19 de diciembre de 2008

La imagen de hoy: "Ensimismamiento", de Klee.

Alejo Carpentier: El adjetivo y sus arrugas



Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poesía, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal depósito sin haber dejado mayores huellas en una página. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los carga. Porque las ideas nunca envejecen, cuando son ideas verdaderas. Tampoco los sustantivos. Cuando el Dios del Génesis luego de poner luminarias en la haz del abismo, procede a la división de las aguas, este acto de dividir las aguas se hace imagen grandiosa mediante palabras concretas, que conservan todo su potencial poético desde que fueran pronunciadas por vez primera. Cuando Jeremías dice que ni puede el etíope mudar de piel, ni perder sus manchas el leopardo, acuña una de esas expresiones poético-proverbiales destinadas a viajar a través del tiempo, conservando la elocuencia de una idea concreta, servida por palabras concretas. Así el refrán, frase que expone una esencia de sabiduría popular de experiencia colectiva, elimina casi siempre el adjetivo de sus cláusulas: "Dime con quién andas...", " Tanto va el cántaro a la fuente...", " El muerto al hoyo...", etc. Y es que, por instinto, quienes elaboran una materia verbal destinada a perdurar, desconfían del adjetivo, porque cada época tiene sus adjetivos perecederos, como tiene sus modas, sus faldas largas o cortas, sus chistes o leontinas.
El romanticismo, cuyos poetas amaban la desesperación -sincera o fingida- tuvo un riquísimo arsenal de adjetivos sugerentes, de cuanto fuera lúgubre, melancólico, sollozante, tormentoso, ululante, desolado, sombrío, medieval, crepuscular y funerario. Los simbolistas reunieron adjetivos evanescentes, grisáceos, aneblados, difusos, remotos, opalescentes, en tanto que los modernistas latinoamericanos los tuvieron helénicos, marmóreos, versallescos, ebúrneos, panidas, faunescos, samaritanos, pausados en sus giros, sollozantes en sus violonchelos, áureos en sus albas: de color absintio cuando de nepentes se trataba, mientras leve y aleve se mostraba el ala del leve abanico. Al principio de este siglo, cuando el ocultismo se puso de moda en París, Sar Paladán llenaba sus novelas de adjetivos que sugirieran lo mágico, lo caldeo, lo estelar y astral. Anatole France, en sus vidas de santos, usaba muy hábilmente la adjetivación de Jacobo de la Vorágine para darse "un tono de época". Los surrealistas fueron geniales en hallar y remozar cuanto adjetivo pudiera prestarse a especulaciones poéticas sobre lo fantasmal, alucinante, misterioso, delirante, fortuito, convulsivo y onírico. En cuanto a los existencialistas de segunda mano, prefieren los purulentos e irritantes.
Así, los adjetivos se transforman, al cabo de muy poco tiempo, en el academismo de una tendencia literaria, de una generación. Tras de los inventores reales de una expresión, aparecen los que sólo captaron de ella las técnicas de matizar, colorear y sugerir: la tintorería del oficio. Y cuando hoy decimos que el estilo de tal autor de ayer nos resulta insoportable, no nos referimos al fondo, sino a los oropeles, lutos, amaneramientos y orfebrerías, de la adjetivación.
Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de él, usan los adjetivos más concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia, como por quien escribió el Quijote.

12 de diciembre de 2008

La imagen de hoy: "El sol de París", de Chagall.

Un monólogo de Iván, de Héctor Levy-Daniel.

