29 de julio de 2013

Prólogo de Héctor Levy-Daniel a su libro "Las mujeres de los nazis. Trilogía".


A mediados de 2006 decidí realizar una investigación cuyo tema sería el período del nazismo desde la perspectiva de las mujeres que hubieran tenido una relación estrecha con el régimen o con sus dirigentes. Esta investigación estuvo guiada desde el inicio por la idea de usar el material obtenido para la escritura de obras teatrales. Y esta tarea de indagación constituyó la primera etapa de un largo proceso que significó un relevamiento de datos, ideas y modalidades creativas que podrían ser puestas en práctica.
En una segunda etapa, sobre la base de la investigación realizada y ya en posesión del material que serviría de base de la escritura, escribí tres piezas teatrales cuyos personajes protagónicos son: Magda Goebbels, esposa del Ministro de Propaganda nazi, Josef Goebbels; Irma Grese, joven mujer alemana que rigió el triste destino de decenas de miles de personas en Auschwitz; y  Geli Raubal, sobrina de Hitler, con quien mantuvo una relación que probablemente la condujo al suicidio, en 1931. La escritura de cada una de las piezas fue guiada por las modalidades formales que imponían los materiales ofrecidos por la investigación: las tres son elaboraciones ficcionales de hechos y personajes que existieron en la realidad: Magda Goebbels tuvo una relación amorosa con un judío antes de convertirse en la primera dama del Tercer Reich; Irma Grese llegó a ser ayudante de Mengele en Auschwitz y fue ejecutada por el verdugo Albert Pierrepoint; Geli Raubal fue el gran amor de Hitler.
En “La inquietud de la señora Goebbels”, que significa un ejercicio escénico sobre el tiempo, Magda se reencuentra en un extraño tren con Víctor Arlosoroff,  su amante judío antes de conocer al que iba a convertirse en su segundo esposo, el jerarca nazi Josef Goebbels. A medida que la acción avanza, Magda y Víctor advierten que el tren no los conduce adonde cada uno de ellos suponía sino a un encuentro con horrores que ella había preferido olvidar.
En “La convicción de Irma Grese”, una serie de monólogos intercalados, Irma Grese, figura relevante en el campo de exterminio de Auschwitz, espera en escena el momento de su ejecución, mientras Gisella Perl cuenta ante un tribunal las alternativas de la vida en el campo, al tiempo que el verdugo inglés Albert Pierrepoint prepara la horca.
En “El dilema de Geli Raubal”, mientras Hitler escala los últimos peldaños en su ascenso al poder, su sobrina Geli Raubal se ha transformado para él en el gran amor de su vida. Los sutiles hilos que va tendiendo alrededor de ella se revelan progresivamente como una trampa de la que a Geli se le hace cada vez más difícil escapar.
De esta manera se fue generando un cuerpo colectivo, en el que cada pieza, sin perder sus características particulares, compone junto con las demás una unidad con figura propia: la trilogía de las Mujeres de los Nazis.
Dicha trilogía constituyó la base del espectáculo que se estrenó en marzo de 2008 en el Teatro Patio de Actores de la ciudad de Buenos Aires. Y de la realización de dicho espectáculo que se llamó precisamente “Las mujeres de los nazis” nos hicimos cargo los directores Laura Yusem, (El dilema de Geli Raubal), Clara Pando (La convicción de Irma Grese) y yo mismo (La inquietud de la señora Goebbels). Así, el trabajo iniciado en la modalidad de la investigación encontró su continuidad en la convivencia de estos tres directores para la realización de un mismo espectáculo.
