5 de diciembre de 2011
Sigmund Freud: Dos fragmentos de "El malestar en la cultura".

“El hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo. Homo homini lupus: ¿quién se atrevería a refutar este refrán, después de todas las experiencias de la vida y de la Historia? Por regla general, esta cruel agresión espera para desencadenarse a que se la provoque, o bien se pone al servicio de otros propósitos, cuyo fin también podría alcanzarse con medios menos violentos. En condiciones que le sean favorables, cuando desaparecen las fuerzas psíquicas antagónicas que por lo general la inhiben, también puede manifestarse espontáneamente, desenmascarando al hombre como una bestia salvaje, que no conoce el menor respeto por los seres de su propia especie. Quien recuerde los horrores de las grandes migraciones, de las irrupciones de los hunos, de los mogoles bajo Gengis Khan y Tamerlán, de la conquista de Jerusalén por los píos cruzados y aun las crueldades de la última Guerra Mundial tendrá que inclinarse humildemente ante la realidad de esta concepción.
“La existencia de tales tendencias agresivas, que podemos percibir en nosotros mismos y cuya existencia suponemos con toda razón en elprójimo, es el factor que perturba nuestra relación con los semejantes, imponiendo a la cultura tal despliegue de preceptos. Debido a esta primordial hostilidad entre los hombres, la sociedad civilizada se ve constantemente al borde de la desintegración. (…) La cultura se ve obligada a realizar múltiples esfuerzos para poner barreras a las tendencias agresivas del hombre, para dominar sus manifestaciones mediante formaciones reactivas psíquicas”.
“Los comunistas creen haber descubierto el camino hacia la redención del mal. Según ellos, el hombre sería bueno de todo corazón, abrigaría las mejores intenciones para con el prójimo, pero la institución de la propiedad privada habría corrompido su naturaleza.(…) Si se aboliera la propiedad privada, si se hicieran comunes todos los bienes, dejando que todos participaran de su provecho, desaparecería la malquerencia y la hostilidad entre los seres humanos. Dado que todas las necesidades quedarían satisfechas, nadie tendría motivo de ver en el prójimo a un enemigo; todos se plegarían de buen grado a la necesidad del trabajo”.
Agrega Freud: “No me concierne la crítica económica del sistema comunista; no me es posible investigar se la abolición de la propiedad privada es oportuna y conveniente; pero, en cambio, puedo reconocer como vana ilusión su hipótesis psicológica”. Y más adelante afirma: “El instinto agresivo no es una consecuencia de la propiedad, sino que regía casi sin restricciones en épocas primitivas, cuando la propiedad aún era bien poca cosa; ya se manifiesta en el niño, apenas la propiedad ha perdido su primitiva forma anal; constituye el sedimento de todos los vínculos cariñosos y amorosos entre los hombres, quizá con la única excepción del amor que la madre siente por su hijo varón”.
Sigmund Freud, El malestar en la cultura, 1929.
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En la foto: Sigmund Freud.
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21 de noviembre de 2011
CUADERNO INFANCIA 60

Venganzas.
Las dos anécdotas son muy parecidas, las dos son historias de venganza infantil.
La primera: estoy en séptimo grado en un colegio donde hice primero y segundo. Desde tercero a sexto he asistido a la Escuela Integral Maimónides, donde estudio (o mejor dicho no estudio) castellano a la mañana, inglés al mediodía y hebreo por la tarde. A medida que pasan los años los resultados son cada vez más desastrosos. Mamá, harta de mí y de las maestras que la convocan para señalarle que soy un mal alumno y que mi conducta es pésima, me saca de ese colegio de doble escolaridad y me vuelve a inscribir en el Alfredo Colmo, donde quienes fueron mis compañeros de primero y segundo me reciben con calidez y alegría. Sin embargo, en quinto grado hay dos chicos que no son tan amables conmigo. En los recreos un rubio con flequillo y de ojos de color castaño y un gordo de cachetes rosados se burlan de mí, me insultan desde lejos, me dicen las peores barbaridades. Y cuando quiero acercarme a ellos siempre logran escabullirse. Poco a poco se me transforman en una obsesión ya que no puedo salir al patio tranquilo y tampoco quiero generar una escena de pelea en medio del recreo.
