25 de agosto de 2008

CUADERNO INFANCIA 21


Una tarde en el colegio. Estoy en segundo grado, y mi lugar en el aula es el último asiento, o casi el último, yendo por el pasillo, a la izquierda de la maestra, de apellido Santa María, una mujer de ojos claros que ya tiene sus años, es decir, unos treinta o más. Un chico, Jorge Elías y yo hacemos algo (nunca pude recordar qué fue lo que hicimos) que la fastidia hasta tal punto que decide castigarnos. Nos dice, a Jorge y a mí, que vamos a tener que quedarnos después de hora. A mí la noticia me enfurece. Yo tengo solamente seis o siete años y lo único que deseo en la vida es que llegue la hora de dejar el colegio para estar en casa. Y ahora esta mujer me prolonga la agonía sin ninguna justificación. Le digo a Jorge que no me voy a quedar y le sugiero que nos vayamos, que nos escapemos. Una inconsciencia total porque el hecho de irnos no soluciona nada. En el mejor de los casos, si nos escapáramos, y a nadie le llamara la atención, algo totalmente imposible, al otro día tendríamos que volver, dar la cara y enfrentar algún tipo de castigo. Pero esa era para mí otra cuestión. Así era yo, tomaba lo que tenía a mano sin importarme nada, no pensaba en las consecuencias a largo plazo, sólo consideraba el efecto inmediato, que en este caso significaría evitar que nos dejen después de hora. Jorge se muestra de acuerdo con mi propuesta, así que decidimos escaparnos juntos. No sé cuanto tiempo pasa hasta que llega el momento de poner en práctica el plan, pero en una determinada hora yo me ocupo de guardar todos mis útiles en la valija, para irme. Le pregunto a Jorge si viene conmigo. Titubea, se niega. Me quedo del lado del pasillo. En un momento en que veo que la maestra está concentrada en alguna lectura, me desplazo con mi valija en la mano casi gateando, por el pasillo central, entre las filas de bancos, sabiendo que apenas la maestra levante la cabeza voy a tener que actuar. Soy muy chico pero sé que llegado a este punto ya no puedo volver atrás, jamás admitiría quedarme trabado en la mitad del pasillo con la valija armada una hora antes de que suene el timbre de salida. De pronto sucede aquello para lo que me preparé. La maestra levanta la cabeza y me ve agazapado en la mitad del aula. Su mirada es como una señal: corro, atravieso la puerta del aula, salto de la galería al patio, empujo la puerta de salida, bajo los dos o tres escalones, corro hasta la calle. Y aquí algo que me sigue sorprendiendo y me va a sorprender siempre: en lugar de cruzar la calle San Nicolás para tomar Morón y así llegar hasta Emilio Lamarca (donde está mi casa), corro los diez metros y doblo en la esquina en el sentido exactamente contrario. Me digo a mí mismo que si me persiguen van a seguir el camino más natural, que es el más previsible: el que va hacia la calle en la que vivo. Entonces nunca me van a seguir en el sentido opuesto. Por lo tanto, corro una cuadra más por Morón hasta Joaquín V. González. Cuando llego a esta calle me tranquilizo, camino con mi valija a paso normal hasta Aranguren, doblo a la izquierda y llego por esta calle hasta Emilio Lamarca. Cruzo, camino unos metros, entro en mi casa. Mi única preocupación es que justo en ese momento mamá no esté y yo tenga que afrontar solo todo lo que viene. Sé que ahora tengo que enfrentar diferentes situaciones, pero no me importa si mamá está conmigo. Por suerte está, no se fue. Le cuento que me escapé del colegio. Por más que trato y trato (he tratado por varias décadas) no puedo recordar su reacción. Yo subo a la terraza. Es el lugar al que acudo cada vez que me siento amenazado, como si la distancia que me separa de la planta baja me protegiera. Luego de unos minutos (quizás diez, quizás veinte) desde la terraza escucho el timbre. Sé que es para mí, sé que me vinieron a buscar. Es la portera del colegio, morocha, vestida con un delantal azul. Volvemos. Caminamos por la calle mamá, la portera y yo. Cuando llegamos al colegio todo es consternación y revuelo. La maestra está toda roja, los ojos celestes le saltan de las órbitas, las venas del cuello le sobresalen mientras le grita a mi mamá que yo tengo remedio, que me tienen que poner en un colegio pupilo. Sólo recuerdo la cara de la maestra, no la de mamá, en situación de soportarla. Algo le dice mamá o no le dice nada. Pero en poco tiempo la maestra está calmada. Mamá vuelve a casa y me quedo nuevamente en el colegio, solo. Todo vuelve poco a poco a la normalidad. De pronto suena el timbre que anuncia el fin de la jornada. Todos salen, es casi de noche (lo cual me da la pauta de que es pleno invierno y yo por lo tanto no he cumplido los siete años). Todos los chicos sin excepción, de primero a séptimo grado, hablan de lo que acaba de pasar. Me llaman Richard Kimble, el personaje de la serie El fugitivo. Yo estoy orgulloso de haber convocado la atención de mis compañeros, que poco a poco dejan el colegio. Solamente quedamos Elías y yo en el aula de segundo, iluminada por una luz amarillenta. Es decir, todo lo que hice no me sirvió para zafar del castigo: quedarme después de hora. La maestra, a pesar de todo lo que pasó, ha decidido mantener su palabra. A los dos, tanto a Jorge como a mí, nos da un sermón amable del que no puedo recordar una sola palabra.

No hay comentarios.: