1 de septiembre de 2008

Monólogo de Paul ante el cadáver de su esposa. De Ultimo tango en París, de Bernardo Bertolucci


Paul entra en la habitación donde su suegra ha preparado una cámara funeraria para su hija. En una de las dos camas, yace vestido y maquillado el cadáver de su mujer. En la otra cama se sentará Paul.
Paul: Te ves ridícula con ese maquillaje. Una Ofelia falsa ahogada en la tina. Ojalá pudieras verte. Sí que te reirías. Eres la obra maestra de tu madre. Válgame. Hay demasiadas flores aquí, carajo. No puedo respirar. ¿Sabes? Arriba en el armario, en la caja de cartón... encontré todas tus... Encontré todas tus cositas. Plumas, llaveros, dinero extranjero, boletos franceses, todas esas cosas. Hasta el cuello de un cura. No sabía que coleccionabas todas esas chucherías. Incluso si un esposo vive doscientos malditos años nunca podrá descubrir la verdadera naturaleza de su esposa. Quizás yo sea capaz de comprender el universo pero nunca descubriré la verdad sobre ti. Nunca. Digo, ¿quién diablos eras tú? ¿Recuerdas el día, el primer día que estuve aquí? Sabía que no lograría acostarme contigo a menos que dijera... ¿qué dije? Ah, sí, dije: ¿Me puede dar la cuenta? Tengo que irme. ¿Lo recuerdas? Anoche... le apagué todas las luces a tu madre y el lugar entero enloqueció. Todos tus huéspedes, como solías llamarlos... pues, supongo que eso me incluye a mí, ¿no? ¿Eh? Sí me incluye, ¿verdad? Durante cinco años fui un cliente en este albergue para vagabundos en vez de ser un esposo. Con privilegios, desde luego. Luego, para ayudarme a entenderte, me dejas en herencia a Marcel, el doble del esposo cuya habitación es igual a la nuestra. ¿Y sabés qué? Ni siquiera tuve las agallas para preguntarle si los actos que hiciste conmigo fueron los mismos que hiciste con él. Nuestro matrimonio sólo era una madriguera para ti. Y para deshacerlo sólo necesitaste una navaja de treinta y cinco centavos y una tina, maldita ramera barata y dejada de la mano de Dios, espero que te pudras en el infierno. Eres peor que el peor cerdo callejero que pueda existir. ¿Sabes por qué? ¿Sabes por qué? Porque mentiste. Me mentiste y yo confiaba en ti. Sabías que mentías. Dime que no mentiste. No tienes nada que decir al respecto. No se te ocurre nada, ¿verdad? ¿Eh? Anda, dime algo, anda sonríe, puta. Anda, dime, dime algo tierno. Sonríeme y dime que yo entendí mal. Anda, dímelo... (Llora) Jodecerdos. Maldita mentirosa jodecerdos de mierda. Lo siento... Yo... Es que no, no puedo soportar estas malditas cosas en tu cara. (Se las quita). Nunca usaste maquillaje... Toda esta mierda... Te quitaré esto de la boca. Siempre odiaste el lápiz labial. ¡Ay, Dios! (Llora, llora desconsoladamente). Lo siento. No sé por qué lo hiciste. Yo también lo haría si supiera cómo. Pero es que no sé... Tengo que encontrar la forma. (Se oye una voz que pregunta: ¿“Hay alguien ahí?”) ¿Qué? (La voz dice: “Puedo oir que hay alguien”). De acuerdo, ahora voy. Tengo que irme. Tengo que ir, mi amor, alguien me llama. (La voz repite: “hay alguien ahí”) Sí, ya voy.(Sale)

1 comentario:

liz dijo...

Maldito cerdo que opera dentro mío solamente con conocerlo, ni siquiera se reconstruyò la escena en mi memoria, sencillamente la actuó de nuevo.
Maldito cerdo cercano, cercano, cercano y nunca, jamás, muerto.