Fuera del colegio, he conseguido, a mis once años, un trabajo de cadete de la farmacia que está sobre Avellaneda, entre Joaquín V. González y San Nicolás. Mi tarea consiste en mantener limpio el local, buscar con mi bicicleta los remedios de la droguería y repartirlos entre los clientes del barrio. La farmacia está cerca del colegio, por lo cual muchas veces me encuentro con alumnos de todos los grados. Una mañana, casi llegando al mediodía, yo he terminado todos los repartos y me dirijo de vuelta a la farmacia. De lejos veo algo que no puedo creer que sea verdad: el gordito de cachetes rosados que me insulta en los recreos en complicidad con el rubio se dispone a entrar en su casa. Está en la entrada de un edificio de departamentos y ha tocado el timbre del portero eléctrico. Espera que le abran. No dudo un instante. Trepo a la vereda con mi bicicleta, me bajo, la dejo acostada sobre las baldosas. El gordito me ve e inmediatamente entiende cuál es su destino. Tiene un primer impulso de correr, pero adivina que lo voy a alcanzar en dos segundos. A medida que me acerco, toca con desesperación el timbre una y otra vez. Sin que crucemos una sola palabra, lo tomo con una de mis manos y le pego repetidas veces con la otra. Suena la chicharra del portero eléctrico, demasiado tarde para él, que ya tiene toda la cara hinchada. Lo dejo entrar, me subo a mi bicicleta “Bambina” de color naranja y enfilo por la calle con una sensación de alivio profundo.
La segunda: en el mismo edificio de Mar del Plata donde pasamos las vacaciones con mi papá, un edificio que está ubicado en las calles Brown y Olavarría, hay un chico que también me insulta y se burla de mí. Se las arregla para decirme siempre las peores cosas de tal manera que yo pueda oírlo, pero no sus padres, de quienes nunca se separa. Su técnica astuta consiste en estar dos o tres pasos adelante de sus padres, proferirme insultos y burlas de todo tipo y retroceder inmediatamente cuando nota que me acerco a él. Tiene el pelo negro y un permanente gesto despectivo que me irritan enormemente. El chico se comporta como si supiera todo lo que me provoca y entonces sumara los insultos para terminar de enloquecerme. Sin embargo, una mañana de sol, apenas salgo del edificio, lo veo en la esquina, a pocos metros de mí. El chico, que evidentemente no puede contenerse, vuelve a insultarme. Yo busco a los padres para saber dónde están pero no los veo lo cual me hace pensar que es mi gran oportunidad. Me le acerco tan rápido como puedo, pero él, con toda tranquilidad y una sonrisa gira la cabeza y grita “Tío”, “Tío”. El tío es un hombre joven que está en la vereda de enfrente junto al capó abierto de un auto, en el que revisa algo del motor. Me queda claro que también esa vez tendré que resignarme a los insultos. Pero en el mismo momento en que el chico termina de llamar al tío, un colectivo que tiene su parada precisamente en esa esquina se detiene allí, se interpone entre el tío y el sobrino. La sonrisa del chico se convierte en un gesto de terror. En menos de un segundo su suerte se ha invertido. Mientras el colectivo se mantiene detenido para que la gente suba y baje en la parada, yo aprovecho para darle piñas a toda velocidad, le pego todo lo que puedo en el tiempo más breve. Cuando el colectivo arranca, vuelve a establecerse la comunicación entre el sobrino maltrecho y el tío. Pero yo ya me he refugiado de nuevo dentro del edificio.
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Dorothea Lange: Child in Shack Town
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27 de octubre de 2011
"La sangre de Gálvez" (Fragmento), de Héctor Levy-Daniel
Un aula de colegio. Madrugada. Tarski escribe sobre el pizarrón con una tiza. Masot lo observa.
TARSKI: Lo noto un poco inquieto, no.
MASOT: Inquieto. Puede ser.
TARSKI: Se demora, todo se demora. No se puede hacer nada.
MASOT: Es que hay algo... Usted y yo, acá. No termino de entender.
