20 de mayo de 2008

CUADERNO INFANCIA 1


Ya es de noche, casi la hora de comer, y yo todavía estoy en la casa de Yuly a unos treinta o cuarenta metros de mi propia casa, sobre la calle Emilio Lamarca. La casa de Yuly es también la de su hermano Miguel Ángel, el mejor amigo de mi hermano Eduardo. Yuly es más grande que yo, me lleva dos o tres años, por lo menos. Los dos estamos en el patio, apenas iluminado por una o dos lámparas amarillentas, jugando a las figuritas. Jugamos a la tapadita, al puchero, pero sobre todo al espejito. El espejito es una o varias figuritas apoyadas verticalmente contra la pared y gana quien logra la suficiente puntería para derribarlas con otra de las figuritas. Yuly y yo tenemos un montón en los bolsillos pero estos se van vaciando a medida que intentamos, infructuosamente, derribar el último espejito. En algún momento nuestros bolsillos están totalmente vacíos, el espejito está rodeado por lo que me parece una cantidad enorme de figuritas y estamos obligados, para tirar cada vez, a recoger una del piso. Quien logre derribar el espejito se va a quedar con todas las otras que la rodean, por lo cual la tensión se hace intolerable. Aunque siempre me encantó jugar a las figuritas jamás me consideré un gran jugador. Sin embargo, esa noche, poco antes de que llegue la hora de la cena, en el patio de Yuly, recojo una de las figuritas del piso, hago mi tiro y derribo por fin el espejito. Grito de alegría, me arrojo al suelo y abarco todas las figuritas con ambos brazos. Las junto y formo varios pilones que me meto en el bolsillo, mientras Yuly me pide por favor que no me vaya, que le dé otra oportunidad. Yo le pregunto de qué manera le voy a dar otra oportunidad si acaba de perder hasta la última figurita y no tiene con qué jugar. Yuly me contesta que yo tengo que prestarle. Me insiste y me insiste y yo, en lugar de volver corriendo a casa con los bolsillos repletos, no tengo mejor idea que darle lo que me pide, unas figuritas prestadas. Todo vuelve a comenzar y la sesión de figuritas se torna ahora rápida, vertiginosa, tanto que en diez o quince minutos ya no me queda nada de lo que gané porque ahora el que tiene llenos los bolsillos es Yuly. Me voy vencido y recorro angustiado el largo pasillo sin techo que va desde la puerta de su casa hasta la puerta que da a la calle. Cuando llego a casa ya no puedo contener semejante angustia, me largo a llorar y explico lo que me acaba de suceder. Papá, para consolarme, le resta importancia y me da plata para que compre cinco paquetes de figuritas. Pero ni una caja entera de paquetes puede disolver mi sensación de derrota, nada puede distraerme de la idea de que tuve la gloria en las manos y dejé que me la arrebataran. En cuanto a figuritas, nunca volví a encontrar una oportunidad como esa.

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