20 de junio de 2008

La imagen de hoy: "Dr Koch", de Dix

CUADERNO INFANCIA 12

Una tarde en la casa de la calle Emilio Lamarca. Quizás un sábado pero no estoy seguro. La luz entra plena por las ventanas del living y cada objeto pareciera resplandecer. Mi hermano Eduardo está escuchando el disco de Serrat sobre poemas de Miguel Hernández. Cuando comienza Nanas de la Cebolla, los dos sentados en el sillón verde perpendicular a la calle, se ocupa de explicarme cada uno de los versos y asimilo cada palabra como si para mí de eso dependiera seguir respirando. Sólo se detiene en los versos “cuando en la dentadura/sientas un arma/ sientas un fuego/ correr dientes abajo/buscando el centro”. Insisto, le pregunto qué quiere decir, pero él se limita a pedirme disculpas y explicarme que hasta ahí él no puede llegar: debería ser más grande para entenderlo. Yo me pregunto qué carajo querrán decir esos versos, qué se esconde detrás de esas palabras, qué es exactamente lo que mi hermano no se atreve a contarme. Sin embargo, algo comienzo a imaginar, de una manera vaga y confusa.

19 de junio de 2008

La imagen de hoy: "Dedicatoria", de Schulz

CUADERNO BESTIARIO 6: Fragmento de "Juan Darién", de Horacio Quiroga


"Pero el tigre no había muerto. Con la frescura nocturna volvió en sí, y arrastrándose presa de horribles tormentos se internó en la selva. Durante un mes entero no abandonó su guarida en lo más tupido del bosque, esperando con sombría paciencia de fiera que sus heridas curaran. Todas cicatrizaron por fin, menos una, una profunda quemadura en el costado, que no cerraba, y que el tigre vendó con grandes hojas.
Porque había conservado de su forma recién perdida tres cosas: el recuerdo vivo del pasado, la habilidad de sus manos, que manejaba como un hombre, y el lenguaje. Pero en el resto, absolutamente en todo, era una fiera, que no se distinguía en lo más mínimo de los otros tigres.
Cuando se sintió por fin curado, pasó la voz a los demás tigres de la selva para que esa misma noche se reunieran delante del gran cañaveral que lindaba con los cultivos. Y al entrar la noche se encaminó silenciosamente al pueblo. Trepó a un árbol de los alrededores y esperó largo tiempo inmóvil. Vio pasar bajo él sin inquietarse a mirar siquiera, pobres mujeres y labradores fatigados, de aspecto miserable; hasta que al fin vio avanzar por el camino a un hombre de grandes botas y levita roja.
El tigre no movió una sola ramita al recogerse para saltar. Saltó sobre el domador; de una manotada lo derribó desmayado, y cogiéndolo entre los dientes por la cintura, lo llevó sin hacerle daño hasta el juncal.
Allí, al pie de las inmensas cañas que se alzaban invisibles, estaban los tigres de la selva moviéndose en la oscuridad, y sus ojos brillaban como luces que van de un lado para otro. El hombre proseguía desmayado. El tigre dijo entonces:
-Hermanos: Yo viví doce años entre los hombres, como un hombre mismo. Y yo soy un tigre. Tal vez pueda con mi proceder borrar más tarde esta mancha. Hermanos: esta noche rompo el último lazo que me liga al pasado.
Y después de hablar así, recogió en la boca al hombre, que proseguía desmayado, y trepó con él a lo más alto del cañaveral, donde lo dejó atado entre dos bambúes. Luego prendió fuego a las hojas secas del suelo, y pronto una llamarada crujiente ascendió. Los tigres retrocedían espantados ante el fuego. Pero el tigre les dijo: '¡Paz, hermanos!', y aquéllos se apaciguaron, sentándose de vientre con las patas cruzadas a mirar".

16 de junio de 2008

CUADERNO INFANCIA 11



Apenas puedo evocar algunas imágenes muy débiles de mi primera mañana en el Colegio Maimónides. Tengo siete años y estamos en mayo o en junio. Pero puedo recordar perfectamente un episodio de mi primera tarde, en la clase de hebreo. Estamos en el aula del segundo piso, la que da directamente a la avenida Avellaneda. Me han sentado al lado de un chico que es bastante más grande que yo, me lleva dos o tres años. A la tarde, en la clase de hebreo, se juntan chicos que durante la mañana, en las clases de castellano, van a diferentes grados y por lo tanto tienen diferentes edades. Incluso hay quienes de mañana van a otros colegios, pero vienen a la tarde especialmente a estudiar hebreo. Por lo tanto, yo, que estoy en tercer grado a la mañana, a la tarde estoy en primero, junto con chicos de seis años, pero también con otros mayores que yo. Y el primer compañero de banco que me toca en suerte es mayor que yo. Y es un tipo pesado, agresivo, y se ocupa de hacerme sentir que soy nuevo. Me pregunta idioteces y recibe mis respuestas con comentarios despectivos. Yo me defiendo como puedo mientras la maestra nos habla en un idioma del cual no entiendo una sola palabra. Siento un desasosiego que imagino eterno, ya que no puedo figurarme de qué manera voy a comprender alguna vez las palabras que nos dice la maestra delgada, de pelo corto y ondulado, de modales suaves. Mientras tanto, el pesado que me tocó en suerte no para de hablarme. En algún momento establecemos un pequeño intercambio de preguntas y respuestas, no sé sobre cuál tema. Yo hago algún tipo de afirmación tajante y él me desafía: “juralo”. Inmediatamente, a manera de juramento, cruzo sobre mis labios el dedo índice de mi mano derecha, tal cual como aprendí a jurar con mis compañeros de mi escuela anterior, mis compañeros del barrio. El pesado me ve, se horroriza y me pregunta “¿qué hiciste? ¿Qué hiciste?”. Yo me quedo petrificado, incapaz del menor movimiento. Me doy cuenta de que lo que acabo de hacer es una especie de insulto en un colegio judío y me preparo para lo peor: que este imbécil se lo diga a la maestra. Inmediatamente decido que voy a negar el gesto que acabo de hacer ante él, ante la maestra, ante la directora, ante el rabino y ante el presidente de Israel. Sin embargo, el pesado no insiste y todo termina ahí.

Brecht. Sobre la dificultad de los papeles pequeños


“B. comentó en una ocasión, refiriéndose a un joven actor: ‘Tiene condiciones, pero no tiene técnica. Todavía no puede desempeñar papeles pequeños”. B. Señalaba así la dificultad de los pequeños papeles. Pero también sabía, naturalmente, que hay quienes tienen condiciones para grandes papeles y quienes tienen condiciones para papeles pequeños. Refiriéndose a este hecho, solía relatar una anécdota del finés Nurmi, un corredor de resistencia. Por la estupidez y el afán del lucro de sus agentes, Nurmi debió intervenir en una carrera de trayecto corto. Sorprendentemente incapaz de apresurar su carrera regular, calculada para trechos largos, salió perdedor en la competencia.”

Bertolt Brecht. Escritos sobre teatro 3, Nueva Visión. p.63

12 de junio de 2008

La imagen de hoy: "La balsa de la medusa" de Gericault

CUADERNO INFANCIA 10

Schnitzler, mi maestro de séptimo grado. Alto, joven, estudiante de medicina, no me lo puedo imaginar sin el delantal. Quizá no tengo un buen recuerdo de él pero, si lo pienso, no era malo conmigo sino todo lo contrario. Tal vez el origen de ese recuerdo tiene que ver con la presunción de que había actitudes mías que él no aprobaba. Quizá veía en mí cierta actitud desafiante, insolente. Pero nunca me cuestionó por esto. Creo que me valoraba y la prueba más clara está en que un día decidió llamar a cuatro alumnos que serían los capitanes de cuatro grupos de trabajo. Los cuatro eran los mejores del grado: si no me equivoco, Di Mateo, Steinman, Goldbaum, Zaiat. Recuerdo perfectamente que miró hacia mi lugar, donde yo seguía la convocatoria sin disimular mi interés. Entonces Schnitzler me llamó y me dijo que yo también me uniría al grupo de los “capitanes” como un “subcapitán”. Me puse contento porque comprobé de inmediato que Schntizler me tenía entre los mejores. Y al mismo tiempo no pude dejar de sentirme defraudado ya que no se me escapaba que era un “sub-capitán”, alguien que estaba por debajo de los otro cuatro, al que el maestro tuvo que inventarle un lugar. Sin embargo, el hecho de que hubiese generado ese lugar para mí me halagó. La idea era armar algo así como una “feria de ciencias” en la que teníamos que investigar diferentes temas. El de nuestro grupo, que yo compartía con Steinman, el capitán, era investigar el proceso de ósmosis, para lo cual yo tuve conmigo mi enciclopedia “Cosmos”. Ese fue un buen gesto de Schnitlzer. Otro fue hacerme una prueba e integrarme en el equipo de fútbol, como suplente, para el campeonato intercolegial de futbol. Participé de todos los entrenamientos y nunca jugué en la cancha, pero como el equipo salió campeón y yo estaba anotado en la lista del equipo que jugaría el partido final, tuve entonces la primera y única medalla de mi vida por una actividad deportiva. Recuerdo que Verdier (maestro de sexto grado a quien yo conocía desde primero) trajo esa lista bendita en la que yo pude comprobar que estaba mi apellido. A cada uno que nombraba, Verdier le daba la medalla. Cuando llegó mi turno y Verdier me dio una especie de moneda en una de cuyas caras había el relieve de un jugador, Schnitzler, que sin duda era bien consciente de la importancia que tenía para mí ese premio, me dijo con una sonrisa muy afectuosa: “Bien, Daniel !!!!!”. Recuerdo como alargó la frase mientras yo tomaba la medalla y miraba con fascinación el jugador en relieve que corría con la pelota. Sin embargo, hay una anécdota que borra estos recuerdos tan buenos. Un día, en medio de la clase, alguien acusa que le falta la lapicera. Inmediatamente, Schnitzler ordena que se revisen todas las valijas hasta que la lapicera aparezca. No sé si la situación me aburre o de verdad me estoy haciendo pis, pero no tengo mejor idea que levantar la mano y pedir permiso para ir al baño. Cuando vuelvo, Schnitzler me cuenta que la lapicera que faltaba había aparecido en mi valija. Con lo cual estaba confesando que había permitido que la abrieran en mi ausencia. Me limito a responder que yo no robé esa lapicera. Estoy seguro que nadie duda de mí, nadie puede imaginarse que yo podría quedarme con la lapicera de otro. Sin embargo, me quedan algunas certezas: alguien me tiene suficiente odio como para esconder un objeto robado en mi valija. También que no puedo confiar en Schnitzler, que permite que revisen mi valija (nunca pude saber quién la revisó, lo cual hubiese sido revelador: de una manera quizás obvia, quien la encontró pudo haber sido el verdadero ladrón que no imaginó nada mejor que ponerla en mi valija). Hasta ahora me sigo preguntando si Schnitzler realmente creyó que yo había robado la lapicera.