Ante ciertos interrogantes que se han planteado numerosas veces por la persistente presencia en los últimos años del tema del nazismo en el teatro argentino, no puedo dejar de formular mi propia respuesta. Sin contar con mi personal inquietud sobre esta cuestión, que me ha acompañado a lo largo de toda mi vida, creo que el nazismo ha sido la ocasión para que muchos artistas del teatro generaran metáforas que remitieran a nuestra propia realidad. La instauración de la dictadura militar el 24 de marzo de 1976 representó en nuestra historia un quiebre sin precedentes. Prácticamente no hay acontecimiento de la actualidad que hoy en día pueda ser pensado sin remitirse al “Proceso de Reconstrucción Nacional”, que no es un episodio más de nuestra historia sino la coronación de un largo proceso de restauración expresado en masacres numerosas y dictaduras militares sucesivas, las cuales representan a su vez respuestas a las demandas populares de cambio social que fueron surgiendo desde fines del siglo XIX. En ese sentido, la dictadura de Videla (y de quienes lo continuaron) denota la voluntad de recuperar para siempre y a cualquier precio las estructuras de poder de las clases dominantes. Significa el triunfo total del proyecto de aquellas clases que habían pugnado desde el fin del siglo XIX por mantener una hegemonía que la llegada de los inmigrantes había puesto seriamente en cuestión. Los objetivos constituidos fueron, por una parte, la defensa de las estructuras económicas que las clases dominantes consideraban amenazadas; por otra parte, el afianzamiento de esas mismas estructuras (para lo cual fue necesario eliminar en la medida de lo posible todas las conquistas parciales logradas a lo largo del siglo XX).
Sin embargo, la concreción más cabal de los ideales del proyecto militar se produjo durante los años del menemismo, que significó una continuación de la dictadura de 1976 por otros medios, ya que implicó la profundización del proyecto neoliberal.
Sin embargo, no es suficiente postular la naturaleza económica de la dictadura militar. Esta se apoderó del control del Estado para someter a parte de su población a un exterminio –entendido como una operación destinada a borrar sus propias huellas, a fingir que el otro, el enemigo, nunca existió y que por lo tanto esa misma operación jamás tuvo lugar, ya que como el otro no existió no fue necesaria (tal es el verdadero significado de la desaparición como método de aniquilamiento). En este sentido, el olvido del exterminio forma parte del exterminio. El olvido convalida la operación de fingimiento porque le otorga a los exterminadores aquello que precisamente buscan: la ficción de que lo que se menciona no existió jamás. No se puede soslayar que en el discurso que la dictadura propuso como autojustificatorio (discurso asumido y difundido por sectores muy bien definidos de la sociedad) lo que se excusó como “exceso” constituyó en realidad el verdadero objetivo: la desaparición total del enemigo, o de aquel a quien le fue atribuida tal condición. Así, el enunciado que operó secretamente como base de la acción de aniquilamiento se puede resumir en esta fórmula: el medio se identifica con el fin, el medio es el fin.
En este sentido tratar sobre el nazismo a través del teatro implica reflexionar sobre la fuente y esencia del exterminio argentino, en lo que tienen en común: en ambos casos lo que se propone como medio es en esencia el fin. Y al mismo tiempo reflexionar sobre el nazismo en función del pensamiento sobre la dictadura equivale a meditar profundamente acerca de la imposibilidad de pensar la historia política en los mismos términos que antes de 1976 y por tanto descartar la falsedad que implica ubicar el golpe del 76 en la tradición de los golpes de Estado que se dan a lo largo del siglo XX. La dictadura de Videla y sus continuadores significa un salto cualitativo que requiere instrumentos de reflexión enteramente diferentes.
La trilogía de Las mujeres de los nazis, lejos de tratar temas que estarían lejanos en el espacio y en el tiempo, constituyen por el contrario un intento de penetrar en la realidad argentina posterior a la dictadura instaurada en 1976.


Prólogo de Héctor Levy-Daniel a su libro "Las mujeres de los nazis". Trilogía. Editado por Losada en mayo de 2013. Además de este prólogo del autor, el libro cuenta con un prólogo de Jorge Dubatti, un estudio crítico de Carlos Fernando Dimeo: "Derivas políticas en la dramaturgia de Héctor Levy-Daniel"y una entrevista de Carlos Fernando Dimeo con el autor (La condición humana/La condición política).

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