14 de julio de 2018

Bertolt Brecht. "El animal predilecto del señor K".



Cuando le preguntaron al señor K. cuál era el animal que más apreciaba, nombró al elefante y fundamentó su predilección en los siguientes términos:

-El elefante combina la astucia con la fuerza. Pero no es esa astucia mezquina que basta para rehuir una asechanza o agenciarse la comida sin llamar la atención, sino la astucia que dispone de la fuerza para realizar grandes empresas. Dondequiera que haya estado este animal deja una amplia huella. Pero es bondadoso y entiende las bromas. Es un buen amigo, como también un buen enemigo. Ser tan grande y pesado no le impide ser veloz. Su trompa lleva hasta su enorme corpachón los alimentos más menudos, incluso las nueces. Sus orejas son intercambiables: sólo escucha lo que le conviene. También alcanza una edad provecta. Y es un animal sociable, no sólo con los elefantes. En todas partes es tan amado como temido. Cierta ironía ha hecho posible que hasta pueda ser objeto de veneración. Tiene una piel muy gruesa, en la que los cuchillos se quiebran. Pero su temperamento es tierno. Puede entristecerse y encolerizarse. Le gusta bailar. Muere en la espesura. Ama a los niños y a otros animales pequeños. Es gris y sólo llama la atención por su corpulencia. No es comestible. Sabe trabajar bien. Le gusta beber y se alegra. Y algo hace por el arte: suministra marfil.

(En Historias del señor Keuner).

12 de julio de 2018

Robert Musil. Fragmento de su relato "Grigia", incluido en el libro "Tres mujeres".




"Muy al principio Homo escuchó un relato que le tuvo bastante preocupado. No hacía de ello mucho tiempo, quizá sucedió en los últimos quince años, un labrador que había estado fuera largo tiempo regresó de América y volvió a acostarse con su mujer. Durante algún tiempo se sintieron muy contentos por estar unidos otra vez y se dieron buena vida hasta que se gastaron el último dinero. Como entonces aún no habían llegado los nuevos ahorros que tenían que venir de América, el labrador se fue de casa a ganarse la vida haciendo de buhonero –como todos los labradores de aquella región-, mientras la mujer volvía a ocuparse de la casa y del campo, que apenas daba ganancia. Pero él no volvió más. En cambio, pocos días después llegó de América el dueño de una finca muy apartada de la primera; le recordó a su mujer los días exactos que había pasado desde que se había ido, le pidió la misma comida que ella le había preparado el día de la despedida, sabía aún todo lo referente a la vaca que hacía mucho ya no tenía, y logró arreglárselas bien con los hijos que le había deparado otro cielo del que él había visto mientras tanto. También este labrador, tras una temporada de holgura y buena vida, se fue con su buhonería y nunca más volvió. Esto pasó aún en la comarca una tercera y una cuarta vez, hasta que se descubrió que era un estafador que había estado trabajando allá con los maridos y les había sacado toda clase de información. Las autoridades de cierto lugar lo detuvieron y lo encarcelaron, y ninguna de las mujeres volvió a verle jamás. Se decía que toda lo habían sentido mucho, ya que a todas les hubiera gustado tenerlo algunos días más para compararlo con su recuerdo a fin de no quedar en ridículo, pues todas creían haber notado algo que no correspondía del todo con la imagen del ausente, pero ninguna se sintió lo bastante segura para llevar las cosas al extremo de poner dificultades al marido que volvía para ocupar su puesto”.

La imagen de hoy: "Monomaníaca de la envidia" o "La hiena", de Géricault


23 de junio de 2018

Cesare Pavese. La poesía ilumina la realidad.


"Todo poeta se ha angustiado, maravillado y ha gozado. La admiración por un gran pasaje de poesía no se dirige nunca a la pasmosa habilidad del poeta, sino a la novedad del descubrimiento que contiene. Inclusive cuando sentimos un latido de alegría al encontrar un adjetivo acoplado con felicidad a un sustantivo (sin que uno y otro se hayan visto antes juntos), no nos asombramos por la elegancia de la combinación, por la presteza del ingenio, por la habilidad técnica del poeta que eso logra, sino nos maravillamos por la nueva realidad que ha sido iluminada".


