17 de febrero de 2017

Primo Levi. El exterminio y el lenguaje.

“El polaco era esa lengua incomprensible que nos recibió al final del viaje, pero no era ni mucho menos el polaco de la población civil que escuchamos ahora en los hoteles o en boca de nuestros acompañantes. Era un polaco zafio, vulgar, trufado de injurias e imprecaciones, que nosotros no comprendíamos; era realmente una lengua infernal. El alemán lo era todavía más, desde luego; era la lengua de los opresores, de las matanzas, pero muchos de los nuestros –yo, entre otros- la comprendíamos a retazos, no nos era desconocida, no era la lengua de la aniquilación. El polaco sí era la lengua de la aniquilación. Sin ir más lejos, anoche en el ascensor dos borrachos me produjeron una fuerte impresión: hablaban como entonces, no como los que nos acompañan, soltaban injurias, hablaban esa lengua que parecía estar hecha sólo de consonantes, verdaderamente la lengua del infierno”.


“Entre el hombre que puede hacerse comprender y el hombre que no puede hacerse comprender hay un abismo: uno se salvará, el otro no. También esto es fruto de la experiencia del Lager: la fundamental experiencia de la importancia de comprender y ser comprendido”.


“Para los italianos (la lengua) era una de las principales causas de mortalidad, comparado con otros grupos. Para los italianos y los griegos. La mayoría de los italianos como yo, murieron en los primeros días por no ser capaces de comprender. No entendían las órdenes, y no había ninguna clase de tolerancia para quienes no las entendían; había que entender la orden: nos gritaban, nos la repetían una sola vez y ya está, después arreciaban los golpes (…); aquello era el hundimiento total, también desde un punto de vista moral. A mi modo de ver, entre las primeras causas de tantos naufragios en el Campo, la lengua, el lenguaje encabezaba la lista”.

Primo Levi. Fragmentos de Regreso a Auschwitz. Entrevista de Daniel Toaff y Emmanuele Ascarelli para la TV italiana, 1982.

La imagen de hoy: "La ronda de los presos", de Van Gogh.


Henri Bergson. El objeto del arte.

Bergson se pregunta cuál es el objeto del arte y señala: “si pudiésemos entrar en comunicación directa con las cosas y con nosotros mismos, creo que el arte sería inútil, o más bien que todos nosotros seríamos artistas, pues nuestra alma vibraría entonces continuamente al unísono de la naturaleza".
Sin embargo, observa, “entre la naturaleza y nosotros, más aún, entre nosotros y nuestra propia conciencia se interpone un velo para el común de los hombres, pero sutil y transparente para el artista y para el poeta”. Para el hombre es necesario vivir y “la vida exige que captemos las cosas en la relación que guardan con nuestras necesidades. Vivir es actuar. Vivir es no aceptar de los objetos más que la impresión útil, para responder a ella mediante reacciones adecuadas. Las demás impresiones han de oscurecerse o no llegar a nosotros más que de un modo confuso".
Bergson señala que mis sentidos y mi conciencia sólo me entregan de la realidad una simplificación práctica, por la cual se borran las diferencias inútiles para el hombre y se acentúan los parecidos útiles. “Las cosas han sido clasificadas con vistas al partido que podré sacar de ellas”. Y esa clasificación es la que el hombre percibe, mucho más que el color y la forma de las cosas. Así como el lobo probablemente no pueda distinguir la cabra del carnero, nosotros establecemos diferencia entre ambos. Sin embargo, no distinguimos una cabra de otra cabra, ni un carnero de otro carnero. “La individualidad de las cosas y de los seres se nos escapa siempre que no nos sea materialmente útil percibirla. Y allí donde la observamos (como cuando distinguimos un hombre de otro hombre), no es la individualidad misma lo que nuestra vista capta, es decir, cierta armonía enteramente original de formas y colores, sino solamente uno o dos rasgos que facilitarán el reconocimiento práctico”.
Dice Bergson: “Diremos, en suma, que no vemos las cosas mismas; las más de las veces nos limitamos a leer unas etiquetas adheridas a ellas”. Y esta tendencia se ha acentuado más bajo la influencia del lenguaje, pues las palabras, exceptuando los nombres propios, designan géneros”. Por ejemplo, de nuestros sentimientos captamos solamente su aspecto impersonal, el que el lenguaje ha podido recoger de una vez por todas, porque es el mismo para todos los hombres. Pero de esta manera perdemos los mil matices fugaces y las mil resonancias profundas que hacen de nuestros sentimientos algo absolutamente nuestro. Y así, “en nuestro propio individuo, se nos escapa la individualidad”.
Para definir la tarea del artista, Bergson observa: “vivimos en una zona media, que está entre las cosas y nosotros, exteriormente a las cosas, y también exteriormente a nosotros mismos. Mas de tarde en tarde, por distracción, la naturaleza suscita almas más despegadas de la vida.(…) Hablo de un despego natural, innato a la estructura del sentido o de la conciencia, y que se manifiesta en seguida por un modo virginal, en cierto sentido, de ver, de oír o de pensar”.
“Para aquellos mismos de entre nosotros que la naturaleza ha hecho artistas, sólo accidentalmente y por un lado solo ha levantado el velo. Sólo en una dirección se ha olvidado de anudar la percepción a la necesidad. Y como cada dirección corresponde a lo que llamamos un sentido, por uno de esos sentidos, y solamente por ese sentido determinado, es por el que el artista está entregado al arte. De ahí, en su origen, la diversidad de las artes”. De esta manera, "tanto si se trata de pintura como de escultura, de poesía o de música, el arte no tiene más objeto que el de apartar los símbolos útiles desde el punto de vista práctico, las generalidades aceptadas convencional y socialmente, todo lo que, en suma, nos oculta la realidad, para ponernos frente a la realidad misma”. 
“El arte no es seguramente más que una visión más directa de la realidad. Mas esa pureza de percepción implica una ruptura con la convención útil,  un desinterés innato y especialmente localizado del sentido o de la conciencia, cierta inmaterialidad de vida, en suma, que es lo que siempre se ha llamado idealismo”.


Henri Bergson, La risa, capítulo III.