18 de enero de 2011

El relato del Mariscal. Capítulo 5.

Mi tía ya no exhibía su sonrisa burlona cuando a las nueve nos sentamos a la mesa para cenar con mamá. Ella jamás se enteró de nuestro encuentro en el consultorio y eso me hacía pensar que el juego había sido verdaderamente serio, pues si la tía Elisa se lo ocultaba era porque mamá no se lo iba a perdonar. Había traspasado un límite y de alguna manera estaba en mis manos. Pero yo no tenía coraje para contarle semejante cosa a mamá y además sentía gran amor por mi tía. Sin embargo, ella no era una persona que se daba por vencida ante el menor peligro: iba a volver sobre mí. Todavía nos quedaba por delante otra reunión secreta, última y definitiva. Yo adivinaba que Elisa no iba a permanecer mucho tiempo más con nosotros. Y aunque tardó unos dos meses en dejarnos, finalmente se fue y no volvió por tres años, período fundamental de mi vida en el cual se decidieron una gran cantidad de cosas para mi futuro.
Desde la muerte de mi padre mamá hizo lo posible para que yo no me sintiera desamparado. Y aunque mientras él vivió nunca me había faltado nada que ella pudiera darme, ahora que había muerto ella se deshacía por cumplir mis menores caprichos. Se presentaba ante mí casi como una esclava que no pensaba sino en aquello que me sería provechoso. Mi padre nunca ignoró -ni yo tampoco- que a pesar de todos sus esfuerzos para retenerla en la casa ella se las ingeniaba para salir con otros hombres. No obstante, jamás pudo comprobarlo, lo que quizás le llevaba a creer que las presuntas aventuras de mamá no eran sino el resultado de su imaginación febrilmente celosa. Sólo una vez mamá se vio verdaderamente en peligro, una tarde en que salió con el pretexto de ir a la modista y mi padre logró seguirla sin que lo notara. Ella entró en un garage con cocheras para cientos de autos, en uno de los cuales, un viejo Peugeot, la estaba esperando un amante ocasional. Mi padre cometió el error de bajarse del auto para entrar en el garage a pie. Ella lo vió apenas salieron en el Peugeot. Mi madre comprendió inmediatamente que mi padre la había seguido, le explicó todo a su compañero y lo obligó a que la dejase en la casa de la modista. Cuando papá llegó, mamá hacía rato que fingía preparar la comida en la cocina. Mi padre le preguntó dónde había estado y mamá con total tranquilidad le respondió que había estado con la costurera. Mi padre, furioso, le relató inmediatamente que la había seguido y la acusó de mentirle de manera descarada. Mamá, con delicada ironía le insinuó que había seguido a otra mujer y llamó a la modista para que hablara con él. Sorprendida, la modista le relató los cambios en el escote y en la falda que mi madre le había encargado, además de la confección de un vestido nuevo en una seda de color azul. Mi padre vaciló pues conocía a la costurera y no podía suponer que una persona tan seria como esa estuviera en complicidad con mamá. Después de ese día mamá tuvo muchísimo más cuidado en los pasos que daba y elaboró estrategias mucho más complejas para encontrarse con sus amigos.
