14 de abril de 2009
Trama de la mosca y la araña. Fragmento
I
Bodega del Blanchot III. Schegel, acurrucado, mantiene una actitud expectante. Kop, en cambio, se desplaza con libertad y hasta con cierta placidez. Cada tanto llega hasta ellos una música potente de fiesta.
SCHEGEL: No se mueve. O sí. Yo no siento que se mueva.
KOP: La niebla no nos deja saber si se mueve.
SCHEGEL: La niebla no tiene nada que ver. Yo siento que no se mueve desde hace varias noches. Con o sin niebla. Usted no se da cuenta de que no se mueve.
KOP: Es una impresión suya.
SCHEGEL: No es una impresión. Odio el mar, odio el bamboleo permanente, por eso detesto los barcos. Me descompone el movimiento. Pero ahora no estoy mareado. Eso quiere decir que no se mueve. (Pausa.) Trajo algo. De comer, digo.
KOP: Más tarde. Son las doce menos diez.
SCHEGEL: Justamente. Siempre me trae la comida antes de las once. Bueno, casi siempre.
KOP: Usted lo dijo. Casi siempre. Pero hoy está atrasado el servicio.
SCHEGEL: Por qué.
KOP: Baile de disfraces. Generalmente la gente se atrasa, no termina nunca de probarse. Entonces la comida llega más tarde.
SCHEGEL: Me siento muy débil, quisiera comer algo. (Pausa.) Hoy no trabaja.
KOP: Claro que sí. Imagínese toda esa gente disfrazada. Nunca como ahora quieren que les saquen fotos. Me tomé un descanso, para ver cómo estaba. Tome un cigarrillo.
SCHEGEL: Deme fuego por favor. Gracias. Por eso tanto ruido, están excitados con los disfraces.
KOP: Siempre es igual. Siempre están excitados. Se siente bien.
SCHEGEL: Tengo hambre. Tiene alguna novedad para mí.
KOP: No. Bueno, lo de siempre.
SCHEGEL: Encontró mis lentes.
KOP: No. Pregunté, pero parece que nadie los vio, todavía.
SCHEGEL: Tiene que encontrarlos. Todo esto es mucho peor si no tengo los lentes.
KOP: Voy a hacer lo posible. (Pausa.)
SCHEGEL: A ella la vio.
KOP: A ella. No. No la vi.
SCHEGEL: Por qué pone esa cara. La buscó.(Kop no responde.) No la buscó. Pero tiene que buscarla. Debe estar en algún rincón del barco, como yo. Tiene que encontrarla. (Pausa.) Entonces qué novedades tiene para mí.
KOP: Usted pudo recordar algo.
SCHEGEL: Cómo dice.
KOP: Sí. Recordar. Recordar. Algún detalle, algo que sirva.
SCHEGEL: No.
KOP: Si no logra recordar, por lo menos alguna cosa, va a estar en problemas. El capitán quiere verlo.
SCHEGEL: Otra vez. Esa es la novedad que tiene. Cada vez que me ve me habla del capitán.
KOP: Es cierto. Pero no es solamente el capitán, todos en el barco están esperando.
SCHEGEL: Qué es lo que esperan.
KOP: No se olvide, no es un barco tan grande, todo se sabe enseguida. Tiene que hablar con el capitán.
SCHEGEL: El capitán es ese viejito de ojos azules, con barba gris.
KOP: Sí. Qué le pasa. Se siente bien.
SCHEGEL: Tengo frío.
KOP: Cúbrase con la manta. Así. Déjeme ver, tiene fiebre.
SCHEGEL: Tengo fiebre, sí. Con el frío comiéndome los huesos. Y el mar. Parece que con la ayuda del mar el frío me termina de consumir. No me trajo las pastillas que le pedí.
KOP: El enfermero me dijo que esos remedios no los tiene.
SCHEGEL: El enfermero miente. Cualquier botiquín de barco tiene que tener esos medicamentos. El mar me va a matar. (Pausa.) Java sueña siempre con el olor del mar. Y yo, que lo odio. Lo gracioso es que nos conocimos en una playa. Se lo conté alguna vez.
