6 de octubre de 2009

SARTRE. ALGUNAS CLAVES DE SU TEORÍA DEL TEATRO. Ultima Parte.

e)Lo específico teatral. En muchos pasajes de su libro “Un teatro de situaciones” Sartre consigue reflexionar con profundidad sobre lo específico teatral pensando el teatro en contraposición al cine. Sartre considera que la aparición del cine no perjudica al teatro en su verdadera dimensión sino tan sólo al teatro realista burgués, cuyo objetivo era la representación exacta de la realidad: el realismo cinematográfico desvaloriza el realismo teatral, le quita su razón de ser. El cine obliga al teatro a reflexionar acerca de su propia naturaleza y, sobre todo, acerca de sus propias limitaciones, las cuales se convierten en condiciones de posibilidad del hecho teatral. De esta manera las insuficiencias mismas del teatro devienen en instrumentos de comunicación. Cuando se plantean las diferencias que existen entre teatro y cine lo primero que aparece es que el teatro es presentación. Cuando los espectadores acuden al lugar donde se realizará un determinado espectáculo participan en un acontecimiento verdadero y social que constituye un hecho cotidiano y único. El teatro es un arte social que no produce sino hechos colectivos, lo cual no implica que el público participe de la historia que se cuenta. El teatro presenta esta historia por medio de la acción de los personajes en escena y, a través de esta acción, presenta al mismo tiempo el mundo en el que viven tales personajes. En el teatro el espectador puede mantener respecto de la acción y los personajes una distancia que en el cine definitivamente es imposible conservar. En ese sentido, la participación del espectador en el cine es mucho mayor que en el teatro: el actor está más próximo, domina al público, está por encima de él. El espectador es aplastado, anonadado por el actor. Por otra parte, en el cine inevitablemente nuestra visión está guiada tanto por lo que la cámara registra (tomas, movimientos, iluminación, etc.) como por el trabajo posterior de montaje de las imágenes obtenidas: de este modo, nuestra recepción de las imágenes siempre está dirigida y se nos hace ver solamente aquello que se quiere que veamos. Por lo demás, en el cine se produce una rigurosa adaptación del actor a su papel y de este modo apariencia y realidad se confunden: en cambio, en el teatro la adaptación del actor a su papel no tiene por qué ser necesariamente tan rigurosa; en el teatro el personaje no es por su adaptación plena al papel sino por la significación de los gestos que configuran al personaje. Asimismo, como última gran diferencia tenemos que un film es un paisaje que crea a sus intérpretes ya que el cine pinta a los hombres en medio del mundo y condicionados por él; en cambio, en el teatro sucede a la inversa: los diferentes objetos que aparecen en escena son significaciones sugeridas por la acción. Sartre considera la escenografía como algo eminentemente conceptual. En el teatro no se ve el objeto (por ejemplo, un árbol de cartón): son los gestos de los personajes, en tanto representaciones de un acto, los que hacen surgir los objetos, la escenografía. Y los gestos crean lo general y no lo particular. Todos los objetos que aparecen en la escena son generales, muestran la esencia del objeto, a la manera de las ideas platónicas. Los objetos estilizados, esquematizados cumplen perfectamente su función pues indican por sí solos aquello que es esencial. Sartre considera que en última instancia los elementos no sirven para nada, los decorados son absolutamente inútiles. Nunca se puede develar una pieza por las cosas. Éstas son tan sólo pequeños toques, meros complementos. La única forma de hacer nacer realmente los objetos es el gesto: el gesto de apuñalar hace nacer el puñal. Por ello, en el teatro la acción es gesto, en el cine no. En el cine el objeto engendra la acción, pero en el teatro el objeto sigue a la acción y es engendrado por ella. No tenemos una acción real sobre objetos reales sino un gesto de presentación que muestre la acción como su primer sentido y a través de esta acción el mundo en perspectiva como segundo sentido. En síntesis, según lo considera Sartre, el teatro es gesto, entendiendo por gesto aquel acto o movimiento que no tiene jamás su fin en sí mismo sino que siempre está destinado a mostrar otra cosa. Un gesto es la reproducción de un acto por medio de movimientos sin que el fin de esos movimientos sea la obtención de lo que uno quiere, o de lo que uno hace. Cuando un actor bebe en escena no lo hace porque tiene sed sino porque está mostrándonos que bebe. El gesto, ya sea un acto real o un conjunto de movimientos, se refiere siempre al acto que él pretende significar. Dado que los gestos significan actos, y que el teatro es una imagen, los gestos son la imagen de la acción. Para Sartre el gesto más claro, la representación más clara del acto, es la palabra. Y si como vimos arriba el teatro es presentación es porque presenta unos hombres enfrentados a otros hombres a través de acciones imaginarias. Ahora bien, esta presentación debe dirigirse a las masas, debe hablarle de sus preocupaciones más generalizadas, expresar sus inquietudes en la forma de mitos que cada cual puede comprender y sentir profundamente. Sartre concibe al teatro como un fenómeno colectivo y religioso y por esta razón el teatro de mitos realiza plenamente aquello que le es esencial al mostrar al público los grandes mitos de la muerte, el exilio, el amor. Y en esta instancia Sartre introduce una idea que consideramos fundamental: una pieza no debería parecer nunca demasiado familiar, es decir, una obra de teatro nunca debe dejar de ser un rito. Aun cuando hable a los espectadores de ellos mismos y de su medio debe hacerlo siempre en un tono y en un estilo que, lejos de hacer nacer la familiaridad, consiga siempre aumentar la distancia entre la obra y el público. Y uno de los medios esenciales para que eso suceda es que la escritura de la pieza debe utilizar la más rigurosa economía de las palabras. A diferencia del cine que busca una realidad que, a veces, contiene momentos de verdad, el teatro no se ocupa de la realidad, sino de la verdad y en esa búsqueda la utilización de los mitos está plenamente justificada. Y en este sentido el más verdadero y auténtico campo de batalla del teatro es la tragedia, que además de tener como motivo la libertad humana (la tan mentada fatalidad que parece evidenciarse en la tragedia no es sino la contraparte de la libertad del hombre) es un tipo de drama que contiene un mito auténtico. Ninguna historia de las que el teatro se ocupa debe carecer de esta cualidad del mito, desde una historia de amor, o de matrimonio. Sartre sostiene que el teatro conservará su esencia específica (que lo diferencia, por ejemplo, del cine) solamente si no cesa de buscar la verdad a través del mito y utiliza formas no realistas, como la tragedia. En ese sentido los sujetos de las obras con tema mítico deben estar lo suficientemente sublimados como para que sean reconocibles por cada uno (sin recurrir a detalles psicológicos minuciosos): por ejemplo, para escribir una obra sobre las relaciones entre marido y mujer se retoma el mito de Alcestes. Solamente por estos medios puede el teatro continuar distinguiéndose del cine y evitar ser absorbido por él. Aunque una obra de arte no sea política, siempre deviene de una comprensión de su época y debe por lo tanto estar en armonía con su tiempo. Hasta aquí nuestras consideraciones. Aunque este escrito no agota la totalidad de las ideas sartreanas fundamentales sobre el teatro, los cinco puntos tratados constituyen una serie de categorías que aún hoy se presentan como imprescindibles para abordar, por afinidad u oposición, no solamente las cuestiones que nos presenta el teatro actual sino también aquellos desafíos que inexorablemente nos irá imponiendo el teatro que vendrá. Héctor Levy-Daniel

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