8 de julio de 2008

CUADERNO INFANCIA 16

Un domingo a la tarde. Juegan Boca y Vélez. Mario está en casa de visita antes de ir a la cancha. Yo tengo ocho o nueve años y él anda por los veinte o más. Me ofrece ir con él y yo me niego. Mario me insiste con fervor y yo me sigo negando. Sigue insistiendo pero ya he tomado la decisión de no acompañarlo. Yo soy de River y el partido de Boca con Vélez no me interesa. En la puerta de casa, mientras se va, Mario no deja de insistirme, con la esperanza de que finalmente yo ceda. Le digo que no, una vez más. Mario se resigna, gira y enfila por la calle Emilio Lamarca hacia la avenida Avellaneda. Su figura se va reduciendo a medida que se aleja. Y entonces, cuando veo que la silueta de Mario se achica hasta transformarse casi en una mancha, algo se me aprieta en las vísceras, algo me conmueve. Le grito, lo llamo por su nombre. Luego de unos segundos, Mario vuelve a su figura normal, a mi lado. Le digo que voy con él. No puedo recordar el viaje hasta la cancha de Vélez. Sí retengo imágenes de los dos desde una tribuna, o desde una platea, no lo sé. Tampoco puedo recordar el resultado.

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