Sin embargo, ahora que mi padre ya no existía, mi madre no mostraba ninguna urgencia por salir, sino que, según me decía, deseaba estar conmigo todo el tiempo que pudiera. Suponía que la muerte de mi padre me había afectado y creía que no debía separarse de mí. En esos tiempos comenzó mi pasión por la lectura. Mi madre me compró una enciclopedia enorme que yo asimilaba con avidez. Leía todo lo que tuviera que ver con la biología, la mecánica, la química, la medicina, algo de arte. Pero lo que verdaderamente acaparaba toda mi atención era la geometría. Me fascinaba desde chico encontrarme con las formas perfectas de las figuras, los cuerpos en el espacio, los planos. Me parecía una cosa extraordinaria que con breves fórmulas se pudieran pensar extensiones y dimensiones en apariencia tan complejas. Mi madre no podía entender que con diez años yo me preocupara por temas tan abstractos y difíciles. Y que además lograra una comprensión bastante profunda, al punto que antes de cumplir doce años yo había logrado un conocimiento en la materia equivalente al que puede tener ahora cualquier estudiante secundario avanzado. Muchas veces la oí decir (sin que supiera que la estaba escuchando) que yo era un superdotado, adelantado para mi edad en la mayoría de las cosas, incluso en mi desarrollo físico. En verdad yo era mucho más grande y fornido que mis compañeros de curso y prácticamente parecía un adolescente. Mamá nunca había visto en mí a un niño sino a un hombre pequeño, el cual iba acercándose cada vez más a su propia figura de adulto aunque sin sufrir transformaciones. Mi condición física fue determinante en el vínculo que llegué a establecer con ella. Muchas veces me encontraba con el libro sobre la mesa, se arrimaba a mí y me acariciaba la cabeza con una especie de admiración melancólica. A la tía Elisa tampoco le parecía un chico común aunque por otras razones. Como me confesó algunos años después ella percibía en mí algo que la impulsaba a erotizarse, pero no podía precisar si era algo en mi manera de mirarla o en mi boca o en mi cuerpo robusto, pero evidentemente ella gozaba enormemente cuando se veía desnuda delante de mí. Una noche entró en mi habitación con el pretexto de que tenía algo para contarme. A través de las transparencias de su camisón yo podía adivinar que estaba absolutamente desnuda y por lo tanto sospechaba que algo iba a pasar esa noche entre ella y yo, como las veces anteriores. Se acostó junto a mí y me contó que se iría dentro de pocos días a Colombia, donde unos amigos la esperaban. Pero mientras hablaba, y con la mayor naturalidad, se había sacado el camisón y apoyaba, como la última vez en el consultorio, mis manos en sus tetas. Pasados cinco minutos la tía había cesado de hablar, excepto para decir que moviera mis manos más despacio. Tuvo un impulso de llevar sus manos a mi sexo, y de hecho lo llegó a acariciar, pero se detuvo como quien recuerda un límite sagrado y retiró su mano rápidamente. Yo estaba esa noche más animado que de costumbre y me atreví sin pensar demasiado a bajar la mano derecha desde sus tetas a su vientre hasta alcanzar su nutrida mata de pelos. En vez de detenerme, como yo temía, la tía Elisa me alentó con la exhalación de un gemido grave y contenido. Cuando alcanzaba a colocarme la boca sobre el cuello, la puerta se abrió. Pudimos ver que una silueta a contraluz se plantaba delante de nosotros. Mi madre no emitió sonido, iluminó la habitación y ordenó con la mirada a la tía que se vistiera y se fuera. Elisa obedeció y no trató de dar explicaciones. Esa noche estuvieron discutiendo hasta las tres de la madrugada. Mi madre conservaba una voz calma y prudente. En cambio la tía exhalaba algunos gruñidos justificatorios. Nunca pude enterarme de qué fue lo que se dijeron. Pero al día siguiente, la tía Elisa dejó la casa después de darme un beso a mí y despedir con un abrazo a mamá. Nunca más las volví a ver juntas.