TARSKI: Es así. Hay que tener paciencia. (Pausa.) Siempre me gustó dibujar, sobre todo en el pizarrón. Era bueno. Por eso ahora, me miro la tiza en la mano y no lo puedo creer, después de tanto tiempo. Y el borrador, no cambió nada. La maestra siempre me hacía pasar, para que dibuje. Y claro, usted ahora me ve así, pero yo... Y cuando tenía tizas de colores, bueno, yo me sentía que era el artista del grado. Usted era bueno Masot, en el colegio, digo.
MASOT: Por qué me lo pregunta.
TARSKI: Por saber. Usted debía ser inteligente. Como ahora.
Pausa.
TARSKI: Pasó mucho tiempo.
MASOT: Demasiado. Ya no me acuerdo del colegio.
TARSKI: No, que no nos veíamos, digo. Hace rato que no tenemos una tarea juntos.
MASOT: Eso es lo que no entiendo, por qué usted y yo, de nuevo.
TARSKI: No quería encontrarse conmigo, Masot.
MASOT: No esperaba encontrarlo.
TARSKI: Yo sí. Sabía que lo iba a ver.
MASOT: Por qué sabía.
TARSKI: Un pálpito, o algo así. (Pausa.) Después de aquella noche...
MASOT: Qué noche.
TARSKI: La última vez que nos vimos. Se acuerda, también estaba Gálvez. O no. Se acuerda.
MASOT: Apenas.
Pausa.
MASOT: Qué pasa que tardan tanto. Le dijeron algo sobre la hora.
TARSKI: No.
MASOT: Y hasta cuándo vamos a esperar acá.
TARSK: Hasta que nos llamen.
MASOT: Sí, pero, si no nos llaman.
TARSKI: Usted sabe, primero la señal, para que estemos atentos.
MASOT: Desde que estamos acá me dice que ya va a llegar la señal, pero no llega. Cómo va a ser la señal, le dijeron.
TARSKI: Dicen que nos vamos a dar cuenta, tenemos que estar atentos.
MASOT: Cómo, no sabe cuál es la señal.
TARSKI: Lo único que sé es que tenemos que escuchar bien.
MASOT: Todo esto está muy raro. Y si no nos damos cuenta.
TARSKI: Me dijeron que la íbamos a reconocer.
MASOT: A lo mejor ya pasó y ni la escuchamos.
TARSKI: No pasó.
MASOT: Cómo puede estar tan seguro.
Masot mira hacia el exterior del aula.
Pausa.
TARSKI: Este traje lo estrenó hace poco, no.
MASOT: Sí.
TARSKI: Usted no cambió, eh. Siempre tan elegante. Se nota que es de buena calidad. El traje, digo. No como el mío, que está viejo y gastado. (Pausa.) Siempre quise verlo otra vez, Masot. Usted no.
MASOT: No sé.
TARSKI: No sabe.
MASOT: No pensé mucho en usted todo este tiempo. Ya le dije, no esperaba verlo de nuevo.
Pausa.
TARSKI: Esta es la Primera Junta, no. Este es Moreno, y este es Paso.
Nunca me pude aprender los nombres de los otros. Este... Beruti era. No, no sé. Usted sabe.
MASOT: Por qué no se queda quieto, Tarski.
TARSKI: Vamos, Masot, sí que sabe. Dígame: este es Moreno, de este me acuerdo. Y este.
MASOT: Matheu.
TARSKI: Y este.
MASOT: Azcuénaga.
TARSKI: Y este.
MASOT: Alberti.
TARSKI: Calles, todas calles, se da cuenta. El que está ahí es San Martín, ahí no me equivoco. (Pausa.) Qué oscuridad. Ya tendría que estar amaneciendo.
MASOT: No le dijeron por qué había que esperar acá.
TARSKI: No.
MASOT: No. Está seguro.
TARSKI: No me dijeron nada.
MASOT: No tiene ningún sentido que estemos aquí.
TARSKI: Por qué lo dice, por el aula.
MASOT: Hay algo... No puedo saber qué es.
TARSKI: La verdad es que cuando me dijeron un aula me puse contento, tan contento que ni pregunté.
Pausa.
MASOT: Y para qué nos mandaron acá.
TARSKI: Siempre esperamos cerca del lugar.
MASOT: Cerca del lugar. Pero qué tenemos que hacer.
