4 de febrero de 2012

Focault. Poder y derecho. Primera parte.


Primera parte
En la primera de las conferencias que componen el libro “La verdad y las formas jurídicas”, Foucault retoma el pensamiento de Nietzsche en lo que se refiere al tema del conocimiento. Para Nietzsche, el conocimiento es una invención. Como la poesía y la religión, tiene comienzos oscuros y mezquinos. El conocimiento no está de ningún modo inscrito en la naturaleza humana, ni forma parte de la misma. Sólo es el resultado del enfrentamiento entre los instintos. Es el efecto histórico puntual de condiciones que no son del orden del conocimiento. Estas condiciones no son sino las relaciones de fuerza o las relaciones políticas en la sociedad. Por detrás de todo conocimiento o saber lo que siempre está en juego es indefectiblemente una lucha de poder. Se alcanza a comprender la naturaleza del conocimiento cuando se logra acceder a las profundidades de las relaciones de lucha y poder de las cuales es efecto. Pero así como no percibe ninguna continuidad entre el conocimiento y la naturaleza humana, Nietzsche tampoco observa ninguna afinidad previa entre el mismo y las cosas que se conocen. El conocimiento se relaciona con el mundo, pero no hay nada en este que lo habilite a conocerlo, ni es natural a la naturaleza ser conocida. Por el contrario, entre el conocimiento y los objetos sólo puede haber una relación de violencia, poder y fuerza, una relación de violación. Comprender significa para Nietzsche el resultado de cierto juego, composición o compensación entre reír, detestar y deplorar. Estas tres pasiones o impulsos tienen en común el ser una manera de conservar el objeto a distancia, sin aproximarse ni identificarse nunca con él. Por detrás del conocimiento hay una voluntad oscura: alejarse del objeto o destruirlo, en vez de intentar asemejarse a él (como sostiene toda la tradición filosófica occidental). No hay pues en el conocimiento una adecuación al objeto sino una relación de distancia y dominación. Contra el mito platónico fundante de la tradición occidental que sostiene la antinomia saber-poder, Foucault, a través de la figura de Nietzsche, afirma la necesidad de renunciar a dicha tradición, la cual supone que el saber no puede existir sino allí donde se han suspendido las relaciones de poder y que sólo puede desarrollarse al margen de sus conminaciones, exigencias e intereses. Por el contrario Foucault sostiene la necesidad de admitir, como tesis general (y fundamental) que el poder produce saber -no simplemente favoreciéndolo porque le sirva o aplicándolo porque le sea útil- y que a su vez el saber refuerza y consolida efectos de poder. Saber y poder se implican mutua y directamente. No existe relación de poder sin que se constituya correlativamente un campo de saber, ni saber que no suponga y no constituya al mismo tiempo determinadas relaciones de poder. Tales relaciones de poder-saber no pueden analizarse a partir de un sujeto de conocimiento que sería libre o no respecto de un sistema de poder; por el contrario, este sujeto, los objetos por él conocidos y las modalidades de conocimiento son efectos directos de las mutuas implicaciones fundamentales del poder-saber y de sus transformaciones históricas. El saber-poder, los procesos y las luchas que lo atraviesan y lo constituyen son las que determinan las formas y los dominios posibles de conocimiento. Este trabajo se propone considerar los análisis que Foucault realiza respecto de las relaciones entre poder, derecho y los efectos de saber que de ellas se deducen.
El antiguo Derecho Germánico, que reglamenta los litigios planteados entre individuos en las sociedades germánicas en el período en que estas entran en contacto con el Imperio Romano, es un derecho regido por el juego de la prueba. En este derecho no hay acción pública, es decir que no hay entre los litigantes un tercero que represente a la sociedad. La acción penal se caracteriza por un duelo entre quien que se considera perjudicado y un adversario, designado por aquel. Por lo tanto la liquidación judicial no significa otra cosa que la continuación de la lucha entre los contendientes. El derecho es para los germánicos una forma singular y reglamentada de reconducir la guerra entre los individuos. El derecho es así la forma ritual de la guerra. Sin embargo, ofrece la posibilidad de llegar a un acuerdo: uno de los adversarios rescata el derecho de tener paz, de escapar a la posible venganza por medio de una transacción económica. Se cambia dinero a cambio de la propia vida. Foucault encuentra en esta forma de la prueba cuatro características que la definen: en primer lugar, tenemos que en la prueba no se tiene como meta investigar la verdad. Se trata más bien de un juego de estructura binaria. La prueba se acepta o se rechaza. Si se renuncia someterse a la prueba, se pierde de antemano. Si la prueba se acepta, quedan todavía dos posibilidades que excluyen cualquier otra: se vence o se fracasa. Por lo tanto, y esta es la segunda característica, en ningún momento aparece algo semejante a la sentencia (como ocurrirá a partir del siglo XII y comienzos del XIII). En tercer lugar tenemos que la prueba es automática: no hay necesidad de una tercera persona que juegue el papel de árbitro. La autoridad existente sólo se ocupa de atestiguar acerca de la regularidad del proceso y no de la verdad. Por lo tanto, y esta es la última característica que Foucault observa, la prueba no designa, manifiesta o hace aparecer la verdad, sino que sirve para establecer quién es el más fuerte y, por ende, quién es el que tiene razón. La prueba permite así el pasaje de la fuerza al derecho.
En la segunda mitad del siglo XII estas viejas prácticas comienzan a transformarse y son sustituidas por nuevas formas de justicia y nuevos procedimientos judiciales. En la sociedad feudal de la Europa Occidental la circulación de los bienes está asegurada de manera relativa. El comercio no es un medio suficientemente eficaz. Aunque los mecanismos de herencia y transmisión testamentaria se perfilan como formas importantes, el enfrentamiento bélico, la guerra, la rapiña se manifiestan como instrumentos fundamentales para la apropiación. Por ejemplo: alguien, que dispone de fuerza armada, ocupa una propiedad cualquiera y hace prevalecer su derecho. Se inicia un largo pleito al final del cual aquel que no posee fuerza armada y desea recuperar su tierra sólo logra la partida del invasor por medio de un pago. Este tipo de acuerdo es una de las formas más frecuentes de enriquecimiento y está en el límite entre lo judicial y lo bélico. Se observa que el derecho y la guerra se hacen difícilmente distinguibles entre sí, en la medida que el derecho es una forma de continuar la guerra (según las reglas del derecho germánico). A partir de la segunda mitad del siglo XII, la guerra, el litigio judicial y la circulación de bienes se constituyen en los elementos de un gran proceso único y fluctuante. Se da en la sociedad feudal una doble tendencia: por un lado, una concentración de las armas en las manos de los más poderosos. Por otro lado esto procuran controlar los litigios judiciales, impidiendo que se desenvuelvan espontáneamente entre los individuos (como ocurría en la sociedad germánica). Los poderosos se convierten en árbitros. Tenemos así que en la Alta Edad Media se acumulan en manos de unos pocos las riquezas, el poder de las armas y la circulación del poder judicial. Este proceso alcanza su madurez con la formación de la primera gran monarquía medieval. Aparece una serie de fenómenos nuevos: 1) La justicia deja de ser pleito entre individuos y aceptación libre por estos de las reglas de liquidación: a partir de ahora se impone a individuos, oponentes, partidos. Se constituye como un poder exterior a ellos, judicial y político. 2)Aparece la figura del procurador como representante del soberano, rey o señor. Este, a través de aquel, viene a doblar a la víctima, pues se ubica detrás del individuo que debería haber formulado la queja y afirma que si es verdad que este ha sido lesionado, también han sido lesionados el soberano, su poder, el orden y la ley establecidas por el mismo. De este modo el poder político se apodera de los procedimientos judiciales. 3)Se constituye la noción de infracción: el daño no es solamente la ofensa de un individuo a otro, sino también una ofensa que infringe un individuo a la ley del Estado y al soberano en tanto representante del mismo. 4)Este mismo Estado exige reparación. El infractor debe reparar no sólo el daño hecho a otro individuo, sino el daño hecho al Estado en la persona del soberano. Se instituye el mecanismo de las multas, confiscaciones que son para las monarquías nacientes uno de los grandes medios de enriquecerse e incrementar sus propiedades. Las monarquías occidentales se fundan, pues, sobre la apropiación de la justicia.
Ahora bien, una vez que el soberano ha confiscado los procedimientos judiciales en su provecho directo, necesita encontrar un mecanismo diferente del de la prueba o la lucha entre dos adversarios para dirimir los litigios (el rey o el procurador que actúa en su nombre no pueden arriesgar sus vidas o sus bienes cada vez que se comete un crimen). Se adopta entonces el modelo de la indagación. Ésta, según la hipótesis de Foucault tiene un doble origen: un origen administrativo ligado al surgimiento del Estado en la época carolingia -para solucionar un problema de derecho, impuestos, costumbres, etc., el poder político en tanto personaje central procura saber la verdad haciendo preguntas a los notables de la época- y un origen religioso, eclesiástico, vinculado a la forma de la Inquisición -indagación espiritual sobre los pecados, faltas y crímenes cometidos, e indagación sobre el modo en que eran manejados los bienes de la Iglesia. De acuerdo con Foucault, la indagación será el equivalente de la figura jurídica germánica del delito flagrante (el único caso en el que la colectividad está habilitada para intervenir, acusar a alguien y obtener su condena: cuando el individuo es sorprendido en el momento preciso en que comete el crimen). Por medio de la indagación se reactualiza, se pone ante los ojos lo ocurrido, se hace presente, inmediato y verdadero.
