12 de junio de 2008

CUADERNO INFANCIA 10

Schnitzler, mi maestro de séptimo grado. Alto, joven, estudiante de medicina, no me lo puedo imaginar sin el delantal. Quizá no tengo un buen recuerdo de él, pero si lo pienso, no era malo conmigo sino todo lo contrario. Y creo que el origen de ese recuerdo tiene que ver con la presunción de que había actitudes mías que él no aprobaba. Quizá veía también en mí cierta actitud desafiante, insolente. Pero nunca me cuestionó directamente por esto. Creo que me valoraba y la prueba más clara está en que un día decidió llamar a cuatro alumnos que serían los capitanes de cuatro grupos de trabajo. Los cuatro eran los mejores del grado: si no me equivoco, Di Mateo, Steinman, Goldbaum, Zaiat. Recuerdo perfectamente que miró hacia mi lugar, donde yo seguía la convocatoria sin disimular mi interés. Entonces Schnitzler me llamó y me dijo que yo también me uniría al grupo de los “capitanes” como un “subcapitán”. Me puse contento porque comprobé de inmediato que Schntizler me tenía entre los mejores. Y al mismo tiempo no pude dejar de sentirme defraudado ya que no se me escapaba que era un “sub-capitán”, alguien que estaba por debajo de los otro cuatro, al que el maestro tuvo que inventarle un lugar. Sin embargo, el hecho de que hubiese generado ese lugar para mí me halagó profundamente. La idea era armar algo así como una “feria de ciencias” en la que teníamos que investigar diferentes temas. El de nuestro grupo, que yo compartía justamente con Steinman, el capitán, era investigar el proceso de ósmosis, para lo cual yo tuve conmigo mi enciclopedia “Cosmos”. Ese fue un buen gesto de Schnitlzer. Otro fue hacerme una prueba e integrarme en el equipo de fútbol, como suplente, para el campeonato intercolegial de futbol. Participé de todos los entrenamientos y nunca jugué en la cancha, pero como el equipo salió campeón y yo estaba anotado en la lista del equipo que jugaría el partido final, entonces tuve la primera y única medalla de mi vida por una actividad deportiva. Recuerdo que Verdier (maestro de sexto grado a quien yo conocía desde primero) trajo esa lista bendita en la que yo pude comprobar que estaba mi apellido. A cada uno que nombraba, Verdier le daba la medalla. Cuando llegó mi turno y Verdier me dio una especie de moneda en una de cuyas caras había el relieve de un jugador, Schnitzler, que sin duda era bien consciente de la importancia que tenía para mí ese premio, me dijo con una sonrisa muy afectuosa: “bien Daniel !!!!!”. Recuerdo como alargó la frase mientras yo tomaba la medalla y miraba con fascinación el jugador en relieve que corría con la pelota. Sin embargo, hay una anécdota que borra estos recuerdos tan buenos. Un día, en medio de la clase, alguien acusa que le falta la lapicera. Inmediatamente, Schnitzler ordena que se revisen todas las valijas hasta que la lapicera aparezca. No sé si la situación me aburre o de verdad me estoy haciendo pis, pero no tengo mejor idea que levantar la mano y pedir permiso para ir al baño. Cuando vuelvo, Schnitzler me cuenta que la lapicera que faltaba había aparecido en mi valija. Con lo cual estaba confesando que había permitido que la abrieran en mi ausencia. Una actitud imperdonable para un maestro. Me limito a decir que yo no robé esa lapicera. Estoy seguro que nadie duda de mí, nadie puede imaginarse que yo podría quedarme con la lapicera de otro. Sin embargo, me quedan algunas certezas: alguien me tiene suficiente odio como para esconder un objeto robado en mi valija. También que no puedo confiar en Schnitzler, que permite que revisen mi valija (nunca pude saber quién la revisó, lo cual hubiese sido revelador: de una manera quizás obvia, quien la encontró pudo haber sido el verdadero ladrón que no imaginó nada mejor que ponerla en mi valija). Hasta ahora me sigo preguntando si Schnitzler realmente creyó que yo había robado la lapicera.

3 comentarios:

Carlos gardel dijo...

Como me con mueven las historias positivas vividas en las épocas de escolares. Yo no recuerdo mi maestra de segundo grado como una buena persona se llamaba Maria Elena Habermann de la escuela Del Fin Gallo en Devoto barrio donde nací y viví. No había un día, una clase feliz, yo me esforzaba por hacer todo bien, la acompañaba hasta la parada del colectivo 107, esperaba que subiera y luego caminaba hasta mi casa. Pero no al otro día el trato continuaba siendo hostil, como llegaba llorando mi abuela me hacia preguntas, cual era el motivo de mi llanto, le decía la maestra no me quiere, quiere a otras chicas ellas le llevan perfumes, otras le llevan flores, tarjetas de cumpleaños, y yo no le llevo nunca nada, por eso no me quiere abuela. Entonces ella dijo no voy a comprar regalos para alguien que no te quiere, me abrazo fuerte. Con el paso de los días la Señorita cambio de actitud ya no veía en sus ojos tanta frialdad porque mi abuela jamas compro un solo regalo para ella. Pasa el tiempo yo estaba 6 grado,un día cualquiera le pregunte a mi abuela porque la del segundo grado habría cambiado tanto grado sus modales para conmigo y mi abuela respondió una cuestión de pesos. Con el tiempo lo entendí mi abuela cada tanto le daba algo de dinero y así compro mi paz el segundo grado de primaria, pero no compro presentes. La actitud de esta maestra me marco esta el día de hoy, en marzo cumplo 72. Ester

Carlos gardel dijo...

Estoy agradecida de poder leer experiencias y comentar las mías.Gracias

Héctor Levy-Daniel dijo...

Increíblemente recién ahora acabo de leer tu comentario.Gracias por tu historia!!