20 de mayo de 2011
4 de mayo de 2011
El relato del Mariscal. Capítulo 7
Cuando ya habían pasado dos meses desde las vacaciones casi no me acordaba de la pesadilla con mi padre. Sin embargo, fue entonces que comencé a tener las primeras alucinaciones. Generalmente las precedía una sensación de peligro, como si un riesgo inminente me acechara en cualquier rincón de la casa. Me dominaba el pánico. Sentía que irremediablemente algo me iba a pasar, algo que me arrancaría de la tranquilidad para conducirme a una zona oscura, abismal. Esos accesos de terror duraban aproximadamente una hora durante la cual mi cuerpo quedaba virtualmente paralizado. En esos casos, cuando yo presentía que el ataque iba a venir me sentaba en una silla y ahí permanecía hasta que se terminara. El ataque significaba la invasión de una corriente ininterrumpida de imágenes horrorosas y sonidos ensordecedores, silbidos malignos, animales con ojos humanos, mezclados con colores brillantes y hedores intolerables. Todo esto se diluía en un instante y entonces aparecía mi padre. Siempre tenía alguna recriminación para hacerme, la mirada severa, y la mayoría de las veces me preguntaba si ya sabía quién lo había asesinado. Con un aire profundo de amenaza me exigía que confesara quién era la persona que lo había matado. Se ocupaba de dejarme bien en claro que él lo sabía perfectamente pero que quería oírlo de mi propia boca. Después me anunciaba las grandes penas que iba a sufrir si me atrevía a desobedecer sus órdenes. Siempre, sin excepción, me daba un fuerte tirón en el pelo para irse con una expresión de furia. Cuando la visión se evaporaba yo permanecía en silencio todavía cinco o diez minutos. Jamás le conté a nadie acerca de ninguna de mis visiones, ni siquiera a mamá. No quería que me creyeran anormal y me llevaran al médico o, en el peor de los casos, a un manicomio, al que yo me figuraba como un lugar repleto de personas preparadas para vejarme y torturarme de las peores maneras. Por eso aunque el terror era descomunal yo prefería soportarlo sin suspirar. Creía equivocadamente que con el correr del tiempo las alucinaciones iban a dejar de atormentarme.
No fue así. Nunca me pude librar del todo de ellas. Aunque no me pasaba muy a menudo, sabía que cada tres o cuatro semanas iba a encontrarme con la imagen perversa de mi padre que tenía siempre preparada una amenaza contra mí. Estas mismas imágenes se repetían de manera idéntica en los sueños, aunque en estos casos mi padre permanecía junto a mí un tiempo más prolongado y yo juntaba el coraje para responderle que mamá y la tía Elisa lo habían matado, ante lo cual él se mostraba escéptico e insistía en que yo debía seguir con la investigación. Poco a poco su presencia se me volvió habitual y aunque nunca dejó de parecerme peligroso poco a poco logré dominarme cada vez que aparecía. Sus exigencias no eran siempre las mismas. A veces se animaba con algunas preguntas. Por ejemplo, qué pensaba hacer cuando terminara el colegio primario o si ya me gustaría tener mi primera experiencia sexual. Yo contestaba como podía, pues aunque era un sueño, sentía mucho pudor de tocar semejantes temas con él. Una imagen se repetía mucho. Yo volvía del colegio y él me esperaba para cenar junto con mamá. La mesa ya estaba servida, aunque todavía no era de noche. Había un montón de platos fríos y mamá me avisaba que ya podía empezar a comer. Mientras comía ambos me recordaban que era mi cumpleaños. Después de eso mamá se esfumaba y me era imposible encontrarla. Yo me desesperaba porque no quería quedar solo con él. Mi padre me miraba, sonreía y me daba un paquete que significaba su regalo de cumpleaños: una caja envuelta en papel de regalo de colores chillones y una cinta roja. Yo rompía con mucho temor el papel, abría la caja y con profundo alivio comprobaba que estaba vacía. Mi padre fingía pedirme disculpas y me decía que se había olvidado de poner el regalo. Entonces metía la mano en el bolsillo de su saco, sacaba la ardilla muerta y me la tendía.