Foucault niega que la indagación represente un progreso de la racionalidad respecto de la prueba. La indagación no es otra cosa que una determinada manera de ejercer el poder. Como hemos podido observar, el surgimiento de la misma es comprensible analizando los juegos de fuerza política, las relaciones de poder que operan como sus condiciones de existencia. La indagación proviene de la inquisición eclesiástica y está por lo tanto cargada de categorías religiosas. Esto determinará que la infracción, en tanto lesión a la ley del Estado sea tratada al mismo tiempo como falta moral, casi religiosa. Las nociones de pecado y lesión al soberano comenzarán a actuar de manera conjunta y se encontrarán unidas estrechamente en el Derecho Clásico.
La indagación reorganiza todas las prácticas de la Edad Media, pero además se extiende a muchos otros dominios de prácticas y en muchos dominios de saber. La indagación es una forma política de gestión, de ejercicio de poder que por medio de la institución judicial pasó a ser en la cultura occidental una manera de autentificar la verdad y de transmitirla. La indagación ha sido la pieza fundamental para la constitución de las ciencias empíricas, la matriz jurídico-política del saber experimental que transcribe los objetos de la naturaleza en la ordenación de un discurso indefinido que comprueba, describe y establece los hechos.
Tenemos pues que en la sociedad occidental, desde la Edad Media el edificio jurídico se construye alrededor del poder real, como una herramienta que sirve a sus fines. A finales del siglo XII se produce el fenómeno fundamental de la reactivación del Derecho Romano que se transforma en un instrumento constitutivo del poder monárquico, autoritario, administrativo y absolutista: el rey es el personaje central del edificio jurídico y el derecho un medio de dominación. (Entendiendo por derecho no sólo la ley sino el conjunto de aparatos, instituciones, reglamentos que se aplican al derecho). El discurso filosófico que tiene por objeto el derecho como representación del poder del soberano -lo que Foucault denomina la teoría jurídico-política, discurso que ha conservado su importancia a lo largo de varios siglos- se refiere al poder real de dos modos: por un lado trata al monarca como cuerpo viviente de la soberanía y considera que su poder es perfectamente adecuado al derecho fundamental y por otro lado considera que el monarca debe someterse a reglas de derecho para conservar su legitimidad. Foucault sostiene que la teoría jurídico-política soslaya el hecho de la dominación, no advierte (o no quiere advertir) que el ejercicio del poder soberano transmite, funcionaliza relaciones que no son sólo de soberanía sino también de dominación (entendiendo por tal en el hecho de la dominación global de unos sobre los otros, o de un grupo sobre otro, sino las múltiples formas de dominación que pueden ejercerse en una sociedad). Por lo tanto la teoría jurídico-política disuelve el hecho de la dominación y en su lugar hace aparecer dos cosas: los derechos legítimos del soberano y la obligación legal de obediencia al soberano. Foucault considera que la teoría jurídico-política de la soberanía ha jugado desde su conformación cuatro papeles fundamentales: en primer lugar se ha referido a un mecanismo de poder efectivo, que era el de la monarquía feudal; luego sirvió como instrumento de justificación de las grandes monarquías administrativas; a partir del siglo XVI y sobre todo durante el siglo XVII se transforma en la gran herramienta política y teórica en torno a los sistemas de poder; finalmente en el siglo XVIII, contra las monarquías autoritarias y absolutistas, sirve para encontrar un modelo de democracia parlamentaria. (Este es el papel que juega en el momento de la Revolución Francesa). Foucault sostiene que esta concepción jurídico-política de la soberanía es una concepción economicista, en el sentido de que usa como modelo la economía de la circulación de bienes. El poder es considerado como una propiedad o un bien del que se es poseedor y por lo tanto es factible transferirlo o alienarlo totalmente. Esto se realiza precisamente por medio de un acto jurídico, fundador de derecho: el acto de cesión o contrato. Así, el poder en tanto propiedad es el poder que todo individuo detenta y cede para contribuir a la constitución de la soberanía. Como vemos, el poder está modelado según la mercancía: es algo que se posee, se adquiere, se cede por contrato o por fuerza, etc. Foucault advierte que también el marxismo funda de manera economicista su concepción del poder, aunque en un sentido diferente del de la teoría jurídico-política. Para el marxismo, el poder tiene esencialmente una funcionalidad económica: su rol fundamental consiste en mantener las relaciones de producción y fortalecer una dominación de clase que favorece su desarrollo, así como la modalidad específica de la apropiación de la fuerza productiva que lo hacen posible. Para el marxismo, el poder tiene en la economía la razón histórico-política de su existencia, así como el principio de su forma concreta y su funcionamiento actual. El poder está entonces en una posición secundaria respecto de la economía, se encuentra siempre finalizado y funcionalizado por ella. La economía es pues el principio de inteligibilidad del poder.

