18 de agosto de 2009

CUADERNO INFANCIA 45


Estoy en la cocina de la casa de la calle Emilio Lamarca, probablemente son las vacaciones de invierno y se repite a cada momento por televisión la publicidad de la película de Topo Gigio. Este es un personaje de moda, un muñeco con una voz y una forma de hablar particulares, que se ha transformado en una especie de ídolo popular. Yo no debo pasar de los seis años, quiero ver esa película y le insisto a mamá para que me lleve al cine. Mamá, en la cocina, prepara la cena, aunque no deben ser ni las cuatro de la tarde. Por alguna razón (probablemente porque no me quiere escuchar más), logro convencerla. Mamá llama a mi hermano Eduardo y le ordena llevarme. A pesar de que Eduardo ofrece resistencia, mamá insiste en que es una orden y no le queda más remedio que ir conmigo. Vamos a un cine de Flores, aunque no recuerdo cual. Eduardo está de pésimo humor porque ya tiene doce o trece años y no le interesa ver una película protagonizada por ese muñeco. Sin embargo, yo la disfruto, creo. De toda la película sólo recuerdo una parte en que el Topo Gigio, que se ha preparado para viajar a la luna, termina finalmente en el Luna Park y esto me parece genial y a mi hermano una reverenda pelotudez. Seguramente la película es malísima y cuando salimos Eduardo está furioso. Volvemos caminando por la calle Venancio Flores, paralela a la vía del tren. Eduardo me increpa de todas las formas posibles y me anuncia lo peor: él va a volver a ir al cine y no me va a llevar. Y no sólo eso: van a ir también su amigo Miguel Ángel y Yuly (su hermano menor) y probablemente también Ricardito (el amigo de Yuli) y otros nombres que no alcanzo a recordar. Todos van a ir menos yo, que le creo absolutamente. Camino angustiado, preguntándome si ver al Topo Gigio justificaba semejante costo.

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