A pesar de mis cuidados para mantener en secreto todas estas vivencias y alucinaciones, mamá comenzó a percibir en mí un estado de hipersensibilidad que se manifestaba ante todo en mi apariencia física. Yo siempre había sido un alumno excepcional y mi rendimiento no se había perjudicado. Pero mamá se daba cuenta que tenía un sueño liviano e inquieto, tardaba mucho para dormirme, me levantaba temprano y comía mucho menos que de costumbre. Yo tenía un cuerpo fuerte y grande que por mi edad anunciaba un desarrollo generoso y por lo tanto no podía dejar de comer bien sin que mis energías se resintiesen. Aunque me negué todo lo que pude mamá concertó una entrevista con el médico que me examinó sin encontrar nada fuera de lo común. Por el contrario, se mostró admirado por mi robustez y vitalidad. Para calmar los ánimos de mi madre me recetó unas vitaminas que servían, según él, para abrir el apetito. Iba a cumplir once años. Aprendía a conocer mi cuerpo y a descubrir mis fantasías.
Una noche mamá salió y yo me quedé solo con Lucía, la mucama. Me fui a dormir a las diez y decidí esperar a mamá despierto. Después de tres o cuatro horas llegó acompañada por un hombre que esperó en el living cuando mamá entró en mi habitación. Yo cerré los ojos y quedé inmóvil. Ella se inclinó sobre mi cama y sentí cómo me cubría la cara de besos. Estuve a punto de abrir los ojos y sonreír para revelar mi juego pero me controlé. Mamá creyó dejarme dormido y yo la entreabrí los ojos para observarla mientras se iba. Después me levanté y me acerqué a la puerta de entrada al living. Veía dos pocillos de café vacíos iluminados por una luz tenue. Evidentemente mamá había movido sólo una de las llaves de luz para generar el clima adecuado. Alcanzaba a oír una charla continua pero apagada. El hombre poseía una voz ronca y segura, reconocible entre mil. Decía cosas que evidentemente a mamá le gustaban, ya que a cada momento dejaba escapar pequeñas carcajadas. De pronto las palabras y las risas fueron reemplazadas por suspiros y frotes de telas. Yo quería escuchar algo más. Durante los diez minutos permanecí pegado a la puerta pero los sonidos eran siempre los mismos. De pronto mamá gimió apagada, sutilmente. Y el hombre exhaló un sonido seco, áspero que se transformó en pocos segundos en una especie de canto afónico. Mamá a su vez transformó sus gemidos en gritos desenfadados. Verlos a los dos era lo que más deseaba en el mundo. Por eso asomé mi cabeza por la puerta entreabierta con la plena conciencia de que me iban a ver. Mamá estaba totalmente desnuda. Sentada sobre el hombre frente a frente, impulsaba su cuerpo en un lento vaivén. Mamá miraba hacia la puerta de entrada y el hombre le daba la espalda. Por la manera en que se habían dispuesto, mamá podía verme pero el hombre no. Y mamá me veía. Pero en ningún momento pensaba en detener su acto sino que me miraba y repetía su vaivén. Es más, creo que mi presencia la trastornó más al punto que llegó inmediatamente el clímax sin quitarme la vista un solo instante. Por su parte el hombre también, pero mamá ya no se ocupaba de él. Yo me fui inmediatamente a mi habitación. Sabía que mamá iba a despedir rápido a su hombre para venir a verme. Y en menos de diez minutos el hombre se había ido y ella estaba acostada junto a mí. Los dos estuvimos callados un buen rato. Mamá no sabía cómo empezar a hablar y a mí no me importaba decir nada. Lo único que quería era tenerla conmigo en mi cama en ese momento. De pronto se animó a preguntarme si me sentía bien y yo asentí con la cabeza. Inmediatamente después dejé escapar un profundo sollozo. Ella me abrazó y lloró conmigo. Mi cuerpo comenzó a vibrar con ligeras convulsiones. Mamá entendía que eran espasmos nerviosos y se dedicó a repasar sus manos seguras sobre mi cuello, mi pecho y mis piernas. En uno de