IVÁN: Apenas habíamos entrado en la casa abandonada nos encontramos con un chico de unos dos o tres años más que nosotros, que por esa época andábamos por los once o doce. Rafael me lleva un año, nací justo un año después de él. El chico no nos vio cuando entramos y Rafael me tironeó del brazo y me obligó a que me escondiera atrás de un tanque de cemento que habían dejado en el patio y que nosotros conocíamos de memoria, porque no era la primera vez que entrábamos en esa casa. No me había terminado de arrodillar que él ya estaba parado a pocos metros de la sala donde el chico preparaba algo que yo no terminaba de entender. Tenía la respiración bastante agitada y Rafael trataba de contenerme haciéndome señas con la mano para que me callara. Atrás del chico se veían como unos bultos alargados que colgaban y se bamboleaban contra la luz del sol que entraba por la ventana. De pronto pude ver que el chico hacía ciertos movimientos con las manos y simultáneamente oí como un llanto de bebé estirado, escalofriante. Dejé escapar un suspiro que más bien fue un grito porque había podido darme cuenta de que el chico estaba ahorcando a un gato y por lo tanto los otros dos bultos eran dos gatos colgados que se meneaban como hamacas. El chico oyó mi grito e inmediatamente salió al patio para escaparse. Pero no pudo dejar de verme mientras cruzaba el patio y se acercaba al tanque. Era medio rubión, muy robusto, mucho más grande que yo y en los ojos verdes tenía un brillo asesino. Cuando se plantó enfrente de mí tuve la seguridad de que me iba a matar. Jamás hasta entonces había sentido tanto miedo y creo que jamás volví a sentirlo. Se abalanzó sobre mí, me tomó del pecho de la camisa y me levantó como si yo fuera una especie de almohada. Me preguntaba qué hacía ahí y me amenazaba con matarme si yo llegaba a contar algo de lo que había visto. Yo gritaba que no había visto nada, que no sabía nada y él me contestaba que yo estaba mintiendo. Yo le pedía por favor que me soltara, que me dejara ir. El chico se enfurecía cada vez más a medida que yo hablaba y como yo no podía parar, comenzó a golpearme. En pocos segundos yo tuve la cara y la camisa ensangrentadas. Yo escupía sangre mientras gritaba y también me salía a chorros de la nariz. Tan aterrorizado estaba que me había olvidado por completo de que Rafael había entrado en la casa conmigo. Me acordé cuando escuché que el chico exhalaba una especie de quejido, caía al suelo y dejaba ver el gesto de mi hermano. Rafael tenía un fierro en la mano y lo descargaba sin piedad sobre la espalda del chico. Tenía bien en claro que después de lo que acababa de hacer el chico no iba a dudar en matarnos a él y a mí, por lo cual lo mejor era darle una paliza de la cual no se pudiera reponer. Mientras el chico tuvo fuerzas para quejarse Rafael le descargó sobre el tórax por lo menos unos veinte golpes. Dejó de pegarle cuando vio que el chico ya no podía contestar. Yo calculo que le habrá roto las costillas en varios pedazos. Rafael casi acababa de cometer un asesinato para defenderme. Yo quería salir corriendo pero él me lo impidió. Sin preocuparse en lo más mínimo por el chico que estaba tirado al lado del tanque quiso entrar en la sala para ver los gatos ahorcados. Los tres gatos nos miraban con ojos muy abiertos y la lengua afuera. Los tres tenían las extremidades crispadas en un gesto demasiado humano, como si estuvieran rogando. La sangre que no dejaba de fluirme y el aspecto terrible de esos pobres animales me produjeron unas arcadas tan potentes que sin darme cuenta caí de rodillas en el suelo. Vomité con toda la energía de que era capaz, una masa verdosa amarronada surcada por islotes alargados de color rojo. Inmediatamente mi hermano me obligó a levantarme y sosteniéndome del brazo me ayudó a cruzar el patio con paso rápido.
A veces, cuando las pesadillas invaden mi noche, puedo ver el gesto asombrado y burlón de los tres gatos.

Monólogo de Iván: parte de este monólogo forma parte de la obra "Poker", de Héctor Levy-Daniel, obra ganadora del Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes 2006, del Segundo Premio Municipal de Dramaturgia (bienio 2006-2007) y de una Mención en el Concurso Internacional Casa de Teatro 2007, de República Dominicana .

8 de diciembre de 2008

La imagen de hoy: "Impotencia y Seducción", de Balthus

CUADERNO INFANCIA 29


El hombre que me ha preparado para mi Bar Mitzvah, que me ha enseñado las oraciones que tuve que decir en el templo, que me ha pedido que las memorice para evitar problemas (aun cuando yo podía leerlas), que me ha regañado después de la ceremonia porque mi lectura fue bastante pobre y no obedecí su orden de memorizar las palabras en hebreo, ese hombre, por un descuido, porque nadie se acordó de él luego de mi Bar Mitzvah, no ha recibido el pago por su trabajo. La única que advierte la falta es la Abuelita Zequíe, la madre de mi mamá, que no se sabe por qué está al tanto de lo que pasa y le pide a mamá la plata para ir hasta donde vive, en la calle Canalejas entre Emilio Lamarca y Concordia, y saldar la deuda de una buena vez. A Abuelita no le da vergüenza ir hasta ahí, encontrarse con este hombre religioso, de pelo abundante, canoso y corto, de cejas pobladas, tez mate y anteojos gruesos y darle la plata, aunque haya pasado mucho tiempo. Entonces Abuelita, siempre preocupada por el equilibrio y por la justicia, llega hasta su casa, le explica que hubo un atraso, un olvido, le da el dinero y restablece el orden interrumpido. Tiempo después (quizás uno o dos años después) durante una de las fiestas, tal vez Rosh Hashaná, mientras camino por Emilio Lamarca hacia Avellaneda, me encuentro con el hombre, que me recrimina que no esté vestido de traje para la fiesta, que no vaya al templo, que no siga lo que la tradición religiosa ordena. Como si yo hubiese traicionado el mandato para el cual me preparó. Yo me avergüenzo, pero no demasiado. Lo único que quiero es que deje de hablarme y así seguir mi camino, tranquilo.

27 de noviembre de 2008

La imagen de hoy: "El amor de una romana por su padre", de Rubens

CUADERNO INFANCIA 28


Después de cuatro años en el Maimónides, colegio privado, después de haber desarrollado una conciencia judía que me va a acompañar durante el resto de mi vida, estoy en séptimo grado en el Alfredo Colmo, colegio estatal. Es la tarde de un día feriado, luminoso, algo en el aire transparente ya comienza a anunciar el verano. Voy con mis compañeros caminando por las calles del barrio, exactamente estamos en Emilio Lamarca llegando a Avellaneda. Transcurre el año 1973, ya ha empezado la guerra de Iom Kippur. Va con nosotros Torino, un chico que se me presenta como un peligro desde que entré a primer grado en el mismo colegio. En ese momento, Torino estaba en segundo y ahora, cuando ya estoy en séptimo, él todavía está en sexto. Es decir, durante esos años ha repetido dos veces. Torino es agresivo, tiene malos modos y un gesto despectivo que nunca se le borra de la boca. Tiene dos mejillas regordetas, ojos algo achinados y un mechón de pelo negro que permanentemente le cae sobre la ceja derecha. Cuando estamos ya en la esquina, de pronto se pone a saltar y a cantar: “Yo tengo fe que Arabia va a ganar, yo tengo fe que Arabia va a ganar, yo tengo fe que Arabia va a ganar, que va a romper el culo a los judíos militar”. Como va a ocurrirme tantas veces en mi vida, no sé qué hacer. No dejo de darme cuenta de que en realidad ese canto está dedicado a mí. Pero de todas maneras no sé si decirle que se calle la boca, si romperle la cara, o discutirle. Lo que se me viene a la cabeza es que Israel está en guerra con los árabes (con Arabia, según Torino) y que cada uno puede desear que gane quien se le dé la gana. No tiene sentido que yo intente reproducir el conflicto de Medio Oriente en una esquina de Floresta. Y no puedo obligarlo a callar porque me pondría en ridículo. Este último argumento termina de convencerme de que tengo que aguantar el cantito. Sin embargo, se acumula en mí una cantidad de odio tal contra Torino que no puedo recordar esta anécdota sin una sensación de profundo fastidio.