TARSKI: Todavía no sabemos, Masot.
MASOT: Y hasta cuando vamos a esperar.
TARSKI: Cuando nos llamen, después de la señal.
MASOT: Pero la señal no llega.
TARSKI: Qué le pasa, lo noto un poco impaciente. Raro en usted.
MASOT: Es que usted y yo, Tarski, aquí, qué quiere que le diga...
Pausa.
TARSKI: A mí me gusta el recuerdo del colegio. A usted.
MASOT: Para qué quiere saber eso.
TARSKI: Seguro que también. Le gusta.
MASOT: No sé. Sí, creo que sí.
TARSKI: Y eso que yo de chico lo odiaba. A usted le gustaba.
MASOT: El colegio. Sí.
TARSKI: Mire usted.
Pausa.
TARSKI: Me gustaba el himno, todavía me gusta. Me gustaba cantar. Una vez tuve que actuar. Me pusieron de Belgrano. Tenía que recitar un párrafo enorme. Estuve días estudiando para que me quedara pero bueno, imagínese. Cuando tuve que subir al escenario, nada, ni una línea, mudo enfrente de toda la gente. Yo buscaba a mi mamá pero no la encontré. Hasta el día de hoy creo que se escondió. Nunca más me llamaron para un acto. A usted lo llamaron alguna vez.
Pausa.
MASOT: Sí.
TARSKI: De qué hizo.
MASOT: No hice de nada.
TARSKI: De nada. Y para qué lo llamaron.
MASOT: Yo llevaba la bandera.
TARSKI: No. No me diga. Me está hablando en serio.
MASOT: Sí.
TARSKI: Usted. La bandera. Por eso le gustaba el colegio. Abanderado. Cómo nunca me lo contó. Entonces usted era un bocho. El alumno modelo. No ve, siempre dije que usted era un bocho.
MASOT: Usted decía eso de mí.
TARSKI: Claro.
MASOT: No sabía.
TARSKI: Cómo no va saber. Yo lo dije siempre.
Pausa.
TARSKI: Qué sentía. Cuando llevaba la bandera, digo. Se sentía importante. Todos lo miraban.
MASOT: Termínela con eso.
TARSKI: Dígame, nunca hablé con un abanderado. Qué se acuerda de eso.
Pausa.
MASOT: No sé. La cara de mi tía, la sonrisa.
TARSKI: Y usted, estaba contento, se sentía feliz.
MASOT: Sí.
TARSKI: Feliz en el colegio. Eso sí que es raro. (Pausa.) Por qué su tía. Y su madre.
MASOT: Yo no conocí a mi madre. Murió muy joven.
TARSKI: Lo lamento, Masot.
Pausa.
MASOT: Un ruido. Hay alguien ahí afuera. (Masot se asoma por la puerta). Una mujer.
TARSKI: Una mujer. Cómo puede ver algo con toda esta niebla. Yo no veo nada.
La pieza "La sangre de Gálvez", de la cual se presenta solamente un fragmento, no ha sido estrenada aún.
TARSKI: Lo noto un poco inquieto, no.
MASOT: Inquieto. Puede ser.
TARSKI: Se demora, todo se demora. No se puede hacer nada.
MASOT: Es que hay algo... Usted y yo, acá. No termino de entender.
TARSKI: Es así. Hay que tener paciencia. (Pausa.) Siempre me gustó dibujar, sobre todo en el pizarrón. Era bueno. Por eso ahora, me miro la tiza en la mano y no lo puedo creer, después de tanto tiempo. Y el borrador, no cambió nada. La maestra siempre me hacía pasar, para que dibuje. Y claro, usted ahora me ve así, pero yo... Y cuando tenía tizas de colores, bueno, yo me sentía que era el artista del grado. Usted era bueno Masot, en el colegio, digo.
MASOT: Por qué me lo pregunta.
TARSKI: Por saber. Usted debía ser inteligente. Como ahora.
Pausa.
TARSKI: Pasó mucho tiempo.
MASOT: Demasiado. Ya no me acuerdo del colegio.
TARSKI: No, que no nos veíamos, digo. Hace rato que no tenemos una tarea juntos.