6 de diciembre de 2010

La imagen de hoy: "Pescadores", de Seurat.

Federico Fellini: la misma película


Decir que mis películas son autobiográficas es una salida estúpida. Me he inventado mi propia vida. La he inventado a propósito para la pantalla. Antes de rodar mi primera película, lo único que hice fue prepararme para ser lo suficientemente alto y grande y cargarme de toda la energía necesaria para llegar a gritar un día la palabra acción. He vivido para descubrir y crear a un director: nada más. Y no recuerdo ninguna otra cosa, pasando por uno que vive su vida expresiva en los grandes almacenes de la memoria.

Nada es cierto. No hay nada de anecdótico, de autobiográfico en mis películas. Sin embargo sí está el testimonio de una determinada época que he vivido. En este sentido mis películas son autobiográficas: pero de la misma forma que cada libro, cada verso de un poeta, cada color de un lienzo, es autobiográfico.

Nada de lo que dicen es cierto. No quiero hacerme demasiadas ilusiones sobre mí, ni me interesa hacérmelas además.

No sé distinguir una película de otra; hablo de mis películas. Para mí siempre he rodado la misma película; se trata de imágenes y solo imágenes, que he rodado con los mismos materiales, quizá de vez en cuando empujado por distintos puntos de vista.

Lo que sé es que tengo ganas de recontar. No lo digo por coquetear con la modestia, sino porque francamente recontar es el único juego que vale la pena jugar. Es un juego necesario para mí, para mi fantasía, para mi naturaleza. Cuando lo juego me siento libre, me siento desembarazado. Y en esto soy afortunado: puedo jugar con este juego que es el cine.

Los estudios en penumbra, las luces apagadas, tienen para mí un encanto que debe tener que ver con una parte muy oscura de mí mismo. Levantar un bastidor con mis propias manos, maquillar a un actor, vestirlo, estimular un gesto, una reacción imprevisible, son cosas que me afectan, que absorben completamente toda mi energía.

Hago una película como huyendo, como una enfermedad que hay que padecer. Decido rodar, o llego al set a rodar, cuando estoy vencido por el odio, cuando caigo en el rencor. Es una creación que se inspira en signos de simpatía. Hago todo lo que sea necesario, puntillosamente, cada vez con más detalle, pero víctima de un estadio de fastidiosa rabia. Al final tengo que alejarme de la película y ¡ay! si no me alejo.

No quisiera hablar nunca de ella, pero hablar de la película que se ha rodado forma parte de un ritual de tipo comercial del que es imposible librarse. Las agencias de prensa se ponen en marcha, los teléfonos empiezan a sonar: llegado este momento es como tener delante un espejo. Sería mejor callarse.

Sin embargo me gusta todo ese circo del cine. Aunque con mis películas no mantengo buenas relaciones: es una relación de recíproco menosprecio.

Tengo complejo de criminal. No quisiera dejar huellas ni rastros de todo lo que me ha costado una película. Destruyo todo. Sólo tiene que quedar la película, desnuda y acabada. De la misma forma que no quisiera hacer confesiones.

Ahora, ya he visto esta dichosa película. Tiene algo que se asemeja mucho a mi naturaleza. Sin embargo...

14 de noviembre de 2010

Dos poemas de Juan Gelman


comentario XVIII (gardel y lepera)

Sucede que/de día/de noche/soy
el castigado por tu ausencia/vos linda como un sol/
y tenés piecesitos como dulce esperanza
que andan por mi saliva como

tus ojos/soñándomé/olvidándomé/
sangrándomé de adiós/o como
el arroyito de tu pelo que
llevo escondido como un fuego

que ilumina a este mundo tan chico
para mi humilde amor/oigo la vida
en vos/soleada/florida/caminito
que ardés como clavel

del cielo/callejón
donde amuro la pena y subís/
nido suavísimo o valor/o chamuyo/misterio
que me reúne el corazón


comentario XXI


no sé qué hago fuera
de tu dulzura/a no ser
aprender a volver hacia ella
para no ser otra cosa que vos/verte

para volver desde fuera de vos
con los jugos del mundo/y partir
a los jugos de vos/este vuelo
de vos a vos donde cada

palabra es resplandor de vos/
o sea sombra de vos donde
me corroboran con dulzuras
arrancadas de vos/o furia o fuego

donde ardés como vos/es decir ala
que alás para mejor/suavidad
que me pensás contra la muerte/puerta
donde me entro como a vos


Los dos poemas pertenecen a Comentarios, incluidos en el libro Interrupciones I, editado por Seix Barral

8 de noviembre de 2010

La imagen de hoy: "Edipo y la Esfinge", de Bacon.