sus masajes palpó azarosamente mi sexo y descubrió que estaba extraordinariamente excitado. Retiró su mano sobresaltada y fingió no advertir nada. Yo no podía parar de llorar y la torpeza de su reacción me consternó todavía más. La empujé y le pedí que me dejara solo. Mamá me pidió por favor que la dejara estar al lado mío. Tomó mis manos y las pasó alrededor de su cuello. Como yo me resistía, una de mis manos fue a parar justo encima de uno de sus senos. Mamá no se había preocupado por ponerse nuevamente el corpiño. Evidentemente se había colocado la camisa para despedir al hombre ronco y había subido directamente a mi habitación. Cuando sintió el contacto de mi mano, mamá no se alarmó. Colocó una de sus manos sobre la mía para retenerla en el lugar. Como observaba que yo no tenía ninguna intención de quitarla, tomó mi otra mano y la colocó sobre su otro seno. Sin decir ni una palabra comenzó a mover mis manos sobre sus pechos. Me preguntó si me gustaba y yo en vez de responder escondí mi cara en la almohada. Mamá largó una carcajada, retiró mis manos y se desabrochó la camisa. Sus grandes senos quedaron al descubierto. Los acercó hacia mí. Sin ninguna indicación yo acerqué mis dedos temblorosos. Mamá tenía una expresión de ternura que jamás le había visto. Era la más bondadosa de las sonrisas y una mirada radiante. Mamá se incorporó para que yo pudiera ver sus senos en toda su desnudez. Yo tendí mis manos hacia ellos y mamá se acercó. Así estuvimos un rato muy largo. Pronto pude ver cómo una luz azulada muy leve se colaba por las rendijas de las persianas. Mamá no dejó de acariciarme en ningún momento. Nunca pude recordar en qué momento ella detuvo su mano sobre mi calzoncillo, introdujo su mano en la bragueta y se apoderó de mi sexo. Lo que nunca olvidé fue su caricia suave, cada vez más firme. Nunca olvidé como me alentaba su voz en el momento del paroxismo. Cuando me desperté era ya el mediodía y mamá me esperaba para almorzar.
No fue así. Nunca me pude librar del todo de ellas. Aunque no me pasaba muy a menudo, sabía que cada tres o cuatro semanas iba a encontrarme con la imagen perversa de mi padre que tenía siempre preparada una amenaza contra mí. Estas mismas imágenes se repetían de manera idéntica en los sueños, aunque en estos casos mi padre permanecía junto a mí un tiempo más prolongado y yo juntaba el coraje para responderle que mamá y la tía Elisa lo habían matado, ante lo cual él se mostraba escéptico e insistía en que yo debía seguir con la investigación. Poco a poco su presencia se me volvió habitual y aunque nunca dejó de parecerme peligroso poco a poco logré dominarme cada vez que aparecía. Sus exigencias no eran siempre las mismas. A veces se animaba con algunas preguntas. Por ejemplo, qué pensaba hacer cuando terminara el colegio primario o si ya me gustaría tener mi primera experiencia sexual. Yo contestaba como podía, pues aunque era un sueño, sentía mucho pudor de tocar semejantes temas con él. Una imagen se repetía mucho. Yo volvía del colegio y él me esperaba para cenar junto con mamá. La mesa ya estaba servida, aunque todavía no era de noche. Había un montón de platos fríos y mamá me avisaba que ya podía empezar a comer. Mientras comía ambos me recordaban que era mi cumpleaños. Después de eso mamá se esfumaba y me era imposible encontrarla. Yo me desesperaba porque no quería quedar solo con él. Mi padre me miraba, sonreía y me daba un paquete que significaba su regalo de cumpleaños: una caja envuelta en papel de regalo de colores chillones y una cinta roja. Yo rompía con mucho temor el papel, abría la caja y con profundo alivio comprobaba que estaba vacía. Mi padre fingía pedirme disculpas y me decía que se había olvidado de poner el regalo. Entonces metía la mano en el bolsillo de su saco, sacaba la ardilla muerta y me la tendía.