Héctor Levy-Daniel

La imagen de hoy: "Un jardín para Orfeo", de Klee

5 de diciembre de 2011

"Waltz Dream", de Grosz.

Sigmund Freud: Dos fragmentos de "El malestar en la cultura".


“El hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo. Homo homini lupus: ¿quién se atrevería a refutar este refrán, después de todas las experiencias de la vida y de la Historia? Por regla general, esta cruel agresión espera para desencadenarse a que se la provoque, o bien se pone al servicio de otros propósitos, cuyo fin también podría alcanzarse con medios menos violentos. En condiciones que le sean favorables, cuando desaparecen las fuerzas psíquicas antagónicas que por lo general la inhiben, también puede manifestarse espontáneamente, desenmascarando al hombre como una bestia salvaje, que no conoce el menor respeto por los seres de su propia especie. Quien recuerde los horrores de las grandes migraciones, de las irrupciones de los hunos, de los mogoles bajo Gengis Khan y Tamerlán, de la conquista de Jerusalén por los píos cruzados y aun las crueldades de la última Guerra Mundial tendrá que inclinarse humildemente ante la realidad de esta concepción.
“La existencia de tales tendencias agresivas, que podemos percibir en nosotros mismos y cuya existencia suponemos con toda razón en elprójimo, es el factor que perturba nuestra relación con los semejantes, imponiendo a la cultura tal despliegue de preceptos. Debido a esta primordial hostilidad entre los hombres, la sociedad civilizada se ve constantemente al borde de la desintegración. (…) La cultura se ve obligada a realizar múltiples esfuerzos para poner barreras a las tendencias agresivas del hombre, para dominar sus manifestaciones mediante formaciones reactivas psíquicas”.

“Los comunistas creen haber descubierto el camino hacia la redención del mal. Según ellos, el hombre sería bueno de todo corazón, abrigaría las mejores intenciones para con el prójimo, pero la institución de la propiedad privada habría corrompido su naturaleza.(…) Si se aboliera la propiedad privada, si se hicieran comunes todos los bienes, dejando que todos participaran de su provecho, desaparecería la malquerencia y la hostilidad entre los seres humanos. Dado que todas las necesidades quedarían satisfechas, nadie tendría motivo de ver en el prójimo a un enemigo; todos se plegarían de buen grado a la necesidad del trabajo”.
Agrega Freud: “No me concierne la crítica económica del sistema comunista; no me es posible investigar se la abolición de la propiedad privada es oportuna y conveniente; pero, en cambio, puedo reconocer como vana ilusión su hipótesis psicológica”. Y más adelante afirma: “El instinto agresivo no es una consecuencia de la propiedad, sino que regía casi sin restricciones en épocas primitivas, cuando la propiedad aún era bien poca cosa; ya se manifiesta en el niño, apenas la propiedad ha perdido su primitiva forma anal; constituye el sedimento de todos los vínculos cariñosos y amorosos entre los hombres, quizá con la única excepción del amor que la madre siente por su hijo varón”.