KOP: No.
SCHEGEL: Yo era el médico del balneario. A ella, a Java, la había picado una aguaviva, o eso decía ella. Yo no le encontré nada. Pero la invité a salir. Y a la noche, mientras cenábamos en un lugar al aire libre que estaba frente al mar supe que iba a casarme. Ese fue uno de los pocos momentos en que no odié el mar. La música está más alta que de costumbre. Se da cuenta.
KOP: Le parece a usted.
SCHEGEL: Esa misma noche, la de la cena digo, esa noche ella me habló por primera vez de viajar en barco. Esa noche, mientras hacíamos el amor, supe también que alguna vez, por lo menos una vez, íbamos a hacer un viaje, este viaje. (Pausa.) Dígame, le pasó algo.
KOP: A ella, a Java.
SCHEGEL: Sí. Dígame.
KOP: No se puede saber. Pero ella no aparece.
SCHEGEL: Entonces le pasó algo.
KOP: Entonces uno puede imaginar que algo le pasó, sí. Voy a volver. Tengo que seguir trabajando.
SCHEGEL: No, espere, no se vaya. El capitán quiere verme por esto.
KOP: No sé. Supongo que quiere hacerle preguntas.
SCHEGEL: Preguntas. A usted le hizo preguntas.
KOP: A mí. Por qué me iba a hacer preguntas.
SCHEGEL: Y por qué quiere hacerme preguntas a mí.
KOP: Tengo que volver.
Fragmento de la pieza "Trama de la mosca y la araña", de Héctor Levy-Daniel, estrenada en septiembre de 2002, bajo su dirección, en el teatro IFT, en el marco del Ciclo 9 (Nueve), con el elenco compuesto por Carlos Kaspar (Schegel)y Daniel Niborski (Kop).
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En la foto: Carlos Kaspar y Daniel Niborski
10 de abril de 2009
CUADERNO BESTIARIO 11: Arenques.

“En otra fuente, una historia natural del mar del Norte publicada en Viena en 1857, leo que el arenque, durante los meses de primavera y de verano, emerge de las oscuras profundidades en unas cifras insospechadas, que ascienden a millones, para desovar a modo de capas superpuestas en las aguas costeras y en los fondos del mar poco profundos. Y hay que subrayar con un signo de admiración que cada hembra de arenque deposita setenta mil huevos, que, en el caso de que cada uno de ellos se reprodujese sin impedimento alguno, según los cálculos de Buffon, correspondería en breve a una cantidad de pescado equivalente a veinte veces el volumen de la tierra. Las críticas registran con frecuencia los años en que toda la pesca del arenque amenazaba con venirse abajo por su catastrófico exceso. Incluso se informa de que el viento y las olas impelían enormes bancos de arenques contra la costa y los arrojaban a la tierra, donde cubrían la playa por un trecho de unos cuantos kilómetros y de medio metro de profundidad. La población de las ciudades limítrofes sólo podía recoger con la pala una cantidad mínima de semejantes cosechas de arenques que después almacenaba en cestas y cajas. El resto se descomponía al cabo de pocos días y ofrecía la imagen más espantosa de la naturaleza asfixiándose en su propia profusión. Por otro lado, era frecuente que los arenques evitasen los lugares acostumbrados, empobreciendo, en consecuencia, regiones costeras en su totalidad.”
“Una vez divisado el banco de arenques, se capturaba mayormente por la noche, y como indica la historia natural del Mar del Norte ya citada, con redes de sesenta metros de largo que atrapaban casi un cuarto de millón de peces, y confeccionadas en gruesa seda persa y teñida en negro, ya que se sabía por experiencia que un color más claro espantaba al arenque. Y es que las redes no rodean a la presa, sino que se mantienen rectas en el agua, como una pared contra la que los peces nadan llenos de desesperación hasta que las branquias se enredan en las mallas, para después estrangularse durante la extracción y recogida de las redes, que dura unas ocho horas. Por esta razón, la mayoría de los arenques ya está muerta cuando se la iza fuera del agua.”
