7 de junio de 2009

CUADERNO INFANCIA 38


El oculista me ha recetado lentes. Por primera vez en mi vida de miope voy a usar anteojos: estos son de marcos negros, gruesos, transforman mi apariencia de manera total. A partir de ahora veo el mundo a través de dos cristales. Cuando llego al colegio con los lentes puestos (no me los voy poniendo de a poco sino que llego con los anteojos como diciendo “bueno, aquí estoy, aquí me tienen, esta es mi nueva cara y espero que la acepten”) me acuerdo perfectamente de la frase de Silvia, cuando me ve: “¿Héctor con lentes?” No sé cuánto tiempo los usé, no sé si fueron sólo unos meses o llegué a cumplir un año. Tiempo después, un viernes discuto con alguien, probablemente con Marcelo Ohana y me preparo para pelearme. Para no estropear los lentes, los guardo en el bolsillo exterior de la valija, que se abre con un cierre. No sé si finalmente llego a las piñas pero no vuelvo a ponerme los anteojos. El domingo a la noche mamá me pregunta dónde están y yo no puedo recordar dónde los dejé. Los buscamos por toda la casa y papá también se pone a buscar. De pronto mamá trae la valija, abre el bolsillo exterior con el cierre y extrae los lentes totalmente estrellados. Por querer cuidarlos los hice pedazos. Papá, indignado, me agarra del pelo y me agita la cabeza. No vuelvo a usar lentes hasta los diecinueve años, cuando tengo que sacar la licencia de conducir.