MASOT: Eso es lo que no entiendo, por qué usted y yo, de nuevo.
TARSKI: No quería encontrarse conmigo, Masot.
MASOT: No esperaba encontrarlo.
TARSKI: Yo sí. Sabía que lo iba a ver.
MASOT: Por qué sabía.
TARSKI: Un pálpito, o algo así. (Pausa.) Después de aquella noche...
MASOT: Qué noche.
TARSKI: La última vez que nos vimos. Se acuerda, también estaba Gálvez. O no. Se acuerda.
MASOT: Apenas.
Pausa.
MASOT: Qué pasa que tardan tanto. Le dijeron algo sobre la hora.
TARSKI: No.
MASOT: Y hasta cuándo vamos a esperar acá.
TARSK: Hasta que nos llamen.
MASOT: Sí, pero, si no nos llaman.
TARSKI: Usted sabe, primero la señal, para que estemos atentos.
MASOT: Desde que estamos acá me dice que ya va a llegar la señal, pero no llega. Cómo va a ser la señal, le dijeron.
TARSKI: Dicen que nos vamos a dar cuenta, tenemos que estar atentos.
MASOT: Cómo, no sabe cuál es la señal.
TARSKI: Lo único que sé es que tenemos que escuchar bien.
MASOT: Todo esto está muy raro. Y si no nos damos cuenta.
TARSKI: Me dijeron que la íbamos a reconocer.
MASOT: A lo mejor ya pasó y ni la escuchamos.
TARSKI: No pasó.
MASOT: Cómo puede estar tan seguro.
Masot mira hacia el exterior del aula.
Pausa.
TARSKI: Este traje lo estrenó hace poco, no.
MASOT: Sí.
TARSKI: Usted no cambió, eh. Siempre tan elegante. Se nota que es de buena calidad. El traje, digo. No como el mío, que está viejo y gastado. (Pausa.) Siempre quise verlo otra vez, Masot. Usted no.
MASOT: No sé.
TARSKI: No sabe.
MASOT: No pensé mucho en usted todo este tiempo. Ya le dije, no esperaba verlo de nuevo.
Pausa.
TARSKI: Esta es la Primera Junta, no. Este es Moreno, y este es Paso.
Nunca me pude aprender los nombres de los otros. Este... Beruti era. No, no sé. Usted sabe.
MASOT: Por qué no se queda quieto, Tarski.
TARSKI: Vamos, Masot, sí que sabe. Dígame: este es Moreno, de este me acuerdo. Y este.
MASOT: Matheu.
TARSKI: Y este.
MASOT: Azcuénaga.
TARSKI: Y este.
MASOT: Alberti.
TARSKI: Calles, todas calles, se da cuenta. El que está ahí es San Martín, ahí no me equivoco. (Pausa.) Qué oscuridad. Ya tendría que estar amaneciendo.
MASOT: No le dijeron por qué había que esperar acá.
TARSKI: No.
MASOT: No. Está seguro.
TARSKI: No me dijeron nada.
MASOT: No tiene ningún sentido que estemos aquí.
TARSKI: Por qué lo dice, por el aula.
MASOT: Hay algo... No puedo saber qué es.
TARSKI: La verdad es que cuando me dijeron un aula me puse contento, tan contento que ni pregunté.
Pausa.
MASOT: Y para qué nos mandaron acá.
TARSKI: Siempre esperamos cerca del lugar.
MASOT: Cerca del lugar. Pero qué tenemos que hacer.
TARSKI: Todavía no sabemos, Masot.
MASOT: Y hasta cuando vamos a esperar.
TARSKI: Cuando nos llamen, después de la señal.
MASOT: Pero la señal no llega.
TARSKI: Qué le pasa, lo noto un poco impaciente. Raro en usted.
MASOT: Es que usted y yo, Tarski, aquí, qué quiere que le diga...
Pausa.
TARSKI: A mí me gusta el recuerdo del colegio. A usted.
MASOT: Para qué quiere saber eso.
TARSKI: Seguro que también. Le gusta.
MASOT: No sé. Sí, creo que sí.
TARSKI: Y eso que yo de chico lo odiaba. A usted le gustaba.
MASOT: El colegio. Sí.
TARSKI: Mire usted.
Pausa.
TARSKI: Me gustaba el himno, todavía me gusta. Me gustaba cantar. Una vez tuve que actuar. Me pusieron de Belgrano. Tenía que recitar un párrafo enorme. Estuve días estudiando para que me quedara pero bueno, imagínese. Cuando tuve que subir al escenario, nada, ni una línea, mudo enfrente de toda la gente. Yo buscaba a mi mamá pero no la encontré. Hasta el día de hoy creo que se escondió. Nunca más me llamaron para un acto. A usted lo llamaron alguna vez.
Pausa.
MASOT: Sí.
TARSKI: De qué hizo.
MASOT: No hice de nada.
TARSKI: De nada. Y para qué lo llamaron.
MASOT: Yo llevaba la bandera.
TARSKI: No. No me diga. Me está hablando en serio.
MASOT: Sí.
TARSKI: Usted. La bandera. Por eso le gustaba el colegio. Abanderado. Cómo nunca me lo contó. Entonces usted era un bocho. El alumno modelo. No ve, siempre dije que usted era un bocho.
MASOT: Usted decía eso de mí.
TARSKI: Claro.
MASOT: No sabía.
TARSKI: Cómo no va saber. Yo lo dije siempre.
Pausa.
TARSKI: Qué sentía. Cuando llevaba la bandera, digo. Se sentía importante. Todos lo miraban.
MASOT: Termínela con eso.
TARSKI: Dígame, nunca hablé con un abanderado. Qué se acuerda de eso.
Pausa.
MASOT: No sé. La cara de mi tía, la sonrisa.
TARSKI: Y usted, estaba contento, se sentía feliz.
MASOT: Sí.
TARSKI: Feliz en el colegio. Eso sí que es raro. (Pausa.) Por qué su tía. Y su madre.
MASOT: Yo no conocí a mi madre. Murió muy joven.
TARSKI: Lo lamento, Masot.
Pausa.
MASOT: Un ruido. Hay alguien ahí afuera. (Masot se asoma por la puerta). Una mujer.
TARSKI: Una mujer. Cómo puede ver algo con toda esta niebla. Yo no veo nada.
La pieza "La sangre de Gálvez", de la cual se presenta solamente un fragmento, no ha sido estrenada aún.
2 de octubre de 2011
CUADERNO INFANCIA 59

Yo tengo unos diez años, es de mañana y por alguna razón yo estoy en el patio de la planta baja del colegio Maimónides. Cursé cuarto, quinto y sexto en el segundo piso, pero justo en ese momento estoy en el patio de la planta baja. De pronto se produce algún tipo de conmoción que yo puedo adivinar a través del movimiento brusco de los pocos adultos que nos rodean, algunos maestros y quizá la misma directora. A pesar de que estamos en el recreo, dan unas palmadas, lo dan por terminado y nos ordenan que volvamos a las aulas. Probablemente me meto en un aula que no es la mía, junto con otros compañeros. En pocos segundos el patio se vacía por completo y nosotros quedamos pegados a los vidrios de la ventana esperando algún espectáculo impresionante que justifique la interrupción brusca del recreo. Todos presentimos que si no nos movemos de la ventana vamos a asistir a alguna escena atroz que no nos queremos perder. En menos de un minuto vemos pasar a través del patio a dos o tres hombres vestidos de blanco que vienen desde la calle y se dirigen hacia el fondo del colegio. Luego de un lapso muy breve los mismos hombres atraviesan el patio hacia la calle portando una camilla en la que se encuentra acostado Recalde, el portero. Durante los días que siguen no tenemos ninguna información acerca de su salud. Incluso llegamos al viernes sin la menor noticia. El sábado a la mañana me despierto algo sobresaltado porque acabo de soñar con la muerte de Recalde, pero no tengo la oportunidad de comentar mi sueño con nadie. Cuando el lunes a la mañana llego al colegio, nos hacen formar como siempre antes de comenzar la clase. Sin embargo, cuando advertimos que la directora se prepara para dar un pequeño discurso adivinamos lo peor. La directora nos comunica brevemente que Recalde, el portero, falleció el sábado a las 9 de la mañana.
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Chicos músicos. Sin autor.
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