“Ya alrededor de 1670, más de ochocientos mil holandeses y frisios, una parte considerable de la población total, se dedicaban exclusivamente a la pesca del arenque. Cien años después la cantidad de arenques capturados al año se estima en sesenta mil millones”.
“Cuando la vida abandona al arenque, éste muda sus colores. El costado se torna azul, las mandíbulas y las branquias rojas inyectadas en sangre. Entre las particularidades del arenque también cuenta que su cuerpo muerto comienza a fulgurar en el aire. Esta curiosa fuerza lumínica, parecida a la fosforescencia y sin embargo radicalmente distinta, alcanza su apogeo pocos días después de la aparición de la muerte, y mengua según el pez va descomponiéndose.
Durante mucho tiempo, incluso creo que aun el día de hoy, sigue siendo inexplicable la razón de la luminosidad de los arenques muertos”.
Citas extraídas de "Los anillos de Saturno", de G.W.Sebald
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En la foto: G.W.Sebald
9 de abril de 2009
Cine. Bafici 2009. Cuatro películas de Eustache

Du coté de Robinson
Dos amigos se encuentran en un bar y discuten sobre el mejor lugar para ir a divertirse, es decir encontrar una zona en la que puedan levantar mujeres. Salen del bar, atraviesan muchos parajes de París a pie (el más alto de los dos ha dejado la moto estacionada) y en una calle bastante solitaria ven a una mujer. El más alto se le acerca, le habla, la mujer le contesta, le cuenta que va a bailar, que se tiene que encontrar en un salón de baile con una amiga, que es casada, que hasta hace poco ha trabajado en una imprenta, que se ha separado de su marido aunque todavía no se ha desprendido del anillo de bodas. Él la invita a tomar algo con ellos, la mujer acepta, se sientan en un bar. Todo el film es un deambular de los dos jóvenes por París, de bar en bar, esperando encontrar algo que los sorprenda. Mientras el más bajo, Jackson, charla con un amigo que acaba de encontrar, el más alto no deja de hacerle preguntas a la mujer y así logra enterarse que ésta tiene dos hijos. Jackson vuelve, el trío se recompone, ella vuelve a expresar su deseo de bailar por lo cual abandonan el bar y llegan por fin a un salón de baile, aunque los asistentes son mucho mayores que los dos protagonistas. Se sientan los tres y casi inmediatamente un hombre la invita a bailar a la mujer, que acepta. Entonces el más alto le miente, le dice que ella ha manifestado su interés en el propio Jackson. Este se entusiasma, afirma que le hará el verso. Pero su compañero le sugiere que lo mejor es ser directo. En este diálogo se desarrolla el núcleo temático del film: el gran tema consiste en cómo abordar a una mujer, qué decirle, cómo conquistarla, utilizar un método sutil o uno más brutal. Y como fondo de estas cuestiones permanece siempre la idea del fracaso, la certeza de que todo es difícil o imposible, de que se use una u otra estrategia entre muchas, la mujer nunca va a poder ser conquistada, de que en realidad la posibilidad de que una mujer se digne reparar en nosotros depende mucho más del azar que de las acciones que desarrollemos para conseguirla. La torpeza que muestran los dos protagonistas con respecto a ella no hacen más que abonar la sensación de impotencia. A pesar de que la mujer se ha quejado del hombre que la saca a bailar, acepta cada nuevo convite que éste le hace. Y rechaza la invitación del más alto, lo que les provoca a los dos una seria consternación. Deciden convertir su propia impotencia en venganza. Le roban la billetera de la cartera que ella ha dejado en la mesa y se fugan corriendo varias cuadras hasta donde han dejado la moto. Con el dinero que encuentran se sientan en un bar y revisan la billetera con detenimiento. Encuentran fotos de dos hombres, de lo cual deducen que uno es un amante y otro el marido, encuentran fotos de sus hijos (el único momento sensible de la película, en el que ellos muestran algo así como la sombra de un arrepentimiento). El film termina en la escena siguiente: Jackson ha limpiado las huellas digitales y se dispone a enviarle la billetera a la mujer a su domicilio, usando como remitente una dirección encontrada que ellos suponen es de un amante. Se disponen a salir para comenzar nuevamente su deambular en busca de aventuras.