Cuaderno Materiales. Un sueño de Magda Goebbels. Para "La inquietud de la señora Goebbels".


Magda: Un sueño. Yo camino por una calle de Berlín y tengo la sensación de que alguien me sigue. Me doy vuelta, la calle está vacía y sin embargo, puedo escuchar perfectamente los pasos de alguna persona que camina detrás de mí. Tengo puesto un vestido marrón, el sol me da en la cara y en el cuerpo, siento una satisfacción enorme. Pero no me olvido de la persona que me sigue.
De pronto, cuando llego a la esquina me encuentro con una multitud. Trato de avanzar como puedo entre la gente pero no me es fácil. Camino, entre muchos hombres que miran en la misma dirección. Escucho una voz inconfundible, que es la voz del Führer. Todos miran en dirección a él. Yo quiero que me vea y camino entre la gente cada vez más rápido para llegar cuanto antes al palco. El Führer no me ve, pero Josef sí. Me hace una seña mínima con la mano, una seña que sólo yo puedo ver y Josef lo sabe. Josef también sonríe mínimamente y sólo yo me puedo dar cuenta. El Führer lo nombra a Josef, todos los que están abajo lo aclaman, Josef vuelve a sonreírme, esta vez me muestra toda su sonrisa, me la dedica, yo sé que entre tantas personas solamente a mí me está sonriendo. Poco a poco me voy acercando al palco. Y siento que detrás de mí todavía está mi perseguidor, que también avanza entre la gente, aunque yo me dé vuelta y no pueda reconocerlo, él sigue ahí, separado tan sólo por unos metros. Llego por fin al palco, Josef se acerca al borde, me tiende una mano. Tomo la mano de Josef, que da uno o dos pasos para atrás y me ayuda a que yo trepe. El Führer sigue con su discurso y todos lo aclaman, una vez más. Cuando ya estoy en el palco, miro a la multitud, a todos los hombres y mujeres que están allí, de frente a nosotros con el brazo en alto. Trato de identificar entre tantas personas a mi perseguidor pero cuando creo que estoy a punto de encontrarlo se desvanece una vez más. Presiento que el Führer se distrae por unos segundos y que tiene la mirada puesta en mí. Entonces miro a un costado y lo veo a Hitler, que me sonríe. Yo le sonrío también y así quedamos mientras el tiempo se detiene. El Führer vuelve a su discurso, yo vuelvo a buscar a mi perseguidor. Entonces distingo entre esa marea de brazos en alto un par de anteojos redondos que me miran: ahora sí lo veo, es Víctor, que se mantiene impasible ante tanta euforia, que no se mueve, que casi no respira. Yo quiero poner la vista en otro lado pero no puedo, los ojos de Víctor, detrás de esos lentes redondos, me hipnotizan, no me permiten disfrutar de la fiesta del Partido, no puedo pensar en otra cosa, no puedo mirar sino en la dirección de esos lentes. Aunque Víctor no hace el menor movimiento yo siento que me está llamando. Niego con la cabeza, trato de resistirme a su llamado, a su mirada de lentes redondos. Para protegerme, me tomo del brazo de Josef, aunque nadie lo nota ya que hace frío y Josef está enfundado en un sobretodo que casi llega al suelo.

"La inquietud de la señora Goebbels" es una de las obras que conforman la Trilogía de "Las mujeres de los nazis", espectáculo estrenado en el teatro Patio de Actores en marzo de 2008. La puesta en escena de esta obra estuvo a cargo del propio autor. Otra de las obras, "La convicción de Irma Grese", fue dirigida por Clara Pando. Y la puesta de la tercera de las obras, "El dilema de Geli Raubal" estuvo a cargo de Laura Yusem.
Por la Trilogía de "Las mujeres de los nazis", Héctor Levy-Daniel fue galardonado con el Premio Florencio Sánchez al mejor autor del año 2008.


Aunque este monólogo sirvió para la construcción de uno de los personajes de la obra, no forma parte de la misma.