Sigmund Freud, El malestar en la cultura, 1929.

21 de noviembre de 2011

La imagen de hoy: "La guerra", de Chagall

CUADERNO INFANCIA 60


Venganzas.
Las dos anécdotas son muy parecidas, las dos son historias de venganza infantil.
La primera: estoy en séptimo grado en un colegio donde hice primero y segundo. Desde tercero a sexto he asistido a la Escuela Integral Maimónides, donde estudio (o mejor dicho no estudio) castellano a la mañana, inglés al mediodía y hebreo por la tarde. A medida que pasan los años los resultados son cada vez más desastrosos. Mamá, harta de mí y de las maestras que la convocan para señalarle que soy un mal alumno y que mi conducta es pésima, me saca de ese colegio de doble escolaridad y me vuelve a inscribir en el Alfredo Colmo, donde quienes fueron mis compañeros de primero y segundo me reciben con calidez y alegría. Sin embargo, en quinto grado hay dos chicos que no son tan amables conmigo. En los recreos un rubio con flequillo y de ojos de color castaño y un gordo de cachetes rosados se burlan de mí, me insultan desde lejos, me dicen las peores barbaridades. Y cuando quiero acercarme a ellos siempre logran escabullirse. Poco a poco se me transforman en una obsesión ya que no puedo salir al patio tranquilo y tampoco quiero generar una escena de pelea en medio del recreo.
Fuera del colegio, he conseguido, a mis once años, un trabajo de cadete de la farmacia que está sobre Avellaneda, entre Joaquín V. González y San Nicolás. Mi tarea consiste en mantener limpio el local, buscar con mi bicicleta los remedios de la droguería y repartirlos entre los clientes del barrio. La farmacia está cerca del colegio, por lo cual muchas veces me encuentro con alumnos de todos los grados. Una mañana, casi llegando al mediodía, yo he terminado todos los repartos y me dirijo de vuelta a la farmacia. De lejos veo algo que no puedo creer que sea verdad: el gordito de cachetes rosados que me insulta en los recreos en complicidad con el rubio se dispone a entrar en su casa. Está en la entrada de un edificio de departamentos y ha tocado el timbre del portero eléctrico. Espera que le abran. No dudo un instante. Trepo a la vereda con mi bicicleta, me bajo, la dejo acostada sobre las baldosas. El gordito me ve e inmediatamente entiende cuál es su destino. Tiene un primer impulso de correr, pero adivina que lo voy a alcanzar en dos segundos. A medida que me acerco, toca con desesperación el timbre una y otra vez. Sin que crucemos una sola palabra, lo tomo con una de mis manos y le pego repetidas veces con la otra. Suena la chicharra del portero eléctrico, demasiado tarde para él, que ya tiene toda la cara hinchada. Lo dejo entrar, me subo a mi bicicleta “Bambina” de color naranja y enfilo por la calle con una sensación de alivio profundo.
La segunda: en el mismo edificio de Mar del Plata donde pasamos las vacaciones con mi papá, un edificio que está ubicado en las calles Brown y Olavarría, hay un chico que también me insulta y se burla de mí. Se las arregla para decirme siempre las peores cosas de tal manera que yo pueda oírlo, pero no sus padres, de quienes nunca se separa. Su técnica astuta consiste en estar dos o tres pasos adelante de sus padres, proferirme insultos y burlas de todo tipo y retroceder inmediatamente cuando nota que me acerco a él. Tiene el pelo negro y un permanente gesto despectivo que me irritan enormemente. El chico se comporta como si supiera todo lo que me provoca y entonces sumara los insultos para terminar de enloquecerme. Sin embargo, una mañana de sol, apenas salgo del edificio, lo veo en la esquina, a pocos metros de mí. El chico, que evidentemente no puede contenerse, vuelve a insultarme. Yo busco a los padres para saber dónde están pero no los veo lo cual me hace pensar que es mi gran oportunidad. Me le acerco tan rápido como puedo, pero él, con toda tranquilidad y una sonrisa gira la cabeza y grita “Tío”, “Tío”. El tío es un hombre joven que está en la vereda de enfrente junto al capó abierto de un auto, en el que revisa algo del motor. Me queda claro que también esa vez tendré que resignarme a los insultos. Pero en el mismo momento en que el chico termina de llamar al tío, un colectivo que tiene su parada precisamente en esa esquina se detiene allí, se interpone entre el tío y el sobrino. La sonrisa del chico se convierte en un gesto de terror. En menos de un segundo su suerte se ha invertido. Mientras el colectivo se mantiene detenido para que la gente suba y baje en la parada, yo aprovecho para darle piñas a toda velocidad, le pego todo lo que puedo en el tiempo más breve. Cuando el colectivo arranca, vuelve a establecerse la comunicación entre el sobrino maltrecho y el tío. Pero yo ya me he refugiado de nuevo dentro del edificio.