Le Pere Noël a les yeux bleus
Como en Du Coté de Robinson, Eustache sigue el deambular de un joven, en este caso encarnado por el extraordinario Jean Pierre Leaud. Ya en el inicio, el protagonista narra, en off, que hacia fin de año ha decidido comprarse un nuevo abrigo, lo cual se le torna bien difícil ya que no tiene ningún trabajo estable. Y si conseguir empleo se le hace complicado, conquistar una mujer se le presenta como una tarea agotadora. Y aquí nos metemos en el núcleo de la temática de Eustache, la imposibilidad de abordar una mujer, encontrar la estrategia adecuada para conquistarla. La mujer se presenta como un enigma cuya resolución es impracticable. El protagonista no sabe qué debe decirles, cómo hacer para lograr su atención. Y descubre que para levantar mujeres la compañía de algunos amigos es más útil que otras.
Desea una mujer joven que todas las noches se sienta en un banco de la estación, donde él no para de caminar sin atreverse a una comunicación franca. Esta misma mujer resulta ser la novia de un boxeador retirado, quien intuye el interés de Leaud, y lo amenaza de manera brutal. Astutamente Leaud le replica que jamás se fijaría en una mujer que sabe es su novia. En otro momento del film, Leaud, que junto a otro compañero de levante ha logrado convocar la atención de dos chicas, le insiste a una de ellas para que se quede con él un rato más sin lograr convencerla de que estar con él vale la pena. La chica insiste en irse, él habla, trata de retenerla sin ningún éxito.
Luego de probar algún trabajo, como el del cartonero de un bingo, donde en complicidad con otros compañeros usa el pase de cartones para robarse algunos francos, es contratado por un fotógrafo para posar como Papá Noel en las fotos de los días cercanos a Navidad. Como vive en la calle y conoce el nombre de casi todas las mujeres que pasan, disfrazado con barba y traje rojo, se atreve a llamarlas para que se saquen fotos. Prácticamente sin excepción, al escuchar su nombre, cada mujer se detiene y es retratada por el fotógrafo junto a este flaco Papá Noel. Y aquí se encuentra la médula del relato, su verdadero sentido: lo que el protagonista no se atreve a hacer con una mujer cuando está vestido con su ropa cotidiana lo hace sin ningún escrúpulo vestido con el disfraz. Las toca, las abraza, las manosea atrás y adelante. Curiosamente ninguna de las mujeres pone reparos a los avances de este Papá Noel. Incluso logra una cita con una joven que, evidentemente atraída por este hombre disfrazado que la llama por su nombre, acude a un encuentro con él luego del horario de trabajo. Aunque la mujer –según su propia confesión- no le parece para nada atractiva, Leaud no se priva de ir. Ella no disimula su decepción al advertir que se trata de él. El la arrincona, la toca y la besa torpe y sostenidamente, ella disgustada lo deja y se va.
Finalmente, luego de deambular siempre un poco más, el protagonista junta el dinero necesario para el abrigo. En uno de los últimos planos aparece ya con el abrigo nuevo. Uno de sus amigos, el primero que aparece en la película, le dice que no vale la pena ya que pronto pasará de moda. Leaud no se inquieta, lo invita a pasar la Navidad con él.