A pesar de mis cuidados para mantener en secreto todas estas vivencias y alucinaciones, mamá comenzó a percibir en mí un estado de hipersensibilidad que se manifestaba ante todo en mi apariencia física. Yo siempre había sido un alumno excepcional y mi rendimiento no se había perjudicado. Pero mamá se daba cuenta que tenía un sueño liviano e inquieto, tardaba mucho para dormirme, me levantaba temprano y comía mucho menos que de costumbre. Yo tenía un cuerpo fuerte y grande que por mi edad anunciaba un desarrollo generoso y por lo tanto no podía dejar de comer bien sin que mis energías se resintiesen. Aunque me negué todo lo que pude mamá concertó una entrevista con el médico que me examinó sin encontrar nada fuera de lo común. Por el contrario, se mostró admirado por mi robustez y vitalidad. Para calmar los ánimos de mi madre me recetó unas vitaminas que servían, según él, para abrir el apetito. Iba a cumplir once años. Aprendía a conocer mi cuerpo y a descubrir mis fantasías.
Una noche mamá salió y yo me quedé solo con Lucía, la mucama. Me fui a dormir a las diez y decidí esperar a mamá despierto. Después de tres o cuatro horas llegó acompañada por un hombre que esperó en el living cuando mamá entró en mi habitación. Yo cerré los ojos y quedé inmóvil. Ella se inclinó sobre mi cama y sentí cómo me cubría la cara de besos. Estuve a punto de abrir los ojos y sonreír para revelar mi juego pero me controlé. Mamá creyó dejarme dormido y yo la entreabrí los ojos para observarla mientras se iba. Después me levanté y me acerqué a la puerta de entrada al living. Veía dos pocillos de café vacíos iluminados por una luz tenue. Evidentemente mamá había movido sólo una de las llaves de luz para generar el clima adecuado. Alcanzaba a oír una charla continua pero apagada. El hombre poseía una voz ronca y segura, reconocible entre mil. Decía cosas que evidentemente a mamá le gustaban, ya que a cada momento dejaba escapar pequeñas carcajadas. De pronto las palabras y las risas fueron reemplazadas por suspiros y frotes de telas. Yo quería escuchar algo más. Durante los diez minutos permanecí pegado a la puerta pero los sonidos eran siempre los mismos. De pronto mamá gimió apagada, sutilmente. Y el hombre exhaló un sonido seco, áspero que se transformó en pocos segundos en una especie de canto afónico. Mamá a su vez transformó sus gemidos en gritos desenfadados. Verlos a los dos era lo que más deseaba en el mundo. Por eso asomé mi cabeza por la puerta entreabierta con la plena conciencia de que me iban a ver. Mamá estaba totalmente desnuda. Sentada sobre el hombre frente a frente, impulsaba su cuerpo en un lento vaivén. Mamá miraba hacia la puerta de entrada y el hombre le daba la espalda. Por la manera en que se habían dispuesto, mamá podía verme pero el hombre no. Y mamá me veía. Pero en ningún momento pensaba en detener su acto sino que me miraba y repetía su vaivén. Es más, creo que mi presencia la trastornó más al punto que llegó inmediatamente el clímax sin quitarme la vista un solo instante. Por su parte el hombre también, pero mamá ya no se ocupaba de él. Yo me fui inmediatamente a mi habitación. Sabía que mamá iba a despedir rápido a su hombre para venir a verme. Y en menos de diez minutos el hombre se había ido y ella estaba acostada junto a mí. Los dos estuvimos callados un buen rato. Mamá no sabía cómo empezar a hablar y a mí no me importaba decir nada. Lo único que quería era tenerla conmigo en mi cama en ese momento. De pronto se animó a preguntarme si me sentía bien y yo asentí con la cabeza. Inmediatamente después dejé escapar un profundo sollozo. Ella me abrazó y lloró conmigo. Mi cuerpo comenzó a vibrar con ligeras convulsiones. Mamá entendía que