siempre tenía preparados pero nunca conseguía leer.
Mamá manejó durante unas seis horas. Salimos a la madrugada de un viernes antes de las cinco de la mañana y al mediodía ya estábamos instalados. Ayudé a mamá a poner la ropa en los armarios y a preparar el almuerzo. Después de comer bajamos a la playa. Era un día soleado, primaveral y yo quería meterme en el mar pero mamá sólo me dejaba caminar por la orilla. A la noche cenamos en un restaurant repleto de gente. Nos parecía raro que la ciudad estuviera tan vacía y en ese lugar las personas se amontonaran para comer. Nos sentamos a una mesa junto a la ventana desde la cual podíamos ver los giros permanentes de la luz de un faro. Mientras yo me perdía en mis pensamientos sobre quienes manejaban el faro, cuántas personas habría dentro, en qué momento lo irían a apagar, mamá recibía complacida la mirada perseverante de un hombre joven, vestido con un pantalón azul, una remera blanca y zapatillas. Aunque trataba de concentrarse en lo que yo le decía mamá no podía dejar de prestarle atención a su pretendiente desconocido. Yo fingía no darme cuenta de la complicidad que se había establecido entre ambos, pero el hombre de la remera había pagado hacía un buen rato y no se decidía a levantarse para irse. Evidentemente esperaba alguna oportunidad para acercarse a mamá, pero no le era muy fácil si yo estaba presente. Entonces simulé ir al baño que estaba en el primer piso. Mientras subía la escalera observé como el hombre joven se incorporaba y fijaba la vista en mi madre. Yo me metí en el baño y desde la puerta entreabierta pude ver sin temor a que me descubrieran que él se acercaba sonriente, que mamá le devolvía la sonrisa, que él depositaba en sus manos una tarjeta y se iba. Cuando volví mamá tenía una mirada radiante.
Al día siguiente después del desayuno mamá me anunció que a la tarde iba a hacer compras en el centro. Me dejó en claro que no necesitaba de mi compañía, y por lo tanto podía quedarme solo en casa haciendo lo que se me antojara. No me dio ninguna posibilidad de protestar. Se fue a las tres de la tarde y yo no ignoraba qué tipo de compras tenía planeadas. Se había comunicado al número de la tarjeta antes de que yo me levantara a desayunar. Seguramente la cita era para las dos o las tres de la tarde. Sentado a la mesa frente a uno de los tomos de la enciclopedia no podía dejar de imaginarme a mi madre y al hombre joven desnudos en una cama angosta, en una habitación con poca luz. Mamá volvió a las siete, el rostro iluminado como la noche anterior, pero con ciertas marcas que denotaban fatiga. Esa noche fuimos a dormir temprano. Y fue esa misma noche que comenzaron las pesadillas, en realidad, la pesadilla: en el consultorio de mi padre, yo revolvía los armarios, buscaba objetos, cuadernos, y alguna otra cosa. Mi padre, vestido con todo el traje roto me miraba desde la entrada. Yo giraba mi cuerpo, me encontraba con él y quería gritar pero sentía que una mano invisible me abrasaba la garganta. Él no cesaba de mirarme pero de pronto me ordenaba que lo siguiera y entonces iba por el pasillo detrás de él, que se desplazaba a toda velocidad, aunque sin correr. Entonces llegaba a la habitación matrimonial, abría la puerta, se abalanzaba sobre mamá dormida mientras adoptaba la silueta de un anciano. Yo no podía hacer nada para separarlos y mamá se sometía a él, que la violaba brutalmente. Ella me miraba con tristeza mientras lanzaba pequeños gritos ahogados. Mi padre a su vez mantenía su mano amenazante sobre el rostro de mamá. Una vez que llegaba a un orgasmo bestial, se echaba sobre mí y alternativamente me desvestía y me golpeaba. Este sueño horroroso me sigue acompañando hasta ahora. Por supuesto, siempre hay pequeñas variaciones, pero en esencia se mantiene sin cambios. De todos modos, como tantas otras veces, no concluía ahí. Cuando me desperté con mis propios gritos desesperados, tuve ante mí la imagen de mi padre que parado junto a mi cama me ordenaba que debía vengarlo. Con ojos inyectados me recriminaba que todavía no supiera quién lo había matado. Mamá entró y la imagen ya se desvanecía. Cuando llegó hasta mí yo no podía explicarle nada de lo que había visto y soñado y sólo repetía febrilmente “papá”, “papá”. Mi pijama estaba empapado de sudor y no podía dejar de toser. Como mas tarde me contó, mi madre estuvo a punto de llamar a una ambulancia pero se tranquilizó cuando mi respiración se hizo más regular. Durante dos horas no pude hablar una palabra. Y cada vez que tomaba impulso para contarle lo que acababa de vivir entre sueños, rompía a llorar. En un momento mi madre fue a buscarme un vaso de agua y yo no pude reprimir un alarido pues tenía la certeza de que mi padre iba a volver a sentarse delante de mí para repetir la escena. Mamá volvió con el vaso de agua en la mano. Me preguntaba qué había visto, qué había pasado, por qué había vuelto a gritar. Recién a la mañana siguiente pude contarle a mamá que había soñado con “él”. No le conté los detalles del sueño, ya que me daba pudor tener que revelar que mi padre buscaba que lo vengaran. Después de esa noche las pesadillas se repitieron una yo otra vez. Mamá no volvió a dejarme solo, excepto por una tarde, horas antes de volvernos.