Cesare Pavese. El oficio de vivir.





2 de noviembre de 2017

La imagen de hoy: "En memoria de Karl Liebknecht", de Kollwitz


Prischepa. Por Isaac Babel



Me dirigía a Léchniuv, en donde se había instalado el estado mayor de la división. Mi compañero de viaje continuaba siendo Prischepa, joven kubanés, pícaro incansable, depurado comunista, futuro trapero, despreocupado, sifilítico y tardo mentiroso. Llevaba un caftán circasiano carmesí confeccionado con paño fino, y un capuchón aboatado caído sobre la espalda. Por el camino me contó su vida…
Hace un año, Prischepa huyó de los blancos. Como represalia, estos tomaron como rehenes a los padres del joven y los fusilaron en la sección de contraespionaje. Los vecinos saquearon los bienes de la casa. Al ser expulsados los blancos del Kubán, Prischepa volvió a su aldea natal.
Ocurrió por la mañana, al amanecer, cuando el sueñito del mujik suspira bajo el agriado bochorno. Prischepa enganchó un carro oficial y fue por el pueblo recogiendo su gramófono, sus tinas de kvas y las toallas bordadas por su madre. Se echó a la calle con abrigo negro y un puñal curvo en el cinto; el carro iba rodando detrás. Prischepa fue de un vecino a otro, y la huella sangrienta de sus plantas iba dejando un rastro tras él. En las casas donde el cosaco encontraba objetos de su madre o la pipa de su padre, dejaba viejas apuñaladas, perros colgados sobre el pozo, iconos emporcados con excrementos de animales. Fumando sus pipas, los aldeanos seguían sombríamente, con los ojos, el camino de Prischepa. Los cosacos jóvenes se dispersaron por la estepa y llevaron la cuenta de las víctimas. Esta cuenta iba creciendo, el pueblo callaba. Cuando hubo terminado, Prischepa volvió a la vacía casa de sus padres. Colocó los recuperados muebles en el orden que recordaba de su infancia y mandó por vodka. Encerrado en la casa, estuvo dos días bebiendo, cantando, llorando y dando sablazos sobre la mesa.
La tercera noche, el pueblo vio humo sobre la isba de Prischepa. Chamuscado, con la ropa desgarrada, Prischepa salió tambaleándose, sacó una vaca del establo, le puso el revólver en la boca y disparó. La tierra giraba bajo sus pies, un círculo de azuladas llamas salía volando por las chimeneas y se desvanecía. Un ternero abandonadlo gemía en el establo. El incendio resplandecía como un domingo. Prischepa desató el caballo, saltó sobre la silla, arrojó al fuego un mechón de sus cabellos y desapareció.
FIN

12 de octubre de 2017

Bertolt Brecht. El señor Keuner y la originalidad

Hoy en día, se quejaba el señor Keuner, son innumerables los que se ufanan públicamente de poder escribir grandes libros totalmente en solitario, y esto es algo que todo el mundo aprueba. El filósofo chino Xuang Tse escribió aún en su edad madura un libro de cien mil palabras, integrado por citas en sus nueve décimas partes. Libros semejantes no pueden ya escribirse en nuestros tiempos, pues falta el espíritu necesario. Por eso sólo se fabrican ideas en el propio taller, y quien no las produce en cantidad suficiente se considera a sí mismo un holgazán. Cierto es que así tampoco hay ninguna idea que pueda ser adoptada ni formulaciones de ningún pensamiento que pueda ser citado. ¡Qué poco necesita toda esa gente para desarrollar su actividad! ¡Una pluma fuente y algo de papel es lo único que pueden mostrar! ¡Y sin ninguna ayuda, con el escaso material que un solo hombre puede transportar en sus brazos, construyen ellos sus cabañas! ¡No conocen edificios más grandes que los que es capaz de levantar una sola persona!