eran espasmos nerviosos y se dedicó a repasar sus manos seguras sobre mi cuello, mi pecho y mis piernas. En uno de sus masajes palpó azarosamente mi sexo y descubrió que estaba extraordinariamente excitado. Retiró su mano sobresaltada y fingió no advertir nada. Yo no podía parar de llorar y la torpeza de su reacción me consternó todavía más. La empujé y le pedí que me dejara solo. Mamá me pidió por favor que la dejara estar al lado mío. Tomó mis manos y las pasó alrededor de su cuello. Como yo me resistía, una de mis manos fue a parar justo encima de uno de sus senos. Mamá no se había preocupado por ponerse nuevamente el corpiño. Evidentemente se había colocado la camisa para despedir al hombre ronco y había subido directamente a mi habitación. Cuando sintió el contacto de mi mano, mamá no se alarmó. Colocó una de sus manos sobre la mía para retenerla en el lugar. Como observaba que yo no tenía ninguna intención de quitarla, tomó mi otra mano y la colocó sobre su otro seno. Sin decir ni una palabra comenzó a mover mis manos sobre sus pechos. Me preguntó si me gustaba y yo en vez de responder escondí mi cara en la almohada. Mamá largó una carcajada, retiró mis manos y se desabrochó la camisa. Sus grandes senos quedaron al descubierto. Los acercó hacia mí. Sin ninguna indicación yo acerqué mis dedos temblorosos. Mamá tenía una expresión de ternura que jamás le había visto. Era la más bondadosa de las sonrisas y una mirada radiante. Mamá se incorporó para que yo pudiera ver sus senos en toda su desnudez. Yo tendí mis manos hacia ellos y mamá se acercó. Así estuvimos un rato muy largo. Pronto pude ver cómo una luz azulada muy leve se colaba por las rendijas de las persianas. Mamá no dejó de acariciarme en ningún momento. Nunca pude recordar en qué momento ella detuvo su mano sobre mi calzoncillo, introdujo su mano en la bragueta y se apoderó de mi sexo. Lo que nunca olvidé fue su caricia suave, cada vez más firme. Nunca olvidé como me alentaba su voz en el momento del paroxismo. Cuando me desperté era ya el mediodía y mamá me esperaba para almorzar.
2 de abril de 2011
"El gesto de la muerte", de Jean Cocteau

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.
12 de marzo de 2011
El relato del Mariscal. Capítulo 6
Después de que la tía se fue, comencé a tener pesadillas en las que el protagonista principal era mi padre.
Pasados seis meses desde su muerte, mamá resolvió muchas de las cuestiones legales que le impedían disponer de una cantidad de bienes de los que ignoraba su existencia. Para no incentivar la avidez de mamá, mi padre se había ocupado de realizar sus negocios en el más absoluto secreto. Aunque ella siempre lo sospechó nunca pudo comprobarlo hasta tener en sus manos las escrituras de compra, apenas acabaron de enterrarlo. Así fue que descubrió que mi padre tenía, entre otras, una casa frente al mar en una ciudad balnearia. Ese mismo día decidió que la íbamos a usar todas las veces que nos fuera posible, es decir siempre que yo no fuera al colegio. Por eso, después de que mamá tomó posesión de la casa, fuimos allá un día antes de que comenzaran las vacaciones de invierno y nos quedamos las dos semanas. Para mí se presentaba como un tiempo maravilloso en el que iba a estar cerca del mar sin tener que soportar -como siempre que fuimos de vacaciones- el malhumor y la ira de mi padre. Eran las primeras vacaciones que iba a pasar sin él y la idea me llenaba de felicidad, sin contar con que iba a estar durante todo ese tiempo solo con mi madre en un lugar bien alejado. Mamá me había permitido llevar los tomos favoritos de mi enciclopedia y yo proyectaba revisar una cantidad de artículos que siempre tenía preparados pero nunca conseguía leer.