27 de octubre de 2011

"Orgía", de Grosz.

"La sangre de Gálvez" (Fragmento), de Héctor Levy-Daniel

Un aula de colegio. Madrugada. Tarski escribe sobre el pizarrón con una tiza. Masot lo observa.

TARSKI: Lo noto un poco inquieto, no.
MASOT: Inquieto. Puede ser.
TARSKI: Se demora, todo se demora. No se puede hacer nada.
MASOT: Es que hay algo... Usted y yo, acá. No termino de entender.
TARSKI: Es así. Hay que tener paciencia. (Pausa.) Siempre me gustó dibujar, sobre todo en el pizarrón. Era bueno. Por eso ahora, me miro la tiza en la mano y no lo puedo creer, después de tanto tiempo. Y el borrador, no cambió nada. La maestra siempre me hacía pasar, para que dibuje. Y claro, usted ahora me ve así, pero yo... Y cuando tenía tizas de colores, bueno, yo me sentía que era el artista del grado. Usted era bueno Masot, en el colegio, digo.
MASOT: Por qué me lo pregunta.
TARSKI: Por saber. Usted debía ser inteligente. Como ahora.
Pausa.
TARSKI: Pasó mucho tiempo.
MASOT: Demasiado. Ya no me acuerdo del colegio.
TARSKI: No, que no nos veíamos, digo. Hace rato que no tenemos una tarea juntos.
MASOT: Eso es lo que no entiendo, por qué usted y yo, de nuevo.
TARSKI: No quería encontrarse conmigo, Masot.
MASOT: No esperaba encontrarlo.
TARSKI: Yo sí. Sabía que lo iba a ver.
MASOT: Por qué sabía.
TARSKI: Un pálpito, o algo así. (Pausa.) Después de aquella noche...
MASOT: Qué noche.
TARSKI: La última vez que nos vimos. Se acuerda, también estaba Gálvez. O no. Se acuerda.
MASOT: Apenas.
Pausa.
MASOT: Qué pasa que tardan tanto. Le dijeron algo sobre la hora.
TARSKI: No.
MASOT: Y hasta cuándo vamos a esperar acá.
TARSK: Hasta que nos llamen.
MASOT: Sí, pero, si no nos llaman.
TARSKI: Usted sabe, primero la señal, para que estemos atentos.
MASOT: Desde que estamos acá me dice que ya va a llegar la señal, pero no llega. Cómo va a ser la señal, le dijeron.
TARSKI: Dicen que nos vamos a dar cuenta, tenemos que estar atentos.
MASOT: Cómo, no sabe cuál es la señal.
TARSKI: Lo único que sé es que tenemos que escuchar bien.
MASOT: Todo esto está muy raro. Y si no nos damos cuenta.
TARSKI: Me dijeron que la íbamos a reconocer.
MASOT: A lo mejor ya pasó y ni la escuchamos.
TARSKI: No pasó.
MASOT: Cómo puede estar tan seguro.
Masot mira hacia el exterior del aula.
Pausa.
TARSKI: Este traje lo estrenó hace poco, no.
MASOT: Sí.
TARSKI: Usted no cambió, eh. Siempre tan elegante. Se nota que es de buena calidad. El traje, digo. No como el mío, que está viejo y gastado. (Pausa.) Siempre quise verlo otra vez, Masot. Usted no.
MASOT: No sé.
TARSKI: No sabe.
MASOT: No pensé mucho en usted todo este tiempo. Ya le dije, no esperaba verlo de nuevo.
Pausa.
TARSKI: Esta es la Primera Junta, no. Este es Moreno, y este es Paso.
Nunca me pude aprender los nombres de los otros. Este... Beruti era. No, no sé. Usted sabe.
MASOT: Por qué no se queda quieto, Tarski.
TARSKI: Vamos, Masot, sí que sabe. Dígame: este es Moreno, de este me acuerdo. Y este.
MASOT: Matheu.