Le Cochon
Le Cochon (el cerdo) es un documental de cincuenta minutos de duración que tiene como protagonistas a tres o cuatro hombres rústicos de un pueblo del interior de Francia. En la primera toma vemos al cerdo sobre el cual va tratar el desarrollo entero de la película. El cerdo está encerrado en un compartimento del corral, sobre una enorme cantidad de paja. La toma en picado del animal anticipa de alguna manera cuál va a ser su destino. Poco después los hombres entran, lo sacan del corral al aire libre con dificultad, mientras el cerdo no cesa de gritar. Luego lo depositan en una estrecha plataforma de cemento que pareciera especialmente preparada para la ceremonia que va a venir. Atan al chancho por las patas y, lo que es más impresionante, también por la boca con gran rudeza, pese a lo cual el animal no deja de gritar. La violencia de su respiración se transmite a todo el cuerpo. Cuando ya todo está preparado, uno de los tres campesinos, sin quitarse el cigarrillo de la boca (los tres mantendrán durante todo el film un cigarrillo en la boca), clava en un gesto casi indiferente un cuchillo filoso en el cuello del chancho. La sangre que brota con vigor es recogida en una vasija y es removida todo el tiempo con una varilla. El animal no dejará de moverse incluso cuando queda en claro que la sangre se le ha agotado. Una vez que ha muerto, el chancho es trasladado a una lona ubicada sobre el suelo. Allí se le despoja de todos los pelos con agua hirviente, se le corta la cabeza (que es colgada de un gancho sobre una pared como un objeto más), se le sacan los jamones, se lo abre, se lo destripa. Cada una de las tripas es vaciada, limpiada, y podemos advertir que ni una sola parte de ese cuerpo va a ser desperdiciada. Lo extraordinario del film es su materialidad: materialidad del animal y sus partes, de cada uno de los objetos utilizados, del vestuario de los trabajadores, del vínculo que establecen entre ellos. También de los productos que van fabricando a partir de los materiales extraídos, en el primer piso de la casa, al cual se accede por la escalera externa que la cámara toma una y otra vez. Ante la vista del espectador diferentes partes de las tripas del chancho son metidas en la picadora de carne y recogidas en la piel vacía de la tripa para fabricar enormes y gruesas salchichas que luego son divididas, a ojo pero con gran precisión, en partes iguales. Cuando la película se acerca a su fin, la cámara muestra lo que ha quedado del cerdo: afuera, un cuero enorme casi totalmente despojado. Mientras tanto, arriba, dentro de la casa y como parte de la ceremonia, los campesinos rodeados de sus familiares sirven vino y beben en lo que parece ser ni más ni menos que un canto a la vida.
Une sale histoire
La película está dividida en dos partes: en la primera el actor X interpreta un largo monólogo, apenas interrumpido por algunas preguntas de quienes lo rodean y a quienes está dedicado. La segunda parte es una réplica de la primera: el mismo monólogo es interpretado por alguien que no es actor sino el autor de la historia sobre la cual está construido el guión. Las mismas preguntas interrumpen este discurso, formuladas por otros actores, que ahora se apoyan en otras intenciones e intensidades.
La historia es extraordinaria. Un bar donde hay un baño para mujeres las cuales pueden ser espiadas desde otro lugar a través de un determinado agujero construido para este fin. Como dirá el relator, este agujero es una especie de milagro arquitectónico, alrededor del cual se construyó el baño, y el bar entero. Para espiar hay que acceder por escaleras al piso de arriba y ubicar el cuerpo de una determinada manera, al ras del piso. Entonces se puede la desnudez de las mujeres que acuden al baño sucesivamente. Y así uno se topa con sexos de mujeres muy bellos y sexos repugnantes. Y curiosamente, gran parte de las veces los sexos muy bellos pertenecen a mujeres que no lo son. Y sexos muy desagradables corresponden a mujeres que uno consideraría bellísimas. Todo el discurso versa sobre la importancia fundamental que tiene el sentido de la vista para el hombre en lo concerniente al imaginario erótico. De hecho, el mismo narrador cuenta que los hombres siempre se interesaron por esta experiencia mientras a las mujeres siempre les ha resultado insoportable. Y lo paradójico es que todo este relato sobre la importancia de la vista se sostiene desde el mismo discurso interpretado por dos personas diferentes. Hay una frase que se presenta como el núcleo de significado de la película: “el sexo es el espejo del alma”. Por lo cual lo sexual se presenta como algo difícilmente inteligible, algo alrededor de lo cual uno puede girar y girar, sin atrapar nunca su último sentido. El sexo como una cuestión metafísica que nos determina mucho más de lo que estamos dispuestos a advertir o reconocer. De hecho, el narrador cuenta que toda esa experiencia de observar mujeres desnudas acababa en sí misma, a un punto que difícilmente él hubiese intentado mantener un contacto con alguna de las mujeres que terminaba de espiar. En este sentido, y en consonancia con otros films de Eustache, la naturaleza femenina aparece como algo incomprensible, inabarcable, insondable, inaccesible: todo el film trata sobre la mujer a distancia, desnuda, sí, ignorante de que está siendo observada, pero a una distancia insalvable del observador.
