2 de noviembre de 2008

Monólogo del personaje de la madre. Material de investigación para una pieza teatral

La mujer: fotos de mis hijos, mis cuatro hijos. Todos son fuertes y eso se les nota en la mirada, en las fotos. Todos tienen la misma manera de mirar. Yo estoy orgullosa de ellos, o al menos lo estuve. Miren esta foto, de Dante. Aquí tiene quince años. Todavía no se adivina en él esa pasión por el peligro que lo iba a llevar de un lado para otro, a través de todo el mundo. Mírenle la cara, los ojos bien claros, como los pude ver la primera vez, recién salido de la panza. Me acuerdo que apenas me lo pusieron en los brazos, alcancé a verle los ojos y dije “uy, tiene ojos claros, a quién sale con ojos claros” y alguien me dijo, “no, todavía no se puede saber” pero yo no le hice caso porque sabía que Dante (habíamos hablado con Alberto que si era varón se iba a llamar Dante) iba a tener ojos celestes, tan segura como que lo estaba viendo. Y bueno, en esta foto tiene estos mismos ojos. Y las cejas bien pobladas, y todavía tiene algunas pecas, con el tiempo se le fueron borrando. Y esa nariz perfecta, recta, ni grande ni chica, que le dan un aire como serio, a pesar de que por los ojos parece que siempre se está riendo. Lo que pasa es que creo que no es solamente por los ojos, Dante tenía un gesto en la boca que lo hacía parecer siempre contento, siempre a punto de reírse. Vean, los labios gruesos, aquí también tiene ese gesto, no se ríe de verdad pero parece que en cualquier momento se va a reír, o peor, parece que se está burlando de alguien. Esta cámara que le cuelga se la regaló Alberto. Dante había insistido durante años para que le regalen la cámara y al final mi esposo consiguió una oportunidad de comprársela usada, a un amigo que la iba a cambiar. Dante era muy agradecido. Una mañana Alberto lo despertó y lo hizo levantarse con una voz medio seria. Dante se puso los pantalones como pudo y se apareció descalzo en el comedor. Preguntó qué pasaba y Alberto no le contestó. Dante me miró a mí, que apenas podía contener la risa. A Alberto le encantan este tipo de chistes. Dante se sentó sin quitarle la vista de encima y Alberto le puso una caja de zapatos enfrente. Dante volvió a mirar a Alberto y abrió la caja. Cuando vio la cámara, dio como un grito. La sacó de la caja, la miró, la volvió a mirar, la disparó una, dos, tres, diez veces, se la colgó y después corrió a abrazar al padre. La cámara se interpuso entre los dos, como se iba a interponer tantas veces entre Dante y el padre, entre Dante y yo. Pero en ese momento se la puso a un costado y los dos se abrazaron con toda sus fuerzas. A mí me pareció que Dante iba a llorar. Cuando se separó de Alberto me abrazó también a mí. Esa misma tarde Dante la empezó a usar. Aunque tuvo otras, nunca quiso vender esta. La guardaba más que como un recuerdo, la guardaba como un tesoro raro, que solamente a él le era permitido tener. Tengo el recuerdo de entrar en la habitación y encontrarlo a Dante, la música bien alta, limpiando con una franela la cámara una y otra vez hasta dejarla refulgente, a pesar de que era una Canon negra. Es, en realidad, porque aunque Dante hace mucho que no duerme en su habitación, la cámara todavía está ahí, en su funda, adentro del armario.