TARSKI: Y este.
MASOT: Azcuénaga.
TARSKI: Y este.
MASOT: Alberti.
TARSKI: Calles, todas calles, se da cuenta. El que está ahí es San Martín, ahí no me equivoco. (Pausa.) Qué oscuridad. Ya tendría que estar amaneciendo.
MASOT: No le dijeron por qué había que esperar acá.
TARSKI: No.
MASOT: No. Está seguro.
TARSKI: No me dijeron nada.
MASOT: No tiene ningún sentido que estemos aquí.
TARSKI: Por qué lo dice, por el aula.
MASOT: Hay algo... No puedo saber qué es.
TARSKI: La verdad es que cuando me dijeron un aula me puse contento, tan contento que ni pregunté.
Pausa.
MASOT: Y para qué nos mandaron acá.
TARSKI: Siempre esperamos cerca del lugar.
MASOT: Cerca del lugar. Pero qué tenemos que hacer.
TARSKI: Todavía no sabemos, Masot.
MASOT: Y hasta cuando vamos a esperar.
TARSKI: Cuando nos llamen, después de la señal.
MASOT: Pero la señal no llega.
TARSKI: Qué le pasa, lo noto un poco impaciente. Raro en usted.
MASOT: Es que usted y yo, Tarski, aquí, qué quiere que le diga...
Pausa.
TARSKI: A mí me gusta el recuerdo del colegio. A usted.
MASOT: Para qué quiere saber eso.
TARSKI: Seguro que también. Le gusta.
MASOT: No sé. Sí, creo que sí.
TARSKI: Y eso que yo de chico lo odiaba. A usted le gustaba.
MASOT: El colegio. Sí.
TARSKI: Mire usted.
Pausa.
TARSKI: Me gustaba el himno, todavía me gusta. Me gustaba cantar. Una vez tuve que actuar. Me pusieron de Belgrano. Tenía que recitar un párrafo enorme. Estuve días estudiando para que me quedara pero bueno, imagínese. Cuando tuve que subir al escenario, nada, ni una línea, mudo enfrente de toda la gente. Yo buscaba a mi mamá pero no la encontré. Hasta el día de hoy creo que se escondió. Nunca más me llamaron para un acto. A usted lo llamaron alguna vez.
Pausa.
MASOT: Sí.
TARSKI: De qué hizo.
MASOT: No hice de nada.
TARSKI: De nada. Y para qué lo llamaron.
MASOT: Yo llevaba la bandera.
TARSKI: No. No me diga. Me está hablando en serio.
MASOT: Sí.
TARSKI: Usted. La bandera. Por eso le gustaba el colegio. Abanderado. Cómo nunca me lo contó. Entonces usted era un bocho. El alumno modelo. No ve, siempre dije que usted era un bocho.
MASOT: Usted decía eso de mí.
TARSKI: Claro.
MASOT: No sabía.
TARSKI: Cómo no va saber. Yo lo dije siempre.
Pausa.
TARSKI: Qué sentía. Cuando llevaba la bandera, digo. Se sentía importante. Todos lo miraban.
MASOT: Termínela con eso.
TARSKI: Dígame, nunca hablé con un abanderado. Qué se acuerda de eso.
Pausa.
MASOT: No sé. La cara de mi tía, la sonrisa.
TARSKI: Y usted, estaba contento, se sentía feliz.
MASOT: Sí.
TARSKI: Feliz en el colegio. Eso sí que es raro. (Pausa.) Por qué su tía. Y su madre.
MASOT: Yo no conocí a mi madre. Murió muy joven.
TARSKI: Lo lamento, Masot.
Pausa.
MASOT: Un ruido. Hay alguien ahí afuera. (Masot se asoma por la puerta). Una mujer.
TARSKI: Una mujer. Cómo puede ver algo con toda esta niebla. Yo no veo nada.




La pieza "La sangre de Gálvez", de la cual se presenta solamente un fragmento, no ha sido estrenada aún.