Héctor Levy-Daniel
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En la foto: Jean Eustache
8 de abril de 2009
John Berger. Alguna consideraciones sobre el cine

Según Berger hay una evidente diferencia entre el cine y la pintura. La imagen del cine es móvil mientras que la imagen pintada es estática.
“La imagen pintada transforma lo ausente –porque sucedió lejos o hace mucho tiempo- en presente. La imagen pintada trae aquello que describe el aquí y ahora. Colecciona el mundo y lo trae a casa.” Por ejemplo, “Turner cruza los Alpes y trae consigo una imagen de la imponencia de la naturaleza”. La pintura colecciona el mundo y lo trae a casa y sólo puede hacerlo porque sus imágenes son estáticas e inmutables.
En el cine, en cambio, las imágenes están en movimiento. El cine “nos transporta desde el lugar en que estamos hasta la escena de la acción.(...)La pintura nos trae a casa. El cine nos lleva a otra parte”.
Y si comparamos el cine con el teatro, aunque ambas son artes dramáticas, “el teatro instala a los actores frente a un público ante el que cada noche durante toda la temporada vuelven a representar el mismo drama. En la naturaleza profunda del teatro hay algo de retorno ritual”.
Según Berger, no hay film que no participe de la condición onírica. “Y los grandes films son sueños que producen una revelación”. En ese sentido el contraste con la televisión es revelador. “La televisión apunta a un público que está en casa. Todos sus series y sus teleteatros se basan en la idea de un hogar desde el hogar. En el cine, en cambio, somos viajeros. Los protagonistas nos resultan extraños.” Berger subraya que esto cuesta creerlo ya que en general vemos a los personajes de cine en momentos muy íntimos, pero sin embargo, “no conocemos a ninguno de los personajes de un film, tal como conocemos a, digamos, Julien Sorel o Macbeth, Natasha Rostova o Tristam Shandy. Es imposible conocerlos porque el método narrativo del cine sólo permite que nos encontremos con ellos, sin convivir con ellos. El encuentro se produce en un cielo en el que nadie puede permanecer”.
“Cuando leemos una novela, a menudo nos identificamos con un determinado personaje. En poesía nos identificamos con el lenguaje mismo. El cine produce otros efectos. Su alquimia es tal que son los personajes los que se acercan hasta identificarse con nosotros. Sólo el cine puede obrar de esa manera”. Berger cita el ejemplo de Umberto D, de Vittorio De Sica: “Umberto D llega a morar en nosotros porque el film nos trae a la mente toda la realidad que potencialmente compartimos con él, y porque descarta la realidad que lo separa de nosotros y que lo ha hecho un hombre distinto y solo. El film muestra lo que le sucedió a ese viejo en la vida y, al mostrarlo, se opone a ello. Por eso un film -cuando alcanza la estatura de arte- se convierte en una plegaria humana. Una súplica y a la vez un intento de redención”.
Citas extraídas del libro “Cada vez que decimos adiós”, de John Berger. pp. 24-34.
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En la foto: John Berger
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