Pasados seis meses desde su muerte, mamá resolvió muchas de las cuestiones legales que le impedían disponer de una cantidad de bienes de los que ignoraba su existencia. Para no incentivar la avidez de mamá, mi padre se había ocupado de realizar sus negocios en el más absoluto secreto. Aunque ella siempre lo sospechó nunca pudo comprobarlo hasta tener en sus manos las escrituras de compra, apenas acabaron de enterrarlo. Así fue que descubrió que mi padre tenía, entre otras, una casa frente al mar en una ciudad balnearia. Ese mismo día decidió que la íbamos a usar todas las veces que nos fuera posible, es decir siempre que yo no fuera al colegio. Por eso, después de que mamá tomó posesión de la casa, fuimos allá un día antes de que comenzaran las vacaciones de invierno y nos quedamos las dos semanas. Para mí se presentaba como un tiempo maravilloso en el que iba a estar cerca del mar sin tener que soportar -como siempre que fuimos de vacaciones- el malhumor y la ira de mi padre. Eran las primeras vacaciones que iba a pasar sin él y la idea me llenaba de felicidad, sin contar con que iba a estar durante todo ese tiempo solo con mi madre en un lugar bien alejado. Mamá me había permitido llevar los tomos favoritos de mi enciclopedia y yo proyectaba revisar una cantidad de artículos que siempre tenía preparados pero nunca conseguía leer.
Mamá manejó durante unas seis horas. Salimos a la madrugada de un viernes antes de las cinco de la mañana y al mediodía ya estábamos instalados. Ayudé a mamá a poner la ropa en los armarios y a preparar el almuerzo. Después de comer bajamos a la playa. Era un día soleado, primaveral y yo quería meterme en el mar pero mamá sólo me dejaba caminar por la orilla. A la noche cenamos en un restaurant repleto de gente. Nos parecía raro que la ciudad estuviera tan vacía y en ese lugar las personas se amontonaran para comer. Nos sentamos a una mesa junto a la ventana desde la cual podíamos ver los giros permanentes de la luz de un faro. Mientras yo me perdía en mis pensamientos sobre quienes manejaban el faro, cuántas personas habría dentro, en qué momento lo irían a apagar, mamá recibía complacida la mirada perseverante de un hombre joven, vestido con un pantalón azul, una remera blanca y zapatillas. Aunque trataba de concentrarse en lo que yo le decía mamá no podía dejar de prestarle atención a su pretendiente desconocido. Yo fingía no darme cuenta de la complicidad que se había establecido entre ambos, pero el hombre de la remera había pagado hacía un buen rato y no se decidía a levantarse para irse. Evidentemente esperaba alguna oportunidad para acercarse a mamá, pero no le era muy fácil si yo estaba presente. Entonces simulé ir al baño que estaba en el primer piso. Mientras subía la escalera observé como el hombre joven se incorporaba y fijaba la vista en mi madre. Yo me metí en el baño y desde la puerta entreabierta pude ver sin temor a que me descubrieran que él se acercaba sonriente, que mamá le devolvía la sonrisa, que él depositaba en sus manos una tarjeta y se iba. Cuando volví mamá tenía una mirada radiante.
