5 de enero de 2010

CUADERNO INFANCIA 52


Seis de enero de alguno de los años de mi infancia en los que todavía creo que los reyes magos existen. Me levanto bien temprano en la casa de la calle Emilio Lamarca, tomo los regalos que reposan junto a los zapatos y me encuentro con una carta de los reyes magos escrita especialmente para mí. La curiosidad por lo que dice la carta hace que por unos minutos me olvide de los regalos. Evidentemente ya sé leer lo cual me hace suponer que debo de tener por lo menos seis años. La carta es extraordinaria: cariñosa, sensible, me deja en claro que los reyes piensan en mí y me quieren muchísmo. La leo, la vuelvo a leer. En ese momento lo único que quiero es poder encontrarme con Melchor, Gaspar y Baltasar y agradecerles personalmente semejante muestra de afecto. No puedo contener tanta emoción y me pongo a llorar. Vuelvo a leer la carta mientras subo a la terraza. La intensa luz de la mañana se refleja en las baldosas del suelo, en las paredes blancas, en el papel de la carta que retengo contra mi cuerpo. Sin dejar de llorar, iluminado por ese sol tibio, miro al cielo y les pido a los reyes que vuelvan, les digo que los quiero ver, que les quiero agradecer.

No hay comentarios.: