22 de agosto de 2011
El dinero y las relaciones entre las personas. Por Héctor Levy-Daniel
Aunque pocas veces nos demos cuenta, cada día que comienza significa para nosotros una cantidad de acciones, gestos, decisiones, actitudes, que tienen que ver con el dinero. Necesitamos dinero para comprar alimentos, trasladarnos, divertirnos, curarnos de algún malestar e, incluso, morirnos. Al término de cada día cualquiera de nosotros por una razón u otra ha estado en contacto varias veces, mental o concretamente, con el dinero. Sólo unas pocas personas cuentan con el privilegio de poseer el dinero suficiente como para no tener que pensar en él. Pero la gran mayoría de los seres humanos tiene en el dinero una fuente permanente de preocupaciones: es algo con lo que no se sabe si uno va a contar en el futuro. Es por esta razón que la idea de futuro y la de dinero están mutuamente implicadas. Es difícil concebir un futuro en nuestra existencia sin una fuente de ingresos que nos permitirá afrontarlo, sea ésta cual fuere. Y al mismo tiempo todos nuestros esfuerzos por conseguir dinero no tienen otro fin que asegurarnos que transitaremos ese tiempo futuro, cercano o lejano, del mejor modo posible. Ahora bien, el hecho de que el futuro y el dinero estén tan mutuamente involucrados hace que las relaciones que establecemos con otros seres humanos también estén fuertemente condicionadas por el dinero. Para conseguirlo, el vínculo con el otro, con los otros, es algo que debemos considerar. De este modo, la relación particular que cada uno de nosotros establece con el dinero se traduce de manera forzosa en nuestra relación con los demás: la forma en que cada uno tiene de vincularse con el dinero inevitablemente va a significar al mismo tiempo la forma que tiene de vincularse con las personas que lo rodean. Incluso podría establecerse un criterio según el cual se podría definir la personalidad de cada ser humano según las relaciones que establece con el dinero y por lo tanto con las demás personas. Por ejemplo, el avaro generará un tipo de relación con los otros que será impensable en una persona generosa. Y dado que la idea de dinero es algo que nos acompaña consciente o inconscientemente desde el inicio de cada día, dado que nuestra preocupación por el dinero se convierte en el centro de todos nuestros intereses vitales, sin que siquiera lo sospechemos el dinero pasa a gobernar de manera invisible los vínculos entre los seres humanos. Relaciones de amistad, de pareja, de familia, de parentesco, de trabajo: todas están condicionadas por el dinero, por la influencia que éste posee o por los límites que conscientemente se logra imponer a esa influencia. El dinero lo coloniza absolutamente todo, como si fuera una atmósfera en la que estamos sumergidos de modo natural. Por eso se hace difícil advertir hasta qué punto se constituye en el medio a través del cual se establecen las relaciones humanas, hasta que punto se consolida como una barrera ante la que fracasan esas mismas relaciones. Ahora bien, cuando logramos tomar distancia del fenómeno, cuando logramos examinar de qué manera tales relaciones están atravesadas por el dinero, entonces podemos percibirlas de un modo nuevo, original.
Héctor Levy-Daniel
Este texto forma parte del cuerpo de la nota publicada por el autor el sábado 3 de julio de 2010 en la sección Espectáculos del Diario Perfil, a propósito de la puesta en escena de su espectáculo "Dinero. Heptalogía", estrenado en mayo de 2010 en el teatro Patio de Actores.
18 de agosto de 2011
Crear. Por Pina Bausch.
“Crear una pieza es algo excepcional. Primero me pongo a buscar, a tratar de encontrar el material, o mejor dicho, muchos materiales. Pero no es todavía la pieza. Luego, comenzamos a desarrollar y entonces encuentro pequeñas cosas con las que empiezo a construir, como un pintor que se pone a pintar sobre la única hoja que tiene a su disposición. Esto requiere una gran prudencia y es necesario concentrarse, estar muy atento a lo que va apareciendo. Nada es totalmente seguro de antemano, comienzo sin saber adónde todo eso nos va a conducir. Lo que verdaderamente está allí son los bailarines. En ese momento es necesario tener confianza, aunque sea difícil. No se siente únicamente temor, sino también la esperanza de encontrar algo verdaderamente hermoso. Sentimientos de todo tipo se apoderan de uno”.
Cita extraída de “Pina Bausch o el arte de enderezar un pez rojo”, de Norbert Servos, 2001.
6 de julio de 2011
PETER BROOK. Breves reflexiones sobre el aburrimiento.

En su libro La puerta abierta, Brook considera el aburrimiento como un criterio fundamental para considerar un trabajo en proceso de elaboración. “El mejor principio orientativo que conozco en mi trabajo es uno al que siempre he prestado la mayor atención: el aburrimiento. En el teatro, el aburrimiento, como el más astuto de los demonios, puede aparecer en cualquier momento. En la cosa más nimia salta sobre ti; te está esperando y es insaciable. Siempre está dispuesto a deslizarse, invisible, en una acción, gesto o frase.” Agrega: “Si durante un ensayo o un ejercicio me digo a mí mismo: ‘Debe haber alguna razón para que yo esté aburrido’, tengo que buscar esa razón desesperadamente (...). Tan pronto surge el aburrimiento, ha de ser como el parpadeo de una luz roja”. Juzga que el silencio que el público mantiene durante una representación es lo que indica el grado de atención que el espectáculo ha logrado convocar. “Cuando uno se enfrenta con el público, su principal barómetro consiste en los niveles de silencio. Si se escucha atentamente, se puede aprender todo por el grado de silencio que crea”.
Y define el aburrimiento de una manera sencilla, directa y absolutamente efectiva: “El aburrimiento del que hablo es la sensación de no seguir atrapado por la acción que se desarrolla ante nuestros ojos”.
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En la foto: Peter Brook.
20 de junio de 2011
John Berger. La cara de los cuadros.

“Sea lo que sea lo que esté persiguiendo, lo que el pintor quiere encontrar es la cara de lo que busca.” Y ¿qué es eso de "la cara"? "Persigue que la cosa le devuelva la mirada, persigue su expresión: un signo por pequeño que sea de su vida interior”.
Según Berger, a las fotos, los videos, las películas no se les encuentra nunca la cara: no la tienen; como mucho se encuentran recuerdos de apariencias y parecidos. La cara, por el contrario, siempre es nueva: algo que no se ha visto nunca, pero que sin embargo resulta conocido. (Conocido porque, dormidos, soñamos con la cara del mundo entero, el mundo al que fuimos lanzados atropelladamente al nacer).
“Cuando un cuadro terminado hace que nos paremos delante, nos paramos como si el cuadro fuese un animal que nos está mirando (...). La pintura extendida con el pincel o la espátula en la superficie es el animal, y su ‘apariencia’ es la cara. Pensemos en la cara de la Vista de Delft de Vermeer”. Berger utiliza el término lugar. Para Berger, un lugar es lo opuesto a un espacio vacío: un lugar es donde sucede o ha sucedido algo. “El pintor está siempre intentando descubrir, tropezarse con ese lugar que contiene y rodea su acto de pintar en ese momento. Idealmente debería haber tantos lugares como cuadros. El problema es que muchos cuadros no llegan a convertirse en lugares. Y cuando un cuadro no llega a convertirse en lugar, no pasa de ser una representación o un objeto decorativo, una pieza del mobiliario”.
De acuerdo con Berger, cuando ese lugar se encuentra, “se halla en algún lugar de la frontera entre la naturaleza y el arte. Es semejante a un agujero en la arena dentro del cual se ha borrado la frontera. El lugar de la pintura empieza en este agujero. Empieza con una práctica, con algo que se está haciendo con las manos, las cuales buscan luego la aprobación del ojo, hasta que el cuerpo entero está contenido en el agujero. Entonces hay una posibilidad de que éste se convierta en un lugar. Una pequeña posibilidad”. Berger analiza el tema del lugar en dos cuadros de Tintoretto:
“En el Robo del cuerpo de San Marcos, el cuadro, como lugar (...) tiene que ver con la leña apilada en el segundo plano, donde será incinerado el cuerpo del santo. (...) La pila de leña es la madeja con la que se ha tejido ese cuadro colosal”. “En Susana y los viejos, el cuadro como lugar no surge del incomparable cuerpo de la mujer ni del ingenioso espejo ni del agua que la cubre hasta las rodillas; no, no surge de ahí sino del extraño y artificial seto de flores tras el cual se esconden los viejos. Al tocar, con una pincelada maestra, las flores del seto, Jacopo dispuso el lugar al que habría de llegar todo lo demás. El seto asumió el papel de anfitrión y amo”.
Berger se pregunta cómo trabaja un pintor en la oscuridad. Y responde: “Construye un refugio desde el que hacer incursiones a fin de estudiar el terreno. Y todo eso lo hace con los pigmentos, las pinceladas, los trapos, un cuchillo, los dedos. El proceso es táctil. Pero lo que el pintor espera tocar no es por lo general tangible”. Cuando un cuadro se transforma en un lugar, existe la posibilidad de que aparezca en éste la cara de aquello que el pintor está buscando. Esa mirada que el pintor espera, desea, que le devuelva el lienzo, nunca es directa, sólo puede llegar a través de un lugar. “Lo que el pintor busca sin cesar es un lugar para recibir a la ausencia. Si lo encuentra, lo dispone, lo ordena, y reza por que aparezca la cara de la ausencia” Y Berger aclara que la cara de la ausencia puede ser el ijar de una mula, ya que afortunadamente no hay jerarquías.
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En la foto: John Berger.
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