Mamá manejó durante unas seis horas. Salimos a la madrugada de un viernes antes de las cinco de la mañana y al mediodía ya estábamos instalados. Ayudé a mamá a poner la ropa en los armarios y a preparar el almuerzo. Después de comer bajamos a la playa. Era un día soleado, primaveral y yo quería meterme en el mar pero mamá sólo me dejaba caminar por la orilla. A la noche cenamos en un restaurant repleto de gente. Nos parecía raro que la ciudad estuviera tan vacía y en ese lugar las personas se amontonaran para comer. Nos sentamos a una mesa junto a la ventana desde la cual podíamos ver los giros permanentes de la luz de un faro. Mientras yo me perdía en mis pensamientos sobre quienes manejaban el faro, cuántas personas habría dentro, en qué momento lo irían a apagar, mamá recibía complacida la mirada perseverante de un hombre joven, vestido con un pantalón azul, una remera blanca y zapatillas. Aunque trataba de concentrarse en lo que yo le decía mamá no podía dejar de prestarle atención a su pretendiente desconocido. Yo fingía no darme cuenta de la complicidad que se había establecido entre ambos, pero el hombre de la remera había pagado hacía un buen rato y no se decidía a levantarse para irse. Evidentemente esperaba alguna oportunidad para acercarse a mamá, pero no le era muy fácil si yo estaba presente. Entonces simulé ir al baño que estaba en el primer piso. Mientras subía la escalera observé como el hombre joven se incorporaba y fijaba la vista en mi madre. Yo me metí en el baño y desde la puerta entreabierta pude ver sin temor a que me descubrieran que él se acercaba sonriente, que mamá le devolvía la sonrisa, que él depositaba en sus manos una tarjeta y se iba. Cuando volví mamá tenía una mirada radiante.
Al día siguiente después del desayuno mamá me anunció que a la tarde iba a hacer compras en el centro. Me dejó en claro que no necesitaba de mi compañía, y por lo tanto podía quedarme solo en casa haciendo lo que se me antojara. No me dio ninguna posibilidad de protestar. Se fue a las tres de la tarde y yo no ignoraba qué tipo de compras tenía planeadas. Se había comunicado al número de la tarjeta antes de que yo me levantara a desayunar. Seguramente la cita era para las dos o las tres de la tarde. Sentado a la mesa frente a uno de los tomos de la enciclopedia no podía dejar de imaginarme a mi madre y al hombre joven desnudos en una cama angosta, en una habitación con poca luz. Mamá volvió a las siete, el rostro iluminado como la noche anterior, pero con ciertas marcas que denotaban fatiga. Esa noche fuimos a dormir temprano. Y fue esa misma noche que comenzaron las pesadillas, en realidad, la pesadilla: en el consultorio de mi padre, yo revolvía los armarios, buscaba objetos, cuadernos, y alguna otra cosa. Mi padre, vestido con todo el traje roto me miraba desde la entrada. Yo giraba mi cuerpo, me encontraba con él y quería gritar pero sentía que una mano invisible me abrasaba la garganta. Él no cesaba de mirarme pero de pronto me ordenaba que lo siguiera y entonces iba por el pasillo detrás de él, que se desplazaba a toda velocidad, aunque sin correr. Entonces llegaba a la habitación matrimonial, abría la puerta, se abalanzaba sobre mamá dormida mientras adoptaba la silueta de un anciano. Yo no podía hacer nada para separarlos y mamá se sometía a él, que la violaba brutalmente. Ella me miraba con tristeza mientras lanzaba pequeños gritos ahogados. Mi padre a su vez mantenía su mano amenazante sobre el rostro de mamá. Una vez que llegaba a un orgasmo bestial, se echaba sobre mí y alternativamente me desvestía y me golpeaba. Este sueño horroroso me sigue acompañando hasta ahora. Por supuesto, siempre hay pequeñas variaciones, pero en esencia se mantiene sin cambios. De todos modos, como tantas otras veces, no concluía ahí. Cuando me desperté con mis propios gritos desesperados, tuve ante mí la imagen de mi padre que parado junto a mi cama me ordenaba que debía vengarlo. Con ojos inyectados me recriminaba que todavía no supiera quién lo había matado. Mamá entró y la imagen ya se desvanecía. Cuando llegó hasta mí yo no podía explicarle nada de lo que había visto y soñado y sólo repetía febrilmente “papá”, “papá”. Mi pijama estaba empapado de sudor y no podía dejar de toser. Como mas tarde me contó, mi madre estuvo a punto de llamar a una ambulancia pero se tranquilizó cuando mi respiración se hizo más regular. Durante dos horas no pude hablar una palabra. Y cada vez que tomaba impulso para contarle lo que acababa de vivir entre sueños, rompía a llorar. En un momento mi madre fue a buscarme un vaso de agua y yo no pude reprimir un alarido pues tenía la certeza de que mi padre iba a volver a sentarse delante de mí para repetir la escena. Mamá volvió con el vaso de agua en la mano. Me preguntaba qué había visto, qué había pasado, por qué había vuelto a gritar. Recién a la mañana siguiente pude contarle a mamá que había soñado con “él”. No le conté los detalles del sueño, ya que me daba pudor tener que revelar que mi padre buscaba que lo vengaran. Después de esa noche las pesadillas se repitieron una yo otra vez. Mamá no volvió a dejarme solo, excepto por una tarde, horas antes de volvernos.