Al día siguiente después del desayuno mamá me anunció que a la tarde iba a hacer compras en el centro. Me dejó en claro que no necesitaba de mi compañía, y por lo tanto podía quedarme solo en casa haciendo lo que se me antojara. No me dio ninguna posibilidad de protestar. Se fue a las tres de la tarde y yo no ignoraba qué tipo de compras tenía planeadas. Se había comunicado al número de la tarjeta antes de que yo me levantara a desayunar. Seguramente la cita era para las dos o las tres de la tarde. Sentado a la mesa frente a uno de los tomos de la enciclopedia no podía dejar de imaginarme a mi madre y al hombre joven desnudos en una cama angosta, en una habitación con poca luz. Mamá volvió a las siete, el rostro iluminado como la noche anterior, pero con ciertas marcas que denotaban fatiga. Esa noche fuimos a dormir temprano. Y fue esa misma noche que comenzaron las pesadillas, en realidad, la pesadilla: en el consultorio de mi padre, yo revolvía los armarios, buscaba objetos, cuadernos, y alguna otra cosa. Mi padre, vestido con todo el traje roto me miraba desde la entrada. Yo giraba mi cuerpo, me encontraba con él y quería gritar pero sentía que una mano invisible me abrasaba la garganta. Él no cesaba de mirarme pero de pronto me ordenaba que lo siguiera y entonces iba por el pasillo detrás de él, que se desplazaba a toda velocidad, aunque sin correr. Entonces llegaba a la habitación matrimonial, abría la puerta, se abalanzaba sobre mamá dormida mientras adoptaba la silueta de un anciano. Yo no podía hacer nada para separarlos y mamá se sometía a él, que la violaba brutalmente. Ella me miraba con tristeza mientras lanzaba pequeños gritos ahogados. Mi padre a su vez mantenía su mano amenazante sobre el rostro de mamá. Una vez que llegaba a un orgasmo bestial, se echaba sobre mí y alternativamente me desvestía y me golpeaba. Este sueño horroroso me sigue acompañando hasta ahora. Por supuesto, siempre hay pequeñas variaciones, pero en esencia se mantiene sin cambios. De todos modos, como tantas otras veces, no concluía ahí. Cuando me desperté con mis propios gritos desesperados, tuve ante mí la imagen de mi padre que parado junto a mi cama me ordenaba que debía vengarlo. Con ojos inyectados me recriminaba que todavía no supiera quién lo había matado. Mamá entró y la imagen ya se desvanecía. Cuando llegó hasta mí yo no podía explicarle nada de lo que había visto y soñado y sólo repetía febrilmente “papá”, “papá”. Mi pijama estaba empapado de sudor y no podía dejar de toser. Como mas tarde me contó, mi madre estuvo a punto de llamar a una ambulancia pero se tranquilizó cuando mi respiración se hizo más regular. Durante dos horas no pude hablar una palabra. Y cada vez que tomaba impulso para contarle lo que acababa de vivir entre sueños, rompía a llorar. En un momento mi madre fue a buscarme un vaso de agua y yo no pude reprimir un alarido pues tenía la certeza de que mi padre iba a volver a sentarse delante de mí para repetir la escena. Mamá volvió con el vaso de agua en la mano. Me preguntaba qué había visto, qué había pasado, por qué había vuelto a gritar. Recién a la mañana siguiente pude contarle a mamá que había soñado con “él”. No le conté los detalles del sueño, ya que me daba pudor tener que revelar que mi padre buscaba que lo vengaran. Después de esa noche las pesadillas se repitieron una yo otra vez. Mamá no volvió a dejarme solo, excepto por una tarde, horas antes de volvernos.
2 de marzo de 2011
"El analfabeto político", de Bertolt Brecht.

El peor analfabeto es el analfabeto político
No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.
No sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas.
El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política.
No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.
Bertolt Brecht
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En la foto: Bertolt Brecht
28 de enero de 2011
CUADERNO INFANCIA 58

Porretti. Maestro de escuela en la Escuela número 10, Distrito Escolar 12, Dr Alfredo Colmo, séptimo grado. Parece increíble que un maestro se ensañe con un chico, que odie a un chico. Pero Porretti me odia, odia cada uno de mis gestos, mi autoconfianza, mi ironía. El conflicto con Porretti no es el habitual que un maestro puede tener con su alumno. Por ejemplo, un alumno que no estudia y un maestro que lo amenaza con diferentes tipos de medidas. Por el contrario, creo que Porretti jamás me puso una mala nota. En ese tiempo yo ya estoy en pleno proceso de recomposición, vuelvo a ser una persona aplicada y responsable después de cuatro años de ser un estudiante mediocre o francamente malo. Estudio las diferentes materias que nos tocan y mi curiosidad por diferentes temas se mantiene intacta. Pero él provoca en mí cierta irreverencia, cierta insolencia que a Porretti lo vuelve loco. No puedo