La última vez que lo vi a Dante fue un veinticuatro de noviembre. Había pasado un mes aquí, en la ciudad, aunque en el departamento que compartía con su amiga, Betiana. Pero durante ese mes, me vino a visitar prácticamente todos los días. Antes había estado ausente por más de dos años, en los que no había tenido noticias de él. Había pasado por Africa, por Colombia, por Pakistán. Pero por fin había vuelto. Muchas veces había venido con Betiana y los dos se habían quedado a almorzar, o a cenar. Yo le hacía preguntas sobre el viaje y Dante no hablaba mucho, contestaba lo necesario y nada más. Supongo que no quería asustarme contándome lo que había tenido que vivir en los lugares del mundo donde estuvo. Más tarde, por una coincidencia, me enteré de que en Africa había tenido malaria y se había salvado de morir por pura casualidad. Desde que se fue la primera vez como corresponsal siempre me pregunté, cada vez que me despedía de él (o mejor dicho, él se despedía de mí) si no sería la última vez que lo iba a ver. Nunca traté de disuadirlo de este trabajo porque sabía que era algo que corría por sus venas y era imposible pedirle que tratara con otra cosa. Pero nunca pude vivir sin miedo, nunca pude pasar un solo día sin preguntarme dónde estaría, qué estaría comiendo, si tendría demasiado frío o demasiado calor, si estaría corriendo algún peligro, si estaría vivo o ya habría muerto. El tiro en la pierna que recibió en Somalía lo mantuvo en secreto. Fui yo la que lo arrinconé una vez que estuvimos en una quinta y pude verle la pierna cuando se puso la malla para ir a la pileta. Caminaba con naturalidad y era obvio que se había olvidado de la cicatriz. Pero cuando la vi, inmediatamente le pregunté: me acuerdo que hizo un gesto como de resignación y recién entonces me contó que una bala perdida le había atravesado el muslo. La bala había entrado y había salido, él había perdido mucha sangre aunque nunca llegó a estar en peligro de morir. Esto no me lo dijo él nunca sino que me lo contó Polo muchos años después. Y ahora mismo, cuando todo hace pensar que Dante está muerto, que ya no hay ninguna esperanza, ahora que incluso hay testigos que dicen haberlo visto morir, no hay día en que no me pregunte dónde estará, cómo se estará alimentando, quién lo estará cuidando del frío o del calor, si se habrá metido en alguna situación de peligro. No puedo hacerme la idea de que Dante no va a volver. No puedo pensar que su cuerpito quedó tirado en el barro, en medio de una guerra. Por eso cada dos o tres días abro los armarios de la habitación de Polo, reviso su ropa, sus zapatos, todo aquello que todavía le pueda servir. Incluso soy yo la que ahora saca la cámara Canon negra, la primera y soy yo la que le pasa la franela para que quede refulgente, mientras pienso en Dante, en el momento en que me lo pusieron en brazos y le vi por primera vez los ojos azules, en las mañanas frías en que lo llevaba al jardín, en el primer día de clases cuando entró a primer grado, en el día en que terminó la secundaria, que estaba tan contento, en el día que Alberto le regaló esa cámara, en los momentos en que Dante volvía a la ciudad y me tocaba la puerta de sorpresa y me abrazaba y me aseguraba que había vuelto, que era él en persona. Con mi mente recorro todas las imágenes de Dante, recuerdo sus manos suaves, como de mujer, las siento sobre mis mejillas, revivo su mirada en la mía. Quién puede asegurarme que Dante no va a volver a golpear en mi puerta para darme la sorpresa que estoy esperando, la sorpresa que es mi vida entera.

La imagen de hoy: "Chop Suey" de Hopper"

Agamben: hombre y lenguaje





“Nunca encontramos al hombre separado del lenguaje y nunca lo vemos en el acto de inventarlo... Encontramos en el mundo a un hombre hablante, un hombre que le habla a otro hombre, y el lenguaje suministra la definición misma de hombre. Por lo tanto, el hombre tal como lo conocemos se constituye como hombre a través del lenguaje, y la lingüística, por más que se remonte hacia atrás en el tiempo, nunca llega a un comienzo cronológico del lenguaje, un ‘antes del lenguaje’.

Giorgio Agamben. Infancia e Historia, Editorial Adriana Hidalgo, p.67.