Pasados seis meses desde su muerte, mamá resolvió muchas de las cuestiones legales que le impedían disponer de una cantidad de bienes de los que ignoraba su existencia. Para no incentivar la avidez de mamá, mi padre se había ocupado de realizar sus negocios en el más absoluto secreto. Aunque ella siempre lo sospechó nunca pudo comprobarlo hasta tener en sus manos las escrituras de compra, apenas acabaron de enterrarlo. Así fue que descubrió que mi padre tenía, entre otras, una casa frente al mar en una ciudad balnearia. Ese mismo día decidió que la íbamos a usar todas las veces que nos fuera posible, es decir siempre que yo no fuera al colegio. Por eso, después de que mamá tomó posesión de la casa, fuimos allá un día antes de que comenzaran las vacaciones de invierno y nos quedamos las dos semanas. Para mí se presentaba como un tiempo maravilloso en el que iba a estar cerca del mar sin tener que soportar -como siempre que fuimos de vacaciones- el malhumor y la ira de mi padre. Eran las primeras vacaciones que iba a pasar sin él y la idea me llenaba de felicidad, sin contar con que iba a estar durante todo ese tiempo solo con mi madre en un lugar bien alejado. Mamá me había permitido llevar los tomos favoritos de mi enciclopedia y yo proyectaba revisar una cantidad de artículos que siempre tenía preparados pero nunca conseguía leer.
Mamá manejó durante unas seis horas. Salimos a la madrugada de un viernes antes de las cinco de la mañana y al mediodía ya estábamos instalados. Ayudé a mamá a poner la ropa en los armarios y a preparar el almuerzo. Después de comer bajamos a la playa. Era un día soleado, primaveral y yo quería meterme en el mar pero mamá sólo me dejaba caminar por la orilla. A la noche cenamos en un restaurant repleto de gente. Nos parecía raro que la ciudad estuviera tan vacía y en ese lugar las personas se amontonaran para comer. Nos sentamos a una mesa junto a la ventana desde la cual podíamos ver los giros permanentes de la luz de un faro. Mientras yo me perdía en mis pensamientos sobre quienes manejaban el faro, cuántas personas habría dentro, en qué momento lo irían a apagar, mamá recibía complacida la mirada perseverante de un hombre joven, vestido con un pantalón azul, una remera blanca y zapatillas. Aunque trataba de concentrarse en lo que yo le decía mamá no podía dejar de prestarle atención a su pretendiente desconocido. Yo fingía no darme cuenta de la complicidad que se había establecido entre ambos, pero el hombre de la remera había pagado hacía un buen rato y no se decidía a levantarse para irse. Evidentemente esperaba alguna oportunidad para acercarse a mamá, pero no le era muy fácil si yo estaba presente. Entonces simulé ir al baño que estaba en el primer piso. Mientras subía la escalera observé como el hombre joven se incorporaba y fijaba la vista en mi madre. Yo me metí en el baño y desde la puerta entreabierta pude ver sin temor a que me descubrieran que él se acercaba sonriente, que mamá le devolvía la sonrisa, que él depositaba en sus manos una tarjeta y se iba. Cuando volví mamá tenía una mirada radiante.