determinar exactamente cuando este maestro y yo nos convertimos en enemigos. Pero creo que fue mi inclinación irrefrenable a contestar lo que nos enfrentó hasta el final. Porretti no es un hombre joven, como Schnitzler, el otro maestro de séptimo, que apenas pasa los veinte años y es estudiante de medicina. Tiene unos treinta y pico, supongo. El pelo completamente peinado para atrás, cejas más bien gruesas, ojos verde bien claro, el rostro muy delgado de tinte rojizo y unos bigotes enormes. Un día, probablemente harto de que yo le conteste cada señalamiento que me hace, harto de mi autoconfianza, decide atacar de frente. Dice en voz alta, para mí y para todos mis compañeros una frase inolvidable, que va a tener para mí repercusiones durante décadas: “Daniel se llama Daniel, pero a partir de ahora lo vamos a llamar ‘ego’”. Contra lo que él espera, la frase, paradójicamente, en lugar de molestarme, alimenta mi ego. Me halaga que el maestro de la clase haya decidido ocuparse exclusivamente de mí, al punto de haber pensado un apodo. Lo único que importa es que ninguno de mis compañeros me llame ego tal como él propone, ya que eso significaría que él tiene seguidores. Y yo tengo la esperanza de que Porretti predique en el desierto. Mi nuevo apodo no me intimida y uno o dos días después llega el momento de hacer un comentario que creo pertinente. Porretti me mira burlón y Goldbaum inmediatamente cumple con la consigna de Porretti. Riendo, me dice: “ego”. Sin importarme si Porretti está escuchando le respondo, indignado “Bien, pelotudo”. Creo que a Goldbaum le queda claro el sentido de mi insulto porque no insiste, queda serio, mira al frente. Y Porretti no me recrimina que lo haya insultado, hasta lo ve natural. A pesar de todo, con el correr de los días, la presión que ejerce Porretti sobre mí me empieza a angustiar. Pero pronto encuentro mi oportunidad para tener mi pequeña venganza personal, antes que Porretti se vaya del colegio. Papá me había enseñado un truco. Uno debía preguntar “¿Está bien dicho yo aré todo lo que pude?” A lo cual el interlocutor seguramente iba a contestar “no”. Y entonces uno le podía mostrar el error, ya que se trata del verbo arar y no del verbo hacer, por lo cual la frase está perfectamente construida. Un día, le cuento el plan a mis amigos de séptimo, que son muchos. Les aviso que voy a hacerle esta pregunta a Porretti delante de todos. Mis esperanzas de hacerlo caer son débiles, pero estoy convencido de que el intento va a valer la pena. Llega el maestro, se sienta. No sé si dejo pasar diez, quince minutos o media hora. Pero finalmente me decido y le pregunto, ante la expectativa de todos. “¿Dígame, está bien dicho ‘yo aré todo lo que pude’?”. Y Porretti: “No”. Y yo: “Sí. Porque es ‘aré’ de arar y no ‘haré’ de hacer”. Hay una explosión de carcajadas. Porretti se pone muy rojo y lanza una andanada de palabras entre las que sólo puedo entender algunas que dicen algo así como “Lo que pasa es que usted Daniel es un estúpido” (Mi apellido durante mi infancia es, sin excepción, Daniel). El insulto no me ofende. Por el contrario, confirma mi victoria y se me presenta como el muy mínimo precio que tengo que pagar (no debo contestarle) para disfrutarla. Pero lo que me da la sensación de gloria total son las risas de mis compañeros, que lo detestan tanto como yo. Después de este episodio, el conflicto con Porretti toma la forma de una guerra abierta, aunque sorda y silenciosa. El ya no oculta su odio y yo no puedo disimular mi desprecio. Me llama a dar lección, yo paso (o no paso, simplemente contesto las preguntas desde mi banco), Porretti reconoce que he estudiado y ahí se acaba la cosa.
Un día, una noticia. Porretti se va. Ha pedido un pase y se lo han concedido. O le han dado un pase que no ha pedido. A nadie le importa, la cuestión es que se va. La gran mayoría, festejamos. Yo interpreto también esto como una victoria personal: voy a terminar el año (y la primaria) en el colegio y él no va a estar ahí. Porretti viene en medio de la tarde, anuncia su retiro. A duras penas podemos contener nuestra alegría. Toca el timbre que anuncia el recreo, nunca más lo vamos a ver. Hay un pequeño revuelo alrededor de Porretti, algunos compañeros se acercan a hablarle. Yo me mantengo a una distancia bien prudente, como para evitar cualquier contacto casual. Carlitos Steinmann se acerca, le da la mano, le desea suerte. Inmediatamente convoca nuestro repudio más absoluto. Carlitos se ha mostrado siempre muy crítico y ahora está ahí despidiéndolo. Lo cuestionamos, pero Carlitos se defiende diciendo algo así como que no se le debía negar el saludo a quien fue nuestro maestro. Cuando al otro día voy al colegio, ya nada es lo mismo. Todo es mejor, el aire es limpio.
Etiquetas:
Robert Capa: "Sin titulo"
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