Al día siguiente después del desayuno mamá me anunció que a la tarde iba a hacer compras en el centro. Me dejó en claro que no necesitaba de mi compañía, y por lo tanto podía quedarme solo en casa haciendo lo que se me antojara. No me dio ninguna posibilidad de protestar. Se fue a las tres de la tarde y yo no ignoraba qué tipo de compras tenía planeadas. Se había comunicado al número de la tarjeta antes de que yo me levantara a desayunar. Seguramente la cita era para las dos o las tres de la tarde. Sentado a la mesa frente a uno de los tomos de la enciclopedia no podía dejar de imaginarme a mi madre y al hombre joven desnudos en una cama angosta, en una habitación con poca luz. Mamá volvió a las siete, el rostro iluminado como la noche anterior, pero con ciertas marcas que denotaban fatiga. Esa noche fuimos a dormir temprano. Y fue esa misma noche que comenzaron las pesadillas, en realidad, la pesadilla: en el consultorio de mi padre, yo revolvía los armarios, buscaba objetos, cuadernos, y alguna otra cosa. Mi padre, vestido con todo el traje roto me miraba desde la entrada. Yo giraba mi cuerpo, me encontraba con él y quería gritar pero sentía que una mano invisible me abrasaba la garganta. Él no cesaba de mirarme pero de pronto me ordenaba que lo siguiera y entonces iba por el pasillo detrás de él, que se desplazaba a toda velocidad, aunque sin correr. Entonces llegaba a la habitación matrimonial, abría la puerta, se abalanzaba sobre mamá dormida mientras adoptaba la silueta de un anciano. Yo no podía hacer nada para separarlos y mamá se sometía a él, que la violaba brutalmente. Ella me miraba con tristeza mientras lanzaba pequeños gritos ahogados. Mi padre a su vez mantenía su mano amenazante sobre el rostro de mamá. Una vez que llegaba a un orgasmo bestial, se echaba sobre mí y alternativamente me desvestía y me golpeaba. Este sueño horroroso me sigue acompañando hasta ahora. Por supuesto, siempre hay pequeñas variaciones, pero en esencia se mantiene sin cambios. De todos modos, como tantas otras veces, no concluía ahí. Cuando me desperté con mis propios gritos desesperados, tuve ante mí la imagen de mi padre que parado junto a mi cama me ordenaba que debía vengarlo. Con ojos inyectados me recriminaba que todavía no supiera quién lo había matado. Mamá entró y la imagen ya se desvanecía. Cuando llegó hasta mí yo no podía explicarle nada de lo que había visto y soñado y sólo repetía febrilmente “papá”, “papá”. Mi pijama estaba empapado de sudor y no podía dejar de toser. Como mas tarde me contó, mi madre estuvo a punto de llamar a una ambulancia pero se tranquilizó cuando mi respiración se hizo más regular. Durante dos horas no pude hablar una palabra. Y cada vez que tomaba impulso para contarle lo que acababa de vivir entre sueños, rompía a llorar. En un momento mi madre fue a buscarme un vaso de agua y yo no pude reprimir un alarido pues tenía la certeza de que mi padre iba a volver a sentarse delante de mí para repetir la escena. Mamá volvió con el vaso de agua en la mano. Me preguntaba qué había visto, qué había pasado, por qué había vuelto a gritar. Recién a la mañana siguiente pude contarle a mamá que había soñado con “él”. No le conté los detalles del sueño, ya que me daba pudor tener que revelar que mi padre buscaba que lo vengaran. Después de esa noche las pesadillas se repitieron una yo otra vez. Mamá no volvió a dejarme solo, excepto por una tarde, horas antes de volvernos.
2 de marzo de 2011
"El analfabeto político", de Bertolt Brecht.

El peor analfabeto es el analfabeto político
No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.
No sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas.
El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política.
No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.
Bertolt Brecht
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